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23/10/2021 10:23 CEST | Actualizado 23/10/2021 10:23 CEST

Gigantes de la tecnología, tenemos que hablar

El modelo de negocio de una empresa no puede estar por encima de la salud pública.

EFE
Facebook.

Los productos de Facebook perjudican a los niños, avivan la división y debilitan nuestra democracia”. Frances Heugen, antigua empleada de la multinacional de Mark Zuckerberg, ha causado un terremoto de magnitud incalculable tras filtrar miles de documentos internos de la red social, los ya conocidos como Papeles de Facebook. En los informes se habla abiertamente de polarización, discursos de odio, salud mental y configuración del mercado, lo que ha puesto patas arriba el debate sobre el futuro de las grandes plataformas tecnológicas y la necesidad de una regulación más estricta. 

La primera observación es clara: los debates sobre los efectos sociales y económicos de las grandes empresas tecnológicas se deben debatir en la esfera pública y no a través de informes internos que acaban llevando a ninguna parte. Y esto no va sólo por Facebook. Las multinacionales que copan buena parte del mercado deben rendir cuentas y hablar de forma directa sobre temas que nos afectan a todos.

En los últimos meses, Bruselas ha pisado el acelerador para impulsar la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales, dos grandes paquetes que definirán las reglas del juego del ecosistema tecnológico en territorio europeo. Durante la negociación será esencial escuchar a todas las partes para encontrar un equilibrio que fomente la competitividad de la Unión y ponga el foco en los derechos de los consumidores.

Como comentaba antes, esta regulación es un proceso necesario y urgente por varios motivos. Uno de ellos es evitar la concentración de mercado en unas pocas manos, algo que desestabiliza todo el ecosistema de empresas tecnológicas europeas y las sitúa en franca desventaja frente a los trasatlánticos internacionales, sobre todo estadounidenses y chinos. Es positivo que las multinacionales se establezcan en Europa, pero sin que ello se traduzca en una tendencia al oligopolio y asegurándose de que su tributación es acorde a su actividad y beneficios en el mercado comunitario.

Otra idea esencial: la Unión Europea necesita soberanía e independencia tecnológica. Y esto no es una llamada a la autarquía, ya que mantener socios comerciales internacionales en los que poder confiar es clave para sostener un mercado competitivo e innovador. Pero la búsqueda del equilibrio y el fomento del producto made in Europe tienen que ser objetivos prioritarios.

Microprocesadores, supercomputación, fábricas auxiliares y servidores de datos están en el punto de mira. Y el bagaje, ya en la recta final de 2021, es francamente negativo. Sea cuál sea el punto de la cadena en la que nos fijemos, Europa no se encuentra, ni de lejos, entre los grandes protagonistas de la revolución digital.

Y no todo es hardware y dispositivos. Los problemas de salud mental y los aspectos de carácter ético son otras dos asignaturas pendientes. La tecnología en general y las redes sociales en particular tienen efectos sobre nuestro ánimo, autoestima y percepción de la realidad, eso está fuera de toda duda. ¿Pero, hasta qué punto? ¿Se pueden atajar con medidas concretas los suicidios o depresiones de adolescentes, afectados en muchos casos por estereotipos irreales de belleza impulsados en muchas redes sociales? ¿Se han hecho estudios a nivel interno sobre estos asuntos que no se han compartido con el resto de la sociedad?

La magnífica serie de podcast sobre los Papeles de Facebook, publicada por el Wall Street Journal, da una idea del alcance de este problema y amplía el foco a la hora de pedir responsabilidades. El modelo de negocio de cualquier empresa no puede estar por encima de la salud pública, y lo que pedimos desde el Parlamento europeo es un diálogo sincero y transparente para que los consumidores puedan utilizar las herramientas digitales de una manera segura y con garantías. El debate es urgente y no se puede eludir durante más tiempo.