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20/01/2021 08:47 CET | Actualizado 20/01/2021 08:47 CET

Entre la posverdad y el neofascismo: los dos extremos de Donald Trump

No hay duda de que lo que caracteriza al todavía presidente de EEUU es su sentido autoritario y fascista.

Carlos Barria / Reuters
Donald Trump y Mike Pence.

Los acontecimientos vividos en Washington el pasado 6 de enero que culminaron con la toma del Congreso por parte de unos manifestantes a los que había incitado, directa o indirectamente Trump, ponen un punto final en el blanqueo que ha habido del presidente estadounidense desde su toma de posesión en 2017.

Cuatro años que se han distinguido por lo que se ha denominado populismo, un populismo de derechas en el que el establishment al que se oponía Trump era el de Washington. Cuatro años en los que este populismo se ha manifestado en el abuso de las redes sociales, en golpes de efecto contra China para recuperar, aparentemente, la industria estadounidense, y en un muro nunca construido para separarse de México. 

Pero la característica central de Trump nunca ha sido el populismo. Donald Trump ha sido el presidente que llegó aupado por la posverdad; también llamada mentira previa o hechos alternativos. Y esto es un hecho que marca carácter y cuyo impacto se ha notado en los cuatro años de mandato.

Alguien que llega a la Casa Blanca apoyado por la alt-right estadounidense tiene genes fascistas en su forma de desarrollo de la acción política; un fascismo que se podría denominar neofascismo y que está algo más cultivado que el que padecimos en Europa en el siglo pasado. De hecho, las líneas básicas que le han guiado en estos cuatro años no se separan en demasía de otros fenómenos más conocidos de fascismo.

El fascismo de Trump es excluyente y racista

El fascismo es muy cercano en lo económico a las tesis liberales más extremas, lo que hoy denominaríamos neoliberalismo. Unas tesis que quieren recortar el peso del Estado en la economía y entre otros aspectos, reducir la presión fiscal, (especialmente a las rentas más altas) y recortar el exiguo estado del bienestar. No hay más que recordar su durísima campaña contra el Obamacare.

El fascismo de Trump se ve en su intento de colonizar las instituciones. No sólo quiso alterar el resultado electoral y cambiarlo a través de procedimientos no establecidos (la decisión de Pence), sino que tuvo como objetivo político acabar con los mecanismos de control jurídico. El Tribunal Supremo fue su primer objetivo, aunque sin darse cuenta de que, una vez nominados, los Magistrados tienen vida propia. Las prisas en la sustitución de Gingsburg constituyen la prueba de este sprint que ha desarrollado para eliminar cualquier tipo de oposición.

El fascismo de Trump se ve en el desprecio a los medios de comunicación que no eran afines, y la configuró de realidades alternativas cuando lo que se decía no se ajustaba a lo que quería. 

Se ve en el intento reiterado de ningunear a las instituciones y sus procedimientos, algo que en España han practicado algunos partidos de la oposición tras la moción de censura contra Rajoy. Olvidarse de los procedimientos supone alterar las reglas básicas de la democracia.

Se ve en la reiteración de considerar que el voto por correo es un voto ilegal y que, por ello, no habría que contarlo. Algo que intentó hacer de muchas formas, como ahogando a USPOST, la entidad del gobierno estadounidense encargada de su gestión. Pero recordemos que fue algo con lo que incluso llegó a la Casa Blanca, dado que negó legitimidad a todos los votos por correo. Posiblemente viera que ahí se situaba la mayoría de los que recibió Hillary Clinton.

El fascismo de Trump es excluyente, racista, como hubo ocasión de ver durante las protestas producidas después de la muerte de un ciudadano negro a manos de la policía.

Y también, se aprecia cuando quiere alterar por la fuerza un resultado electoral. Haciendo que aparente ser una fuerza espontánea, a pesar de haberlo instigado. Unos sucesos en los que la parálisis policial fue tan llamativa como sospechosa. Algo parecido a la noche de los cristales rotos en Alemania.

Desde mi punto de vista, no hay duda de que lo que caracteriza a Trump es su sentido autoritario y fascista. Ahora bien, no nos podemos quedar aquí. Hay que extraer consecuencias para proteger y fortalecer la democracia española.

Lo ocurrido en Washington puede pasar en cualquier lugar. La defensa de las instituciones democráticas no es un juego sino que es un trabajo constante. Un trabajo cuyo objetivo último es ampliar la base política que participa en la democracia y protegerla de sí misma, de los ataques que puedan venir de los fascismos que tenemos entre nosotros. La exaltación de la crispación que late en el discurso de Vox no es la mejor forma de afrontar la realidad, sobre todo cuando parte de posverdades.

El patriotismo constitucional como visión integradora de la democracia consiste precisamente aceptar la discrepancia y el saber estar en minoría en ciertas ocasiones. Es aceptar cualquier debate planteado en términos democráticos, aunque no guste. Es aceptar un debate sobre si la monarquía es la mejor forma de estado, porque esto no afecta a la esencia del sistema, que no es otra que el Estado social y democrático de derecho que recoge el artículo 1.1 de la Constitución. El patriotismo constitucional es rechazar de plano negar la memoria histórica o que haya algunos que pongan en cuestión la legislación de protección a la mujer o a los colectivos LGTBI. 

Ser un patriota constitucional no es ir con una bandera en procesión sino aceptar las reglas constitucionales que precisamente permiten la discrepancia. Y este deber de incluir incluso en los casos en los que lo que se repite machaconamente es la Constitución (o para ser más exactos una visión de la Constitución, alejada de su texto y espíritu) y se menta a unos partidos constitucionales.

Hoy España necesita, tomando las palabras de Habermas, “una comprensión cosmopolita de la nación de ciudadanos que mantenga la prioridad frente a la versión etnocéntrica de una nación que se encuentra a la larga en un latente estado de guerra”. Necesitamos generar una cultura que parta de la diversidad que es normal en el mundo globalizado y especialmente razonable en un país tan diverso como es España.