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29/09/2020 11:11 CEST | Actualizado 29/09/2020 11:12 CEST

El día que caí en la cuenta de que era monárquica

Deben encontrar que la causa independentista flaquea y necesita una buen empuje.

SOPA Images via Getty Images
Felipe VI. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Fue más bien una tarde, la del 3 de octubre del 2017. Encendí la tele intrigada por lo que diría Felipe VI respecto al referéndum del 1 de octubre y todo lo que arrastró; como se las ingeniaría para arbitrar en un conflicto tan espinoso.
Compareció, como es habitual, ante una réplica (el original está en el Prado, para variar) de un retrato de Carlos III pintado por Anthon Raphael Mengs hacia 1765 Justamente un retrato en el que un burlón Carlos III enarbola un bastón de mando (o bengala) que es igualito, igualito que una porra.

Carlos III (sucesor de Felipe V), el mejor alcalde de Madrid, el que puso en marcha un plan de caminos reales de carácter radial; todos, pues, con origen en Madrid. El que impuso el castellano en las escuelas en dos Reales cédulas (23 de junio de 1768 y 10 de marzo de 1770) que advertían que todos los idiomas que no fueran el castellano serían perseguidos en todo el Imperio, o la prohibición de celebrar juicios con ellos. Imposición oficial que profundizó en 1772, con otra Real cédula que hizo obligatorio que: «todos los mercaderes y comerciantes mayoristas y al menudeo traigan los libros de contabilidad en castellano». Estaba en todo, el payo. Reyes a venir siempre impulsaron la reactivación de esas leyes; por ejemplo, el infausto Fernando VII.

Con esos antecedentes cuesta creer que en la entrega del premio de literatura castellana Miguel de Cervantes el 23 de abril de 2001, el huido Juan Carlos I tuviera el cuajo de afirmar:

Nunca fue la nuestra, lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suya, por voluntad libérrima, la lengua de Cervantes. 

Mentira que fue aplaudida por buena parte del PSOE; no sé qué dirían ahora. Pero volvamos al 3 de octubre. Felipe VI comenzó a hablar y todo fueron rayos y centellas, rabia y sed de venganza. Si se mira el vídeo del mensaje real sin la voz, quizás todavía todo se oye más claro: ira apenas contenida, aletas de la nariz abiertas, ceño fruncido, enseña literalmente los dientes, aprieta los labios. Y las manos. Unas manos planas que cortan el aire, los puños bien apretados, un acusador dedo índice. Tanto el comportamiento no verbal como el verbal no abrigaban la más leve fisura para la esperanza, para el diálogo; pero es que tampoco denotaban un ápice de compasión por la gente apaleada. Duele especialmente que el mensaje que Felipe VI se empeñó en emitir en contra de la opinión del Gobierno central fuera a raíz de una acción pacífica de la gente (votar) y no por alguna decisión o disparate del Gobierno de Cataluña.

Deben encontrar que la causa independentista flaquea y necesita una buen empuje.

Mientras oía, sentía y veía el mensaje caí de la burra. ¿Y qué te pensabas?, ¿pero qué esperabas?, me habría podido preguntar. ¿Confianza en un Borbón? Desde aquella noche, incluso lo encuentro bajo.

A partir de ese mensaje, el tocayo de Felipe VI no ha hecho más que borbonear y tomar partido. Ama tanto a Cataluña, su país, que no dudó en espolear las fugas de las empresas hacia Madrid.

Más recientemente traicionó al Gobierno central y acudió a la misa que la carcundia contraprogramó para reventar el homenaje del Gobierno a las víctimas del coronavirus. La presencia real envalentonó a una parte de la derecha que no pensaba acudir pero que, sintiéndose respaldada por el rey, fue.
Enfadado con el Gobierno porque no le dejaban ir a la entrega de los despachos a la nueva promoción de juezas (33) y jueces (29) que tuvo lugar la semana pasada en la sede de la Escuela Judicial cerca de Barcelona (debe ser un los pocos organismos oficiales no centralizados en Madrid), la última ha sido telefonear a Carlos Lesmes presidente caducado del Consejo General del Poder Judicial y presidente caducado del Tribunal Supremo para hacerle saber que «le hubiera gustado ir». Pues no. Como pieza de una monarquía parlamentaria todos sus actos, todos, debe ratificarlos el Gobierno y, por tanto, no puede hacer lo que le guste o lo que le dé la gana, a no ser que se sienta monarca absoluto. Por cierto, al solemne acto no invitaron a la consejera de Justicia de la Generalitat, Ester Capella, ni ningún miembro del Gobierno de Cataluña.

(No sé las razones por las que el Gobierno central decidió que el rey no fuera a las magníficas instalaciones de la Escuela Judicial. Lo que sí sé es que conduce a ella una carreterita en medio de la montaña facilísima de cortar. También sé que se enseña lenguas a las futuras juezas y jueces, por lo que si luego en los tribunales se niegan a hablar o a entender el catalán o cualquier otra lengua del Estado será porque añoran el bastón de mando y las Reales cédulas de Carlos III.)

Deben encontrar que la causa independentista flaquea y necesita una buen empuje. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso —siempre al acecho—, contribuye a ello libérrimamente. No contenta con el esperpéntico alarde de banderas (parecía un encuentro entre Corea del Norte y EEUU) y de reclamar para combatir el virus sobre todo al Ejército, la Policía y la Guardia Civil (¿a tiros, a porrazos?), cuando compareció tras reunirse con Pedro Sánchez para hablar de la desastrosa situación de Madrid, hizo un discurso del tipo «Hagamos Madrid grande otra vez».

Una derecha y una extrema derecha que manifiesta que preguntar sobre el rey es atacarlo (cuando el CIS lo incluía en las encuestas, ¿era un ataque?).

Como, al igual que José Mª Aznar, no tiene complejos, enarboló la bandera del independentismo madrileño, un independentismo, eso sí, que necesita colonias. Como siempre se explica muy claramente, afirmó que: «Madrid es España dentro de España» o «¿Qué es Madrid si no es España?». Como es transparente y no pone ningún filtro entre lo que piensa y lo que dice, soltó que «Pretender tratar a Madrid como al resto de las comunidades es, a mi juicio, muy injusto» (¿se imaginan esto en boca de cualquier otra presidenta o presidente autonómico?) y hablando tanto de la comunidad como de la «villa y corte» remachó: «nos haríamos trampas al solitario si pensáramos que esta comunidad y que esta capital pueden ser tratadas como las demás». A su entender, la medida de la libertad es poder comprar a todas horas, incluso a destiempo. Se tendría que preguntar qué opina la gente que atiende al público —suele acudir desde un sur segregado, confinado y proscrito.

Con un Madrid desencadenado y con una prensa mayoritariamente golpista que tapa las vergüenzas que sea y de quien sea (por ejemplo, las relaciones de Felipe VI con el empresario Javier López Madrid —tarjetas black, Púnica, Lezo—, acosador de la doctora Elisa Pinto, ahora que a finales de agosto la jueza decidió abrir juicio oral a López Madrid y al excomisario José Villarejo por el acoso y el apuñalamiento que sufrió la doctora en 2014); con un PP que siempre ha robado a espuertas pero que ahora con sus decisiones mata directamente; con las cloacas del Estado reventadas y supurando de todo y más; con un CIS que dice que no pregunta sobre el rey porque no interesa a nadie; con una derecha y una extrema derecha que manifiesta que preguntar sobre el rey es atacarlo (cuando el CIS lo incluía en las encuestas, ¿era un ataque?); con un poder judicial que ya se ha descarado del todo en contra del Gobierno del Estado y a favor de la extrema derecha, la situación cada vez es más peligrosa y aterradora. Se masca la catástrofe.

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