INTERNACIONAL
25/03/2021 13:53 CET | Actualizado 25/03/2021 13:53 CET

El tonto útil: por qué queda Donald Trump para rato

Lo más preocupante es que tantos millones de ciudadanos sean conscientes de lo que ha pasado y aun así prefieran una autocracia por encima de una república constitucional.

ILLUSTRATION:REBECCA ZISSER/HUFFPOST; PHOTO: GETTY

Este texto es un extracto de la versión actualizada de The Useful Idiot: How Donald Trump Killed the Republican Party With Racism and the Rest of Us with Coronavirus, del periodista de HuffPost S.V. Dáte.

 

El presidente de los Estados Unidos planificó un golpe de Estado para mantenerse en el poder.

Ver esa frase por escrito es perturbador, pero es justo lo que ocurrió. 

El entonces presidente Donald Trump, tras perder la reelección por 7 millones de votos, estuvo meses difundiendo mentiras entre sus fanáticos sobre el supuesto fraude electoral masivo y acabó con una manifestación para “Detener el Robo” junto a la Casa Blanca, donde les instó a marchar al Capitolio antes de que se certificara la victoria de Joe Biden.

El plan era tan simple como escandaloso: intimidar a su propio vicepresidente para forzarle a violar la Constitución rechazando decenas de millones de votos legítimos en los estados en los que había ganado Biden. De esta forma, el candidato demócrata no alcanzaría los 270 escaños y Trump ganaría en el desempate aplicando la regla subsidiaria de un voto por estado.

Todavía no se ha hablado suficiente del hecho de que Trump pusiera en peligro la vida de su leal vicepresidente, Mike Pence, y la de cientos de diputados, senadores y trabajadores del Capitolio. Pence pasó semanas diciéndole a Trump que no tenía ninguna competencia en el acto de certificación electoral, más allá del trámite de anunciar el resultado de cada Estado. No tenía ninguna autoridad para declarar inválidos los votos por correo de Arizona, Georgia y Pensilvania. Pero, sobre todo, no tenía ningún interés en hacerlo. Su última conversación fue por teléfono, minutos antes de que Trump tomara la palabra en la manifestación previa al asalto.

A los pocos minutos de empezar el discurso, Trump todavía instaba a Pence a no ser “una nenaza” y rechazar los votos de Biden: “Si Mike Pence hace lo correcto, ganaremos las elecciones”, les dijo a sus fanáticos.

Cuando Pence, una hora después, publicó en Twitter la carta que les había enviado a los legisladores declarando lo que iba a hacer cuando subiera al estrado del Congreso, los seguidores de Trump, muchos de los cuales ya estaban en el Capitolio, se enrabietaron y se propusieron ajusticiar al vicepresidente por traidor.

A medida que el caos y la violencia se extendían por el edificio y las pantallas instaladas en la Casa Blanca retransmitían todo en directo, Trump seguía echando leña al fuego diciéndoles a sus seguidores: “Pence no ha tenido el coraje para hacer lo que había que hacer”. Y mientras Trump se regocijaba al ver el caos que había generado, sus fanáticos cantaban ”¡Colgad a Mike Pence!” en el interior del Capitolio.

Si las coacciones de Trump hubieran surtido efecto sobre Pence y el Congreso y el expresidente hubiera conseguido otros cuatro años al frente del Gobierno, ¿hay alguien que crea que ese habría sido su último mandato? Después de ver lo fácil que le ha resultado organizar su golpe terrorista, ¿por qué no iba a hacer lo mismo en 2024 para seguir en el poder? ¿O por qué no saltarse directamente el incómodo trámite de las elecciones, teniendo en cuenta su tendencia a estar “amañadas”?

Los estadounidenses tienen que dejar de hacerse trampas al solitario y asumir lo que ha estado a punto de suceder y por qué. A Trump nunca le ha importado la democracia, y eso ya quedó claro desde que empezó su campaña de 2015. Lo más preocupante es que tantos millones de ciudadanos no lo hayan visto, o peor, que lo hayan visto y aun así prefieran una autocracia por encima de una república constitucional.

Si Trump hubiera conseguido otros cuatro años al frente del Gobierno, ¿hay alguien que crea que ese habría sido su último mandato?

Si unas pocas personas en determinados puestos clave no hubieran tomado las decisiones que tomaron por el bien del país, es muy posible que Trump siguiera en la Casa Blanca, pero no como presidente, porque quienes pierden las elecciones no reciben ese nombre. La democracia estadounidense habría muerto.

Pero Trump se ha ido. Al menos por ahora.

En los seis meses que estuve trabajando en la primera edición de este libro, Trump repitió todo lo que había estado haciendo durante los primeros tres años y medio de presidencia, pero peor. Su corrupción se volvió descarada; su irresponsabilidad, sobrecogedora, y sus mentiras, desvergonzadas.

Gestionó la pandemia de coronavirus de la peor forma posible, luego intentó ignorarla para proseguir su campaña electoral a un ritmo endiablado y alentó a sus seguidores a ignorar los protocolos básicos de coronavirus en sus eventos multitudinarios.

Por eso no fue ninguna sorpresa que al final Trump contrajera la enfermedad, probablemente en un evento sin mascarillas para celebrar que había conseguido colocar a “su” magistrada Amy Coney Barrett en el Tribunal Supremo. Mientras se recuperaba de la enfermedad en el hospital Walter Reed gracias a los mejores y más caros tratamientos del mundo, surgió la pregunta de si empezaría a mostrar más empatía con los cientos de miles de personas que habían perdido a algún familiar por Covid-19 o con los millones de ciudadanos que tenían miedo de contraerla.

En retrospectiva, podemos ver lo ilusos que fueron quienes albergaban alguna esperanza al respecto. Tal y como podía haber predicho cualquier persona que hubiera prestado un mínimo de atención, Trump reaccionó en la dirección opuesta, manifestando su superioridad: Si yo he contraído el coronavirus y lo he superado, ¿por qué no pueden los demás?

En los eventos que celebraba para su campaña, sus palabras parecían incitar a sus seguidores a pensar que, si querían mostrarle fidelidad, debían actuar como si ya no hubiera pandemia.

La enfermedad de Trump tampoco varió su conducta antisocial. Siguió comportándose como un híbrido entre un niño consentido y un mafioso, sin mostrar la más mínima preocupación por alguien más allá de sí mismo.

Un ejemplo perfecto ocurrió dos días antes de las elecciones, cuando una caravana de seguidores de Trump, casi todos en camionetas o todoterrenos, acosaron a un autobús de campaña de Biden que circulaba por una interestatal de Texas. Rodearon al autobús y al otro vehículo acompañante y empezaron a frenar para obligarles a detenerse en plena autopista. Uno de los seguidores de Trump llegó a impactar con el vehículo de apoyo al autobús, pero por pura suerte, el accidente apenas causó daños. Fue una maniobra temeraria que pudo haber provocado un accidente en cadena y, dada la velocidad a la que se circula en una interestatal, podría haber provocado decenas de víctimas mortales. ¿Y qué hizo Trump? Defender a sus seguidores porque no habían hecho nada malo.

Trump ha seguido toda su vida la regla de no asumir la responsabilidad de ninguno de sus actos, pero quedó más patente que nunca con la gestión de la pandemia después de perder las elecciones. La cifra de fallecidos ya había superado el cuarto de millón y, desde que permitió y alentó la celebración de Acción de Gracias (y de las Navidades), el ritmo se disparó hasta alcanzar el equivalente a la masacre del 11S cada día.

¿Y qué hizo Trump? Seguir llorando en Twitter y en medios de comunicación afines por cómo le habían robado las elecciones, basándose en teorías de la conspiración ridículas y ampliamente desmentidas. No le preocupaba la pandemia. Ni lo más mínimo. Como si el problema ya no fuera con él.

SAUL LOEB/AFP VIA GETTY IMAGES
Donald Trump haciendo campaña en Florida el 12 de octubre de 2020.

El señor naranja es malo.

¿Cuántas veces han utilizado los seguidores de Trump la expresión Orange Man bad para defenderle ante cualquier argumento? “Que sí, que sí, no quieres admitir todo lo que está haciendo bien Trump porque el Señor Naranja es malo”.

Bueno, lo cierto es que el Señor Naranja es malo. De hecho, no es malo, es horrible, y desde muchas perspectivas. Fue un presidente que quería que los militares estadounidenses disparasen contra los inmigrantes ilegales que cruzan la frontera con México. Cuando se negaron a acatar la orden, cambió de estrategia, secuestró a los niños inmigrantes y los separó de sus padres para disuadir a quienes tuvieran en mente intentar cruzar en el futuro.

Fue un presidente que se negó a condenar el terrorismo nacional de extrema derecha, que defendió, entre otros, al adolescente de Illinois que asesinó a dos manifestantes antirracistas con un rifle de asalto, y que animaba a sus seguidores a recurrir a la violencia. Durante uno de sus debates electorales con Biden, les dijo a los militantes del grupo neonazi Proud Boys que estuvieran “preparados”, algo que, por supuesto, hicieron hasta que llegó su hora de participar en el asalto al Capitolio.

Fue un presidente que se rendía a los dictadores y líderes autoritarios de extrema derecha de todo el mundo, como Kim Jong-un, Recep Erdogan, Xi Jinping o su favorito, Vladimir Putin, al mismo tiempo que iniciaba contiendas sin sentido contra los aliados democráticos tradicionales. Fue un presidente que inició una guerra comercial innecesaria que perjudicó a sus agricultores, ganaderos, fabricantes y consumidores porque no comprendía los fundamentos del comercio internacional y no se molestó en aprender.

Fue un hombre corrupto de los pies a la cabeza que aceptó decenas o incluso cientos de miles de dólares de intereses nacionales y extranjeros a través de sus campos de golf y hoteles de precios absurdamente inflados, sobre todo el que está a solo cinco manzanas de la Casa Blanca. (Esto es un asunto que no recibió la debida atención mediática. Trump básicamente aceptaba sobornos. Si ese dinero lo hubiera recibido en maletines, se habría considerado delito. ¿En qué se diferencia esto?).

Este hombre fue deshonesto hasta el final, todos los días, sobre cualquier tema, desde el más trivial hasta el más serio. Esta característica, por sí sola, debería haberle descalificado para el puesto. El presidente de los Estados Unidos, al fin y al cabo, trabaja para todos los estadounidenses, y estos tienen el derecho a que no les mienta cada vez que habla.

En cuanto a sus políticas, lo cierto es que en ningún momento ha tenido ninguna, más allá de construir un muro y evitar que entren personas de piel oscura al país. Y eso es lo que tanto les gusta a quienes le han apoyado y se lo han consentido todo. Ha sido su tonto útil, un mero vehículo para deshacer políticas, para reducir impuestos y para colocar jueces afines a su ideología en los diversos tribunales del país. Por eso existe ahora mismo tanta irritación con los republicanos que no apoyan a Trump. Trump y sus fanáticos no entienden cómo es posible que haya republicanos que no aceptan su pensamiento único, que no se callan y no se aprovechan mientras sea posible.

La razón por la que surgieron disidentes en el seno del Partido Republicano es que el Señor Naranja ha sido muy muy malo. Para los republicanos que no quieren a Trump, no era posible perseguir el bien del país con un ser humano tan despreciable en la presidencia. Y por eso Trump ha perdido sus mayorías en el Congreso. Miles de votantes republicanos que, como Trump, son partidarios de recortar impuestos y favorecer a las grandes empresas, votaron por Biden en esta ocasión porque no se hacían a la idea de pasar otros cuatro años bajo la dirección de este hombre.

Pero si queda alguna duda sobre lo malo que es el Señor Naranja, solo hay que ver su conducta después de perder las elecciones. Trump dejó claro que, si tenía que elegir entre seguir gobernando como líder no electo o hacerse a un lado de forma pacífica, no le iba a temblar el pulso para convertirse en un autócrata.

Empezó propagando la mentira de que le habían robado las elecciones a primera hora de la noche electoral y todavía no se ha movido de su postura. Intentó presionar a los legisladores demócratas para que anularan los resultados en sus estados y, simplemente, le dieran su voto particular. También intentó revertir los resultados yendo de tribunal en tribunal para pedirles a sus jueces que hicieran lo propio. Le pidió al Tribunal Supremo que declarara la invalidez de millones de votos en los estados clave que había ganado Biden y le concediera el segundo mandato que los ciudadanos le habían negado. Incluso coaccionó a más de 100 diputados y una veintena de fiscales generales republicanos para que apoyaran públicamente sus teorías.

En realidad, era el plan que llevaba anunciando desde la primavera si perdía. El voto por correo pasó a ser el centro de las críticas de los republicanos, pese a que llevan décadas recurriendo a este sistema sin problemas y pese a que la situación sanitaria hacía recomendable su empleo. Condicionó a sus seguidores para que rechazaran la posible victoria de Biden al repetir hasta la saciedad que la única forma que tenía su rival de ganar era recurrir a las trampas.

Su gran baza era el Tribunal Supremo, donde contaba con la lealtad de “sus” tres jueces —Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Barrett— y de Clarence Thomas y Samuel Alito, para negar la voluntad del pueblo y mantenerle en el poder.

Cuando eso tampoco sucedió, Trump intentó extorsionar a los altos funcionarios electorales de Georgia para que le declararan vencedor en dicho estado con la esperanza de que las dudas suscitadas iniciaran una reacción en cadena en otros estados clave. Y cuando eso tampoco funcionó, instó a sus seguidores a asaltar el Capitolio para forzar a su vicepresidente para que no certificara la victoria de Biden. Sus fanáticos accedieron encantados y sus planes se convirtieron pronto en asesinar a Pence por no acatar los deseos del Líder. En el asalto murieron cuatro seguidores de Trump y un agente de policía del Capitolio. Otros dos agentes se suicidaron días después.

No es que al expresidente le importe, pero la sangre de estas personas manchará siempre sus manos.

Si el Señor Naranja hubiera sido bueno, habría ganado las elecciones y no habría tenido que intentar robarlas ni forzar un golpe de Estado.

En otro capítulo de este libro, comparo la victoria de Trump en 2016 con una ola gigante, una ola enorme y espontánea que se produce de forma breve en mar abierto y que engulle cualquier navío que haya tenido la mala suerte de pasar por ahí. Una vez que el navío se vacía del agua que ha inundado la cubierta y la ola ya se ha ido, los navegantes hacen balance de daños, analizan lo que ha funcionado y lo que no, y empiezan las reparaciones de forma inmediata. 

Lo mismo pasa con Estados Unidos.

Han sido cuatro años horribles. ¿Qué debemos hacer para evitar que vuelva a llegar a la Casa Blanca una persona tan deshonesta, corrupta y cruel como Trump?

La dimisión de Richard Nixon en 1974 por el escándalo Watergate trajo toda una serie de reformas, como una norma convencional de transparencia financiera en campaña electoral, una intraagencia de responsabilidad gestionada por inspectores independientes y un mayor acceso a los informes del ejecutivo. Visto en retrospectiva, queda claro que en 45 años no hemos impulsado suficientes cambios, tal vez porque dimos por hecho que estas “normas” y “convenciones” sin fuerza de ley asumidas tras la marcha de Nixon funcionarían.

El Congreso debe actuar y aprobar unas leyes que impidan el surgimiento de otro Trump

Siendo justos, hay que admitir que la normalidad duró décadas, desde Gerald Ford y Jimmy Carter, cuya principal promesa era que nunca mentiría al pueblo americano. Tanto ellos como los que les sucedieron hasta el 19 de enero de 2017 consideraban que la presidencia era algo tan importante y sagrado que pusieron sus intereses financieros personales a un lado mientras duró su mandato. Publicaron sus declaraciones de la renta previas para conseguir la nominación de sus votantes y lo siguieron haciendo después, año tras año.

Imaginad la cara de alegría de Trump cuando se enteró de que sus predecesores evitaban los conflictos de intereses y mostraban sus cuentas con total transparencia no porque una ley les obligara, sino porque era lo correcto. Trump burló todas las normas y convenciones más allá de los límites. Publicitaba abiertamente sus hoteles y clubes de golf, y perseguía sus intereses empresariales nacionales e internacionales. Su administración pagaba religiosamente sus tributos, depositando el dinero directamente en su bolsillo, para ganarse su favor. No publicó ni una sola vez su declaración de la renta y colocó a su hija y a su yerno en altos cargos del Gobierno.

Y lo hizo porque podía, al igual que abusó de sus poderes al extorsionar al presidente de Ucrania para que le ayudara a conseguir la reelección, siendo plenamente consciente de que no le iban a poder condenar por ello.

Viendo el precedente, ¿por qué no iban a hacer lo mismo los siguientes presidentes? ¿Qué impide a otro magnate un poco más competente y sutil ser elegido y sacar provecho de sus poderes a costa del país?

El próximo aspirante a dictador no será tan indolente e incompetente como Donald J. Trump. Eso debería asustarnos aún más

Se han acabado los días en los que el Partido Republicano era la primera cortapisa ante un candidato así. Un partido nacional funcional jamás habría permitido un fraude semejante en sus primarias. Por lo tanto, el Congreso debe actuar y aprobar unas leyes que impidan el surgimiento de otro Trump.

Una medida muy simple sería obligar a todos los candidatos presidenciales a publicar las últimas 3, 5 o 10 declaraciones de la renta ante la Comisión Federal Electoral de Estados Unidos. Trump jamás se habría presentado si hubiera tenido que publicar sus declaraciones de la renta porque habrían acabado con el mito que lleva décadas embelleciendo sobre su don para los negocios.

Otra medida sencilla sería eliminar la Ley Hatch (de prevención de actividades políticas partidistas del Gobierno) del listado de competencias del presidente. La exconsejera de Trump, Kellyanne Conway, por ejemplo, violó de forma reiterada la ley que prohíbe hacer campaña en propiedades federales. La Oficina de Asesoramiento Especial recomendó a Trump que la despidiera. Conway, literalmente, se rio y les dijo a los responsables de prensa de la Casa Blanca que le avisaran cuando empezara el juicio. Trump, claro, no la despidió.

Si existiera un departamento de ética independiente con competencia para imponer sanciones y multas de cuatro o cinco cifras, quizás los futuros presidentes se lo pensarán dos veces antes de utilizar la Casa Blanca y los viajes “oficiales” para su propio beneficio, tal y como ha hecho Trump durante su mandato, casi a diario durante su último año y con la connivencia de su cúpula.

Por último, y lo más importante, el Congreso debería aprobar una ley que acabara con esa norma no escrita de que el Departamento de Justicia no puede llevar a juicio a un presidente en el cargo. La idea que sustenta esta norma no escrita tiene buena intención: proteger a los dos mayores cargos del país de verse envueltos en procesos penales que podrían estar motivados por intereses partidistas de la oposición. En el caso de seres humanos normales que no tienen especial interés en recurrir a la delincuencia, esa protección tiene sentido.

Sin embargo, en el caso de seres humanos como Trump, dicha protección surte el efecto contrario al deseado: fomenta sus inclinaciones delictivas al ser conscientes de que los presidentes siguientes no estarán interesados en meterlos en la cárcel. Trump, concretamente, convirtió su reelección en una obsesión porque es consciente de que sus presuntos delitos antes de ser presidente (fraude financiero en su campaña, evasión de impuestos, obstrucción a la justicia) expiran en la fecha en la que se habría producido su segundo mandato.

Tampoco hay que olvidar que Trump intentó extorsionar al presidente de Ucrania para que le ayudara a ganar las elecciones de 2020. Abusó de sus poderes al intentar celebrar una cumbre del G7 en su club de golf de Miami (idea que abandonó tras las feroces críticas de la prensa). Se reunía con magnates nacionales e internacionales que le pedían favores en su hotel a pocas manzanas de la Casa Blanca. Cualquier cargo público que hubiera hecho eso se habría enfrentado a juicio y a una larga sentencia de prisión. ¿Qué sentido tiene dejar que el presidente pueda hacerlo y quedar impune?

getty images
De izquierda a derecha, los senadores republicanos Ted Cruz, Josh Hawley y Mitch McConnell. La mayoría de los políticos republicanos estaban más preocupados por las críticas de Trump y sus repercusiones que por proteger el país.

Trump fue lo que se conoce como un suceso del cisne negro. Es muy improbable que otra persona tan ignorante, deshonesta, incompetente y famosa gracias a su programa de televisión gane unas elecciones en el futuro cercano.

Su victoria en 2016 y sus desastrosos cuatro años en el cargo demuestran que Estados Unidos necesita más garantías institucionales para evitar que un clon de Trump vuelva a desencadenar el caos sobre nosotros, pero el Partido Republicano necesita medidas mucho más inmediatas para evitar que una persona así vuelva a secuestrar el partido entero.

Quienes han seguido de cerca las noticias tras la derrota electoral de Trump dudan de que el Partido Republicano quiera evitar que venga otro personaje como él y secuestre el partido, teniendo en cuenta lo serviciales y diligentes que han sido sus líderes al apoyar sus intentos absurdos y antidemocráticos de reclamar la victoria de unas elecciones que tan rotundamente perdió. Desde la defensa que hizo el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, sobre el fraude electoral, hasta la afirmación del Secretario de Estado, Mike Pompeo, de que estaba dispuesto a facilitar el segundo mandato de Trump, pasando por todos los políticos de primera y segunda fila que han repetido sus mentiras como loros, el poder que mantiene Trump sobre su partido pese a perder por 7 millones de votos resulta sorprendente.

La costumbre de Trump de mentir sobre todo y en todo momento ha erosionado la confianza de los estadounidenses en las elecciones y en la propia democracia. ¿Creéis que les ha importado a los republicanos? Aparte de unas pocas y notables excepciones (como el senador Mitt Romney, que fue uno de los primeros en felicitar a Biden por su victoria), no les ha importado lo más mínimo. De hecho, tras el asalto al Capitolio que puso en peligro las vidas de todos los políticos que se encontraban en el edificio, todavía hubo ocho senadores y 139 diputados republicanos que votaron por impugnar la victoria de Biden. Estaban más preocupados por las críticas de Trump y las consecuencias que pudieran tener en sus carreras políticas que por su propio país.

Dos días antes del frustrado golpe de Estado, la cadena Fox News le preguntó a Josh Hawley, uno de los líderes republicanos del Senado, si de verdad creía que Trump podía ser presidente en un segundo mandato. Hawley respondió: “Eso dependerá de lo que suceda el miércoles. Para eso está el debate”.

Fue patético y demostró que los políticos republicanos no habían aprendido nada en los últimos cuatro años. Ninguno de los aspirantes a suceder a Trump en 2024 va a heredar a sus votantes más extremos, pero el miedo que tienen a decir lo obvio solo les está sirviendo para encorajinar más a Trump en su idea de presentarse en las siguientes elecciones.

De hecho, si los actuales niveles de devoción por su figura se mantienen, dejará de tener sentido hablar del Partido Republicano porque se habrá convertido, simplemente, en el Partido De, Por y Para Donald Trump, una auténtica secta. Y aunque algunos republicanos ya han empezado a ofrecer un “trumpismo” sin las carencias de Trump, la idea es ridícula a simple vista.

¿Qué significa el “trumpismo” como filosofía política? ¿Deshonestidad y corrupción por las nubes? Porque eso es lo que más se ha esforzado en demostrar. Los republicanos que han impulsado más mano dura en materia de inmigración a lo largo de los años han sido muchos. Trump solo ha sido un racista más, solo que lo suficientemente imbécil como para prometer que México pagaría el muro fronterizo.

Triste, pero no sorprendentemente, muchos de los políticos republicanos con grandes ambiciones han tomado nota de las cualidades que las bases adoran de Trump y están haciendo el papel de su vida para imitarlo. Su voluntad de defender el intento autoritario de Trump de cambiar el resultado electoral es la prueba más palpable. De modo que la pregunta fundamental es si el Partido Republicano de verdad quiere reformarse o si ya se ha rendido a la idea de que lo único importante es ganar, aunque ello implique acabar con la democracia estadounidense. Porque, que nadie lo olvide: es eso lo que está en juego.

El Partido Republicano va camino de convertirse en el Partido De, Por y Para Donald Trump

El exjefe de Seguridad Nacional de Trump y otros abogados del presidente, que abrazan abiertamente las teorías de la conspiración más rocambolescas, llegaron a pedir la ley marcial para que Trump tomara el control del país a través del ejército. Hasta que se descartó la opción, los líderes republicanos no se atrevieron a abrir la boca.

Quizás dentro de un año o dos el Partido Republicano recupere algo de cordura y sus líderes empiecen a darse cuenta de lo peligroso que fue Trump para que jamás vuelvan a permitir que una persona así tome las riendas de su partido.

Un paso que podrían dar desde el propio partido para dificultarle el ascenso a una figura como Trump sería frenar el proceso de las primarias. Los republicanos lo agilizaron en 2016 porque consideraban que Romney había perdido contra Obama en 2012 a causa del desgaste por su larga batalla en las primarias contra Rick Santorum. Sin embargo, fue esa agilización la que permitió que Trump ganara las primarias habiendo conseguido solo el 30% de los votos hasta el momento en el que se retiró su principal rival. Si hubiera tenido que enfrentarse al proceso habitual y obtener la mayoría de los votos, los republicanos no trumpistas (que en 2016 eran la mayoría) habrían podido armar una coalición para derrotar a Trump.

Si no cambia el proceso agilizado de selección en las primarias, lo que ha pasado podría volver a suceder, solo que con un demagogo mucho más astuto, implacable y efectivo.

Hay más cambios que podría implementar el Comité Nacional Republicano (RNC) para evitar otro Trump. Investigar a los candidatos que participan en los debates para asegurarse de que llevan suficiente tiempo perteneciendo al Partido Republicano antes de presentarse a las presidenciales, por ejemplo, o exigir la presentación de su declaración de la renta.

La pregunta es si el Partido Republicano quiere reformarse o si ya se ha rendido a la idea de que lo único importante es ganar, aunque ello implique acabar con la democracia

Pero el RNC tiene un problema mucho más fundamental que supone una amenaza para el partido y, por tanto, para el país: los votantes republicanos.

Trump es un mentiroso compulsivo, pero se le da tan mal mentir que todo el mundo lo sabe. ¿Y qué se puede pensar de quienes, sabiendo esto, han votado por él no una, sino dos veces? ¿Y qué dice de quienes no votaron por él en 2016 pero, después de cuatro años, han pensado: ‘Sí, ha hecho un gran trabajo, se merece cuatro años más’?

Un sector amplio de los votantes republicanos sigue furioso por el Caso Brown contra Consejo de Educación de 1954, que anuló la segregación racial en las escuelas, y la Ley de Derechos Civiles de 1964, que prohibió la discriminación y segregación racial en el ámbito social y laboral. Y, basándonos en el apoyo a los esfuerzos de Trump para mantenerse en la presidencia, podemos concluir que una parte importante de los votantes republicanos habrían estado dispuestos a renunciar a la democracia como solución para recuperar “su” país.

Sinceramente, no sé qué puede hacer el partido para librarse de estos votantes, pero debe hacerlo. Ya no se trata de un debate sobre impuestos o sobre el nivel de intervención que debe tener el Gobierno en la sociedad. La inviolabilidad de las elecciones es un principio fundamental y no negociable en una república constitucional. Trump ha demostrado que no acepta ese principio y decenas de millones de estadounidenses han ratificado su apoyo en las urnas.

Otra institución que necesita reformas urgentes, por lo visto, es la institución a la que yo mismo pertenezco.

Demasiados periodistas políticos llevan demasiado tiempo escribiendo como forofos deportivos. Si te encargas de cubrir la liga de béisbol, no eres nadie si no consigues declaraciones o filtraciones sobre la actualidad de un equipo. Y el precio que deben pagar para conseguir ese acceso es hablar bien de un equipo y sus jugadores y no incidir en sus defectos, a no ser que se vuelvan demasiado obvios, claro.

Pero las noticias deportivas no son relevantes en el fondo. Al fin y al cabo, son entretenimiento. El bienestar de la república no depende de ello. No se puede decir lo mismo del periodismo político, tal y como ha quedado dolorosamente claro en estas elecciones.

Una parte importante de los votantes republicanos habrían estado dispuestos a renunciar a la democracia como solución para recuperar “su” país

Cuando Trump inició su ascenso en las primarias, allá por 2015, muchos de mis compañeros de trabajo novatos atribuían su éxito a su afición por soltar insultos y bravuconadas infantiles. Era un candidato sin miedo a contragolpear a los principales candidatos Jeb Bush y Marco Rubio.

¿Y qué pasaba con sus ideas sobre los inmigrantes ilegales, sobre iniciar una guerra comercial o sobre retirarse de los tratados internacionales? Estos compañeros apenas les daban importancia porque estaban demasiado concentrados en la bravuconería de Trump en los debates.

Con esto no pretendo culparlos solo a ellos. La poca experiencia de muchísimos periodistas que aún no conocen el funcionamiento del mundo real y escriben sobre él desde la perspectiva de la política local y estatal, de los tribunales, de la Policía y de las escuelas ha sido un problema desde hace tiempo, especialmente a partir de la crisis financiera de 2009. Los despidos masivos de profesionales del periodismo afectó sobre todo a los periodistas con más experiencia, ya que eran los que más dinero costaba mantener en nómina. Y eso provocó que ciertos artículos que deberían ser redactados por periodistas curtidos con muchos años de experiencia de repente empezaran a ser redactados por periodistas de veintipocos años, recién salidos de la Universidad.

Si a esto le sumamos décadas de guerra propagandística republicana contra los medios de comunicación no aduladores, nace una prensa absurdamente tolerante con un hombre que ha construido su fama y su carrera sobre una base de autopromoción, mentiras y manipulación de los periódicos neoyorkinos.

Una vez en el cargo, Trump se aprovechó de la deferencia que se les concede a las palabras del presidente, incluso cuando no eran demasiado “presidenciales”. Lo peor de esto han sido sus incesantes mentiras sobre cualquier tema posible. Las agencias de noticias no tenían ni idea de cómo lidiar con un presidente tan mentiroso. Así les sucedió a muchos periodistas reputados en la Casa Blanca, pero especialmente a los periodistas más jóvenes que no tenían experiencia previa ni siquiera cubriendo una administración normal.

A algunos medios les costó años hacerse a la idea simple y llana de que Trump miente a todas horas y sobre todos los asuntos. No es una opinión. Son hechos tan constatables como el color de su corbata. Sin embargo, durante tres años y medio, no recibió un trato acorde. Su deshonestidad, su corrupción y su infantilismo eran descritos como “estilo de liderazgo caótico” o “gestión poco ortodoxa del Gobierno” en vez de la locura que en realidad representaba.

Parte de la explicación es la que se ha comentado antes referida al periodismo deportivo. Para muchos periodistas, conseguir una entrevista en exclusiva con el presidente es un hito en sus carreras, y describir a Trump y a su círculo sin dorar la píldora es una forma de cortar de raíz las posibilidades de conseguirlo, sobre todo teniendo en cuenta la conducta transaccional de su Casa Blanca. Más allá del deseo de entrevistar a Trump estaba la necesidad de conseguir “primicias” que en muchos casos eran cotilleos, datos sin importancia o noticias “filtradas” que se iban a conocer de todas formas poco después, nunca informaciones de relevancia que no fueran a ver la luz de otro modo. Este último tipo de investigación, claro, requiere de más esfuerzo y supone un riesgo muy real de acabar con las manos vacías. En una época en la que tantos medios de información están quebrando, esa clase de periodismo es la primera que se recorta.

Por último, había entre muchos periodistas de la Casa Blanca, sobre todo entre quienes nunca habían cubierto la campaña ni la vida de Trump en Nueva York, una fe inquebrantable en “el sistema”, en la noción de que la presidencia es una institución demasiado grande e importante como para que acceda a ella una persona poco seria. La idea de que si alguien ha llegado a la presidencia, por fuerza ha de ser alguien con la capacidad de liderazgo y la sagacidad requerida para desempeñar sus labores.

Para muchos periodistas, conseguir una entrevista con el presidente es un hito en sus carreras, y describir a Trump sin dorar la píldora es una forma de cortar de raíz las posibilidades de conseguirlo

A muchos les costó años darse cuenta de que no; en este caso, lo que se veía era lo que había. Trump de verdad era tan ignorante y petulante como parecía, más allá de su compulsión por mentir. Durante los años que tardaron en despertar y empezar a describir las mentiras de Trump como mentiras, fueron simplemente inexactitudes o hipérboles, de modo que pudo difundirlas tan alto y claro como le apeteció hasta que cuajaron y creó una realidad alternativa.

El culmen de este proceso fue una campaña de reelección extraordinariamente deshonesta cuyas mentiras se agravaban a medida que se acercaba la fecha. Los mítines de Trump se convirtieron en sesiones de hora y media de berrinches por el fraude de la investigación por la trama rusa, lo injusto que era que le hubieran sometido al primer impeachment, lo exagerados que eran sus rivales políticos con la pandemia para dañar la economía del país y sus opciones de ser reelegido, así como presumía de lo cerca que estaba de acabar su muro fronterizo, del éxito que suponían sus acuerdos comerciales, etc. Los únicos datos correctos que daba en estos mítines eran los nombres de los estados en los que se encontraban y el nombre de sus candidatos republicanos.

Porque resulta que mentir funciona.

Es cierto es que no funciona con todos. Las encuestas que se han realizado al efecto muestran que casi el 70% de los estadounidenses tienen poca confianza en que la información que reciben de Trump y la Casa Blanca sea cierta. Sin embargo, funcionó sobre suficientes votantes. Sus mentiras mil veces repetidas se convirtieron en verdades para el 30% de los estadounidenses que conforman su base fija de votantes, sobre todo en lo referido a temas que no les afectaba en el día a día.

Sus acuerdos comerciales son un ejemplo. Trump aseguró que había acabado con los “terribles” acuerdos comerciales con Canadá, México y Corea del Sur y los había sustituido por otros más favorables a los Estados Unidos. Como era de esperar, tampoco eso era verdad. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá que firmó era, en realidad, un simple cambio de nombre del anterior Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que Trump había asegurado que era el peor acuerdo comercial de la historia. Aparte del nombre, lo único que hizo fue añadir unos límites a la cantidad de camionetas que podía exportar Corea del Norte a Estados Unidos, una cantidad que, de todos modos, no se estaba alcanzando anteriormente.

Pero como la gran mayoría de la gente no necesita conocer los detalles de los acuerdos comerciales para su día a día, fueron muchos los que aplaudieron su nuevo acuerdo.

Quizás si los medios de cumunicación hubiéramos sido más agresivos a la hora de exponer sus mentiras tan pronto como las pronunciaba, tal y como hemos hecho estos últimos meses, la ilusión de su gran gestión política no habría ganado tanta inercia.

En última instancia, la dura realidad que debemos asumir es que la mayor parte de los ciudadanos no se molestan en analizar de cerca la política nacional. Lo que sucede en Washington, D.C. queda muy lejos de sus preocupaciones del día a día y el ser humano está programado para creer en lo que quiere creer. Si alguien ya estaba predispuesto a apoyar a Trump, es improbable que hubiera cambiado de opinión por mucho que los periodistas hubiéramos pasado los cuatro años de su mandato desmintiendo cada una de sus mentiras.

El periodismo, aunque se haga constantemente bien, solo protege la democracia hasta cierto punto. El autogobierno, como se ha visto, es complicado y terriblemente frágil.

No obstante, también ha habido rayos de luz en estos cuatro años. Hombres y mujeres, la mayoría desconocidos, han trabajado duro para que nuestro país se mantenga fiel a su historia y sus valores, pese a todos los esfuerzos de Trump y sus secuaces en la dirección contraria.

Quizás si los medios de cumunicación hubiéramos sido más agresivos a la hora de exponer sus mentiras, la ilusión de su gran gestión política no habría ganado tanta inercia

En los puestos diplomáticos del mundo entero, la fotografía de la pared podría haber sido la de Donald Trump, pero el mensaje que la gran mayoría de los funcionarios del servicio exterior han compartido ha sido que los Estados Unidos siguen siendo los Estados Unidos. Y lo mismo en la CIA, donde los analistas no han dejado de vigilar e interpretar un planeta complicado, por mucho que el señor que les daba órdenes mostrara muy poco interés en leer una sola de sus palabras. En los departamentos de Seguridad Nacional y Hacienda, los funcionarios siguieron realizando su labor de proteger las elecciones estadounidenses de la intromisión de Rusia para ayudar a Trump y a sus aliados. (Al menos en una ocasión, Trump aprobó sin saberlo sanciones financieras contra Rusia por intentar ayudar a los republicanos en las elecciones de medio término de 2018, gracias a que el documento se encontraba entre una gruesa pila de documentos que esperaban su firma).

Uno de los momentos más esperanzadores de estos cuatro años sucedió en la primera semana de junio de 2020, poco después de que Trump ordenara despejar con gas lacrimógeno y cargas policiales un parque público para poder hacerse una foto sosteniendo una Biblia frente a una iglesia a la que nunca acude. Junto a él se encontraban el Secretario de Defensa y, uniformado, el presidente del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos y General del Ejército.

Poco después, ambos hombres rindieron explicaciones en público sobre el grave error que supuso su presencia en dicho acto. Por su parte, el general Mark Milley envió una disculpa en vídeo a la Universidad de Defensa Nacional: “Mi presencia en ese momento y en ese ambiente creó la falsa percepción de que el ejército está implicado en la política nacional”.

Muchos medios lo difundieron, pero pocos lo valoraron como merecía. El mensaje a la Casa Blanca era claro: fuera lo que fuese que estuviera tramando Trump para conseguir la reelección, que nadie contara con el ejército.

Durante los últimos 150 años, los estadounidenses nunca han tenido que preocuparse por posibles golpes de Estado apoyados por el ejército. En ese aspecto ha habido suerte; la idea de que un presidente estadounidense pueda o se plantee utilizar a sus tropas para aferrarse al poder parecía pura ficción. Pero después de saber todo lo que sabemos de Trump, sí, claro que habría estado dispuesto a abusar de sus poderes a costa de la democracia del país.

Tanto el entonces Secretario de Defensa, Mark Esper, como Milley sabían que sus palabras enfurecerían a Trump, pero las dijeron de todos modos. Fue un buen día para la democracia.

Por último, no hay que olvidar que los votantes también pueden frenar a Trump o a un sustituto si vuelve a llegar el momento. No es nada fácil destituir a un presidente y por eso sucede tan pocas veces. La mayoría de los estadounidenses no prestan mucha atención a las noticias y tienden a concederle al presidente el beneficio de la duda, aunque sea un presidente que no se lo merece.

Aparte de su inercia positiva, Trump contaba con sus poderes de presidente. Cuando los Centros de Control y Prevención de Enfermedades enviaron una guía contra el coronavirus a todos los hogares del país, el nombre de Trump aparecía bien claro. Cuando llegaron los cheques de ayudas directas a todos los ciudadanos, el nombre de Trump también aparecía bien visible. Utilizaba su oficina presidencial como cuartel general de su campaña electoral, anunció su candidatura desde la Casa Blanca y, en las semanas previas a las elecciones, convirtió el avión presidencial en un taxi personal que le llevó de un evento supercontagiador a otro por todo el país.

Pese a todo, perdió. Más de 81 millones de estadounidenses se encargaron de despedir a un presidente corrupto, deshonesto e incompetente el 3 de noviembre de 2020.

Es cierto que muchos demócratas siguen decepcionados por no conseguir más senadores y por no haber ganado más distritos, algo achacable en parte a la gran amplitud de la coalición que respaldaba a Biden. Entre quienes votaron a Biden había progresistas moderados y otros más radicales, pero también votantes sin afiliación política y republicanos que, por una vez, cruzaron al otro lado porque no se imaginaban otros cuatro años con Trump. Esperar que este último grupo de republicanos votara contra todos los candidatos republicanos en cada circunscripción era una expectativa irreal, sobre todo teniendo en cuenta que Biden tampoco se lo pidió.

Fue una coalición de estadounidenses decentes de toda clase que se plantaron y dijeron que ya era suficiente, que su país era mejor de lo que había demostrado en los últimos cuatro años. 81 millones de votantes (un récord asombroso que también supone la mayor remontada del siglo de unas elecciones a las siguientes) coincidieron en que la toxicidad de Trump era un motivo suficiente para poner a un lado sus diferencias y hacer lo que debía hacerse.

Podemos y debemos sentirnos orgullosos de ello.

BILL CLARK/CQ-ROLL CALL, INC VIA GETTY IMAGES
Fanáticos de Trump toman el Capitolio el 6 de enero de 2021.

Después de celebrar y saborear la marcha de Trump, es hora de dejar algo claro: Estados Unidos ha tenido mucha suerte. De todas las cosas horribles que ha hecho Trump en su vida, transformar nuestro país en una autocracia fascista solo ha sido la última que le ha dado tiempo a hacer.

Después de cuatro años de constante caos, mentiras y escándalos casi diarios, debemos recordar que podría haber sido peor. Por muy terrible que haya sido, Trump tiene una capacidad estratégica nula, no tiene ningún interés en aprender de sus errores y carece de capacidad de atención. Admiraba a dictadores homicidas y tenía tendencias autoritarias, como demuestran sus reiterados intentos de robar unas elecciones que no pudo ganar. Pero era un inepto a la hora de llevar a la práctica sus impulsos.

Ni siquiera fue popular durante su mandato, ya que empezó y acabó sin la aprobación de la mayoría de la población y en ningún momento superó el 50%. Esto es especialmente impactante porque habría sido muy sencillo conseguirlo. Si se hubiera molestado en hablar con sus escépticos y comportarse como un adulto normal solamente durante un breve periodo, habría aumentado drásticamente sus probabilidades de ser reelegido. Y si su gestión de la pandemia hubiera sido medianamente competente, el segundo mandato estaba casi asegurado.

Pero ni siquiera lo intentó. Desde el primer día, tanto él como la Casa Blanca calificaron su victoria de 2016 como “histórica” cuando su único logro había sido conseguir los votos electorales suficientes pese a tener 3 millones menos de votos populares. Fue una mezcla de suerte y ayudas de Rusia y del director de la CIA, James Comey, que saboteó a su rival en los días previos a las elecciones. Pero Trump no lo supo ver y siguió actuando como si pudiera conseguir por sí mismo la reelección dirigiéndose solo a sus votantes, que parecían estar de acuerdo con sus inclinaciones autoritarias. 

Esto nos lleva a la parte dramática del texto: el afán de Trump por un poder sin limitaciones no pareció convertirle en un candidato inaceptable para decenas de millones de estadounidenses. Pese a su nula gestión de la pandemia y pese a su corrupción y su agotadora deshonestidad, el 45% de los estadounidenses aprueban su mandato y un porcentaje aún mayor del censo electoral votaron por él.

Y eso es, francamente, lo que más me preocupa de nuestro país. 

Después de cinco años con Trump en nuestras vidas, cuatro de ellos como director ejecutivo del país y comandante en jefe del ejército, 74 millones de estadounidenses decidieron que era buena idea concederle otros cuatro años.

Trump fue una persona sin seriedad en un cargo de seriedad máxima que utilizó sus poderes para desviar impuestos, donaciones e intereses especiales hacia su propio bolsillo. Todo ello mientras ni siquiera realizaba las labores más básicas del cargo. ¿Y aún así casi medio país pensó que merecía un segundo mandato?

Hubo 11 millones de personas que no votaron por Trump en 2016 y que decidieron que les gustaba lo que veían y querían más de lo mismo

Esto dice mucho, muchísimo, sobre nosotros como nación, y resulta deprimente de ver.

Es cierto que la gran mayoría de los estadounidenses no participan directamente en asuntos nacionales o internacionales y que valoran a sus líderes políticos desde el prisma más estrecho que existe: su propia situación financiera y la de sus más cercanos. Y si consideran que a ellos les va bien en ese aspecto, el mérito es de la persona que está al mando del Gobierno. Y esa es la fórmula no solo del desastre, sino también del final del experimento estadounidense.

Trump fue demasiado vago e ignorante para convertirse en un dictador, pero ¿quién puede asegurar que el próximo candidato con inclinaciones fascistas no será tan inepto? Trump lo tenía muy fácil para conseguir la reelección y estuvo muy cerca de lograrlo. Es verdad que Biden obtuvo unos resultados históricos. También es cierto que, sin esos resultados históricos, la estructura de los votos electorales, que favorece a los republicanos, podría haber propiciado un empate a 269 escaños entre ambos candidatos. Si 42.918 votos hubieran ido en sentido contrario en Arizona, Georgia y Wisconsin, Trump habría ganado las elecciones gracias al desempate del Congreso.

Si eso no te asusta, debería. Que Trump ganara en 2016 es una cosa. Solo era un famoso sin conocimientos ni interés en gobernar que engatusó a 63 millones de votantes. Pero conseguir 11 millones de votos más después de cuatro años mostrando la clase de ser humano que es ya no se trata de un golpe de suerte. Hubo 11 millones de personas que no votaron por Trump en 2016 y que decidieron que les gustaba lo que veían y querían más de lo mismo.

Su caos, infantilismo, maldad y crueldad contra decenas de millones de votantes no han sido un accidente. Es su forma de ser real. Eso debería asustarnos. El próximo aspirante a dictador no será tan indolente e incompetente como Donald J. Trump. Y eso debería asustarnos aún más.

 

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Photo gallery Trump abandona la Casa Blanca See Gallery