BLOGS
31/03/2020 10:49 CEST | Actualizado 31/03/2020 10:49 CEST

El 'Gran Ombligo del Mundo'

Poco tiempo le han durado a Pablo Casado, si es que le han durado algo, sus poses de estadista.

MARISCAL via Getty Images
Pablo Casado.

Poco tiempo le han durado a Pablo Casado, si es que le han durado algo, sus poses de estadista. Igual que a algunos de los más adelantados figurones de los coros y danzas que suelen ser más papistas que el papa, y que en cuanto la derecha pierde el poder les entra el mono de la dependencia. Las prisas les desnudan. El jefe del PP ha estado, por una parte, presumiendo de sentido de Estado y de lealtad, ya se sabe, eso de remar juntos en la misma barca, aunque después “vengan las responsabilidades”, y por la otra contraprogramando las comparecencias del Gobierno, él o García Egea, cuando los que aparecen en la tele son ‘simples’ ministros. 

Por supuesto, el Gobierno se ha equivocado muchas veces; para no equivocarse hay una receta que no falla: no hacer nada. Sin embargo suelen darse en medio de esta tragedia como equivocaciones, incluso en grado de tremendas y asombrosas, cosas que no lo son en absoluto. 

El principio de precaución aconseja, desde la más remota antigüedad filosófica, no probar la profundidad de un río con las dos piernas a la vez, si no se sabe nadar. 

La aparición en la isla aislada de La Gomera del primer caso de coronavirus en España, fue consecuencia de que una turista alemana lo había contraído en Alemania al entrar en contacto con una persona infectada. Declarar el estado de alarma en ese instante, como algunos pretenden en el colmo del perfeccionismo y el ‘responsabilismo’ hubiera sido una irresponsabilidad y provocado un alarmismo contraproducente. 

Primero hay que comprobar el ritmo de los contagios, y su geografía; y a la vez, empezar a preparar la logística de la respuesta. Al menos desde una semana antes de que se aprobara por el Consejo de Ministros el estado de alarma, ya se había filtrado a los medios de comunicación, seguramente una filtración ‘preventiva’ destinada a ir preparando a la clase política, a los empresarios, a los nacionalistas y a la población en general de que el asunto era tan serio como para utilizar uno de los ‘botones nucleares’ que prevé la Constitución. 

A partir de ahí la táctica empleada ha sido la del gradualismo, que no responde solamente al principio de prueba y error, que también, sino a la disponibilidad de los medios y a la evolución del Covid-19.

Poco tiempo le han durado a Pablo Casado, si es que le han durado algo, sus poses de estadista.

Pero desde el principio las redes, convertidas en verdaderos focos de intoxicación infecciosa, y los medios afines a la ultraderecha, se han dedicado a comparar lo incomparable: la respuesta española con la respuesta china, con la alemana, con la francesa… Etcétera. ¿Por qué son incomparables? Porque así lo indican las estadísticas UE. 

Por ejemplo, en 2017 el gasto sanitario per cápita y en porcentaje del PIB en España estaba por debajo de la media de la Unión Europea; era bastante inferior al de Luxemburgo, Alemania, Países Bajos, Irlanda, Suecia,  Austria, Dinamarca, Bélgica, Francia, Reino Unido, Finlandia e Italia, muy poco por delante, casi empatada, con España. Pero con respecto al caso italiano, conviene un recordatorio: la mafia nunca ha respetado la estructura de la salud y la sanidad a cargo del Estado. Todos esos países con mayor inversión en salud pública, tienen, como parece natural, más y mejores medios que España, aunque el Sistema Nacional de Salud sea uno de los mejores del mundo, y más sólidos. Su resistencia a los intentos de debilitarlo lo demuestran. Los dos aspectos son compatibles. Pero lo mejor del mundo puede perder en eficiencia si disminuyen los presupuestos de una forma sostenida, como han disminuido como consecuencia (y demasiadas veces con la disculpa) de la crisis; o si los políticos encargados de la misma son unos incompetentes, son servidores ocultos del sector privado (aquí las puertas giratorias están siempre en movimiento, y en Madrid a gran velocidad) o sencillamente unos pasotas. 

En el ‘periodo negro’ han coincidido dos tendencias contrarias, pero conectadas por hilos invisibles de euros: las restricciones financieras al SNS con una época dorada para las clínicas privadas y las privatizaciones de la gestión, que han tenido un crecimiento espectacular. ¿No recordamos las protestas de aquellas mareas de batas blancas que marchaban por las calles de España?

Además, la política de recortes y la concepción neoliberal del Gobierno del PP, fuese aznarista o rajoyista, se capilarizaron a las autonomías de grado o por fuerza. La canaria, última de España en calidad sanitaria según las asociaciones para la defensa de la sanidad pública, y por tres años consecutivos, no ha sido directamente controlada por el PP, sobre todo en la anterior legislatura, pero la parte de Coalición Canaria dominante sí ha comulgado por lo general con las recetas del Partido Popular. 

Los grandes fallos del Gobierno que se denuncian a dúo por Casado y Abascal, son la demora en la toma de decisiones, que el confinamiento no era total, y ahora, tras las protestas de los empresarios, que el confinamiento no puede ser total porque destrozaría la economía y haría imposible o muy lenta la recuperación tras el fin de esta guerra; que los hospitales públicos no tienen camas suficientes, mascarillas suficientes, batas suficientes, ventiladores mecánicos suficientes para los enfermos graves…

Entre col y col, lechuga. El Español de Pedro J. nos ofrece algunas de muy buena calidad. Cuando en la habitual rueda de prensa del virus le peguntaron al director adjunto operativo (DAO)  de la Guardia Civil por el retraso de las mascarillas, el hombre contestó que hace dos meses la Dirección General ordenó buscarlas a la Subdirección Logística. El título de este y otros contados medios fue: El Gobierno en evidencia. Ordenó buscar mascarillas a la Policía hace ya dos meses. ¿En evidencia, por qué? Otro título posible hubiera sido, como me sugiere un amigo: El Gobierno quiso comprar mascarillas para la Policía hace ya dos meses. O bien, A pesar de ordenar su compra el Gobierno, la Policía no pudo adquirir mascarillas

En momentos excepcionales como el que vivimos no se puede recurrir al razonamiento ordinario y de barra de bar, impregnado de un odio irracional en los dos extremos de la tenaza.

La palabra clave es ‘evidencia’. Hay que dejar en evidencia al Gobierno, y que la realidad y la objetividad no nos fastidien un buen titular para la causa.

Desde luego, esto parece claro, la Administración ha tenido fallos y tropezones. Tanto la del Estado como las autonómicas. Díaz Ayuso anunció emocionada, porque iba a dejar en ridículo a Pedro Sánchez y todo su equipo (de lo que, aparte sea dicho, ya se encargan Pablo Iglesias y Cia.) que la Comunidad de Madrid había fletado un avión que en un par de días iba a traer un cargamento enorme de todo lo necesario desde China, valorado en 23,3 millones de euros. No ha llegado, y tenía que haber aterrizado hace una semana. ¿Es culpable de algo Isabel Díaz- Ayuso? De nada. Solo de haber querido solucionar un problema y adelantarse a la ‘competencia’ en estos momentos en que el mercado está como lobo agazapado para hacer negocio en tiempos de penuria. A no ser, claro, que a los aviones en vez de carburante le hayan enchufado aceite de oliva reciclado.

Claro que en las redes hay quienes tienen más claras las cosas, y que aunque a veces no lo parezca, hay inteligencia allí abajo o arriba, cualquiera sabe. Que si Sánchez es gilipollas, que si Casado es un rata… ”¿No os dais cuenta de que estuviera quien estuviera la iba a cagar?”, “ningún presidente iba a cerrar fronteras antes de tiempo, porque hay intereses económicos”, “ningún presidente iba a declarar una cuarentena de dos meses de golpe porque habría pánico colectivo; ya vimos cómo se puso la gente arrasando los supermercados anunciando sólo 15 días”. 

Siempre es conveniente para la salud y para evitar una depresión complementaria e innecesaria mirar alrededor y contextualizar la situación. Y si miramos al resto de Europa y a otros países terceros, el Gran Ombligo del Mundo adquiere su justa dimensión, y las conclusiones serán y son más correctas por aplicación de uno de los pilares de la ciencia que es la comparación. 

Como decía el humorista Álvaro de la Iglesia, “todos los ombligos son redondos”.

En los momentos excepcionales, como el que vivimos, el más grave desde la II Guerra Mundial, con la certeza de que cuando acabe esta guerra el mundo ya no volverá a ser igual al mundo de ayer, no se puede recurrir al razonamiento ordinario y de barra de bar, impregnado de un odio irracional en los dos extremos de la tenaza.