Estrenarse

Estrenarse

"Siempre tendré el recuerdo vivo y exacto de la primera vez que vi Viridiana. Aquí, la palabra asombro se queda corta".

Estrenarse.CARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

De tanto usarla, casi he hecho mía la frase del maestro Julio Camba afirmando que todas las pompas son fúnebres. Créanme cuando les digo que huyo de loas y parabienes, salvo el que supone que mis comensales pidan más pan para rebañar el plato. Ese gesto de glotonería por parte de quienes comen lo que guiso es mi verdadera droga, la farlopa que me sostiene.

Sin embargo, he aceptado y agradecido las pocas distinciones recibidas a lo largo de los lustros, convencido de que es el cariño quien las entrega. Es muy gratificante comprobar que alguien se acuerda de mí y no trabaja en el Ministerio de Hacienda.

Para devolver ese cariño, me puse la semana pasada el sombrero de las bodas y fui a recoger el Premio Nacional de Gastronomía a Toda una Vida, circunstancia de la que la benevolencia del Huff les informó en su momento.

Durante la ceremonia, estuvo sentada a mi lado María Maceiras, una coruñesa de veintidós años, justa merecedora del Premio Nacional de Gastronomía Talento Joven Alimentos de España. María se dedica a la pesca y a difundir en su red social información sobre lo que entra en su red de malla, abogando con el ejemplo contra la explotación desaforada del mar, la captura de peces sietemesinos y el saqueo de los fondos, así como extrayendo de cada pieza datos e historias tan rigurosos como amenos.

Se expresa en gallego, y se deduce, por su esfuerzo al intentarlo, que el castellano no forma parte de su jornada. Sin embargo, no solo nos entendimos a la perfección, sino que disfruté con la musicalidad de la lengua de Cunqueiro pronunciada con la gracia y la viveza que le entregaba la pescadora (eufonía que, desgraciadamente, han perdido los pulpos “de la ría” que nos venden en Madrid a precio de marisco y que se enrollan en árabe).

El verdadero galardón fue compartir la mañana con ella.

Con más nervios que una anguila, vino a explicarme que el día se le había convertido en la madre de todos los sobresaltos:

-Ya lo ve. Hoy me estreno en muchas cosas: la primera vez que monto en avión, la primera que vengo a Madrid y la primera que me dan un premio.

Y entonces, lo reconozco, sentí mucha envidia, mucha. Ahora que los años me han puesto en el camino de vuelta, todas mis sensaciones son recuerdos de las que ya experimenté y el asombro, el auténtico motor vital, ha ido mermando como los santiaguiños (cuando, en la lonja coruñesa, rechacé estos por enanos, el pescadero argumentó que lo importante es que estuvieran bien llenos y que se apreciara en su lomo la cruz de Santiago. Yo los prefiero grandes y que se vea el caballo, apuntillé).

Cualquier tiempo pasado no fue mejor; éramos mejores nosotros, despiertos de ojos, oídos y espíritu, y ansiosos ante la aventura que suponía abrir una puerta o un libro.

Qué no daría yo por leer por primera vez El Aleph, el cuento de apenas quince páginas que me descubrió a un maestro ciego, contradictorio y poseído por todos los espíritus de la literatura.

O por animar hasta el delirio, hasta la ronquera, a Refíssimo en la recta de gloria del Gran Premio de Madrid.

O por repetir el primer bocado, con prevención al principio, luego con delectación y desparpajo, de la lamprea, superviviente liebre acuática (precisaré que no hay mejor receta que cocinarla en civet, es decir, con su sangre. De ahí mi analogía con la liebre).

O por sentir de nuevo en el cielo de la boca (¿dónde si no?) el inesperado deje ahumado del chile chipotle, ahora imprescindible en mis sartenes.

A la nómina de sabores inolvidables, siempre sumaré la del primer bogavante gallego, cuyo nombre insinúa las órdenes del timonel desde la popa de la chalupa. El rey de los mariscos, dúctil, firme y sensual, se me apareció con la austeridad de sus paisanos: ayuno de abalorios, simplemente cocido y sonrosado. Ciertos manjares, como la prosa de Cela o el tabaco de Byron, han de presentarse desnudos ante quienes los amamos.

La misma desnudez de aquella chicuelina en blanco y negro de Paula que paró el reloj de la plaza de Vista Alegre.

Todos tenemos en la cabeza el otro estreno, ese que forma parte de nuestra mitología y que hemos alterado en la memoria para superar la vergüenza de la poca maña y el desempeño veloz. Nos justificamos pensando que no somos calamares, que, además de diez tentáculos para abrazar y explorar, tienen, afortunados, la capacidad de hacer, si les place, que la noche se eternice sobre la sábana azul.

Pero siempre tendré el recuerdo vivo y exacto de la primera vez que vi Viridiana. Aquí, la palabra asombro se queda corta. Salí de la Filmoteca en silencio, me adentré en el primer bar que encontré y me tomé dos copas de ginebra, lentas y meditabundas, mientras consumía uno de los pocos cigarrillos que he fumado en mi vida.

A mí me consumía el carnaval irreverente de imágenes tan sencillas en lo formal y tan complejas en la experiencia del espectador. Era cine puro, sin límites ni coartadas.

También entre los ateos se producen milagros.

Del mismo modo, quisiera volver a aquella ocasión en que la puerta de Viridiana se abrió para recibir a sus primeros clientes, una pareja de novios despistados que improvisaban una cita y a los que, creo, debo buena parte de mi carrera posterior. Cuando vencí el miedo y los dos primeros platos llegaron a la mesa, transpiraba más adrenalina que el caballo ganador del Derby.

Convencido estoy de que salieron casados de aquella cena. Espero que hayan sabido perdonármelo.

Incluso en esa ocasión infalible que ninguno desea, no podemos permitir que el pavor acabe con las ansias de aventura. Aspiro, en el jodido trance, a comportarme como aquella actriz un tanto cursilona que pidió disculpas a los suyos por morir tan despacio.

-Perdonadme -dijo- es que esto no lo tenía ensayado.