INTERNACIONAL
17/10/2021 09:57 CEST

¿Guerra en Taiwán? No parece, pero cuidado con jugar con fuego sobre semejante polvorín

Un problema de soberanía irresuelto, movimientos defensivos intimidatorios y EEUU apareciendo en la zona explican la última crisis en el Mar de la China Meridional.

Chiang Ying-ying via AP
Taiwanese soldiers salute during National Day celebrations in front of the Presidential Building in Taipei, Taiwan, Sunday, Oct. 10, 2021. (AP Photo/Chiang Ying-ying)

El futuro geopolítico y económico del planeta pasará en las próximas décadas por la región del Indo-Pacífico, en general, y por el Mar de la China Meridional, en particular. Es donde se esperan las grandes luchas de poder, las alianzas y los roces, sean comerciales o defensivos. Una pelea por posicionarse en un entorno clave que marcará el siglo, a juicio del común de los analistas. Pero no hay que esperar tanto para que lleguen de la zona los manidos tambores de guerra: no hay más que ver el runrún de estos días sobre Taiwán para entender la gravedad del asunto y su actualidad. 

¿Puede haber hoy una guerra en la isla? Los expertos coinciden en que un conflicto armado directo es poco probable en este momento, pero a medida que el futuro del territorio autónomo se convierte en un polvorín, cualquier error o un mal cálculo (por coyuntura, por conveniencia, por bravuconería) puede provocar una confrontación entre China, que reivindica su soberanía sobre Taiwán, y EEUU, que cada día apoya más a las autoridades de Taipei.

De dónde viene la escalada

La temperatura se ha elevado en la zona en las últimas semanas por una acumulación de acontecimientos. La semana pasada, China envió cerca de 150 aviones de combate a la zona de identificación de defensa aérea de Taiwán, un gesto sin precedentes. Estas maniobras provocaron declaraciones de advertencia del ministro de Defensa de Taiwán, Chiu Kuo-cheng, de que un posible “error de fuego” podría provocar un conflicto desastroso. Chiu calcula que lo que hoy puede acabar mal de forma fortuita puede ser una guerra declarada y firme en pocos años, en 2025 concretamente, que es cuando calcula que Pekín puede tener listos sus preparativos para una invasión a gran escala de la isla. 

China defiende que sus aviones no han pasado sobre la isla sino que se quedaron en la llamada Zona de Identificación de Defensa Aérea (ADIZ) en el Mar Oriental de China; se trata de un espacio en el que la identificación, ubicación y control de aeronaves se realiza en interés de la seguridad nacional, pero que no está regulada ni definida por ningún organismo, desde que EEUU creó la primera de las ADIZ tras la Guerra de Corea, en 1950. No corresponden estas zonas al espacio aéreo soberano ordinario y la de Taiwán toma parte de la China continental. Aún así, Taipei habla de agresión en su zona suroreste. 

El ambiente estaba caldeado de antes porque Estados Unidos, que siempre había sido cauteloso en su venta de armas a Taiwán para no incomodar a China, ha disparado sus venta de armamento. Empezó Donald Trump, en 2017, aprobando intercambios militares y nuevos contratos, y ha seguido su estela el actual presidente de EEUU, Joe Biden. El año pasado vendió 5.000 millones de dólares en armas a Taiwán, incluyendo aviones de combate F-16 y misiles Patriots. Este inusual apoyo está irritando a China, obviamente, por lo que incluso incidentes poco claros acaban levantando suspicacias: el pasado viernes se supo que un submarino nuclear de EEUU golpeó un objeto no identificado mientras navegaba por aguas del Indo-Pacífico y Pekín ha pedido explicaciones sobre qué hacía allí la nave. 

Washington además mueve a su gente, directamente, por la zona. Se han producido aterrizajes de aviones militares en la isla y por sus aguas han navegado buques de guerra norteamericanos. Hasta 17 barcos de seis armadas aliadas han hecho maniobras ante la cercana isla japonesa de Okinawa. Y todo esto en los mismos días se ha anunciado la firma del pacto bautizado como Aukus entre EEUU, Reino Unido y Australia para mejorar su cooperación militar en la zona y cuando el Wall Street Journal desvela que el Pentágono tiene destinado un contingente militar en Taiwán desde hace al menos un año, en su mayoría formado por instructores. El objetivo de tanto movimiento es “preservar la libertad de navegación en la zona”, justifican en EEUU.

El portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, subrayó esta semana que el respaldo de Estados Unidos a Taiwán es “fuerte como una roca”, asegurando que “también hemos sido muy claros que estamos comprometidos a estrechar nuestros lazos con Taiwán”.

En respuesta a preguntas sobre el destacamento estadounidense, el portavoz de Exteriores Zhao Lijian afirmó que “China tomará todas las medidas necesarias para salvaguardar su seguridad y su integridad territorial”, y que la Casa Blanca debe “entender plenamente” la “alta sensibilidad” de la cuestión taiwanesa. “Estados Unidos debe dejar de vender armas a Taiwán y detener los contactos militares para no dañar las relaciones bilaterales y la paz y la estabilidad a ambos lados del Estrecho”, agregó. 

¿Una nación, dos sistemas?

Es habitual que haya escalada, al menos dialéctica, cada año por esta temporada, que es cuando China y Taiwán celebran sus respectivos días nacionales, pero esta vez la intensidad, gravedad y hondura de los hechos preocupa más. El presidente chino, Xi Jinping, ha reiterado en mitad de desfiles y muestras de armamento su deseo de presidir lo que ha llamado la inevitable “unificación” de Taiwán con China. Aquellos que quieren que la isla regrese al control de la China continental, dijo, “están del lado correcto de la historia”.

Xi deseaba una reunificación “pacífica” con Taiwán. Pekín todavía considera la isla como parte de su propio territorio soberano, aunque ha mantenido una especie de independencia de facto desde 1949, cuando los nacionalistas derrotados en China huyeron hasta allí desde el continente, controlado por los comunistas. En su discurso, el presidente chino emitió una clara advertencia al liderazgo político de Taiwán: “Aquellos que olvidan su herencia, traicionan a su país y buscan dividir a su país no tendrán un buen final”, avisó.

Esa amenaza recibió una fuerte respuesta en menos de 24 horas. La presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, anunció que su país reforzaría sus defensas “para garantizar que nadie pueda obligar a Taiwán a tomar el camino que China nos ha trazado”. Ese camino, avisó, “no ofrece ni una forma de vida libre ni democracia para Taiwán, ni soberanía para nuestros 23 millones de habitantes”. Taiwán sostiene que China posee miles de misiles balísticos de corto y mediano alcance, así como misiles de crucero apuntados a su isla. Considera, además, que Pekín lleva a cabo una sofisticada campaña de desinformación en redes sociales e internet para socavar la confianza en el Gobierno. Ellos, por su parte, además de buscar la ayuda de EEUU, han reforzado la producción nacional, incluido el desarrollo de misiles de largo alcance y nuevos buques de guerra, bautizados como “asesinos de portaaviones”.

“Deberían recordar que si Taiwán llegara a caer, las consecuencias serían catastróficas para la paz regional y para el sistema de alianzas democráticas”, avisa la mandataria. “Sería una señal de que en la contienda global de valores de hoy, el autoritarismo tiene la ventaja sobre la democracia”, sostiene.

Taiwán sólo es reconocida formalmente por un puñado de naciones y no tiene acceso a ser miembro de pleno derecho en la mayoría de las principales organizaciones internacionales. Sin embargo, ha consolidado su democracia en las últimas décadas y se ha mostrado como un actor internacional responsable, aparte de un importante socio comercial. No hay más que ver los “Made in Taiwan” de los productos que pasan por nuestras manos. 

Durante la pandemia de coronavirus, rápidamente se convirtió en un modelo de cómo la gobernanza democrática y transparente puede frenar eficazmente la propagación de un virus peligroso. Bajo el mandato de Tsai, la isla también ofreció refugio a los activistas prodemocráticos de Hong Kong, un acto de solidaridad con quienes llevan criticando la línea dura de Xi desde hace años, en la calle y poniendo en juego su vida y su libertad. Taiwán y Hong Kong unidas, dos de los principales talones de Aquiles de Pekín.

La encrucijada de Biden

Estados Unidos, formalmente, dice acatar el actual estado de las cosas, reconoce técnicamente a Pekín por encima de Taipei, pero al estrechar sus lazos con la nación insular indigna a Pekín. Hasta ahora, ha brindado respaldo político y militar a Taiwán, sin prometer explícitamente defenderlo de un ataque chino, pero el debate está sobre la mesa, encendido: un número cada vez mayor de legisladores en Washington quiere que Estados Unidos abandone décadas de “ambigüedad estratégica” en cuanto a Taiwán y asuma un compromiso de defensa más sólido. Un dolor de cabeza importante para Biden que, si se acelera, puede acabar marcando su legislatura más de lo deseado.

El demócrata ha tratado de aliviar las crecientes tensiones con Pekín, como se vio con una llamada hecha a Xi en la que ambos mandatarios se comprometieron a “evitar un conflicto” y que el mundo “sufra”, y más tarde con su discurso ante la Asamblea de la ONU del pasado mes, cuando afirmó que no quería ver una nueva “Guerra Fría” con China. Asumir una postura más beligerante en defensa de Taiwán y avivar otros problemas de seguridad regional también podrían frustrar los esfuerzos para la cooperación medioambiental antes de una importante cumbre internacional que se llevará a cabo en Glasgow, Escocia, en noviembre, y que es un punto clave en la agenda que Biden trabaja para tener conexiones y avances con China, en esta dinámica de alejamiento y cercanía que se traen.

El experto español Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, cree que Pekín buscará “poner freno a las tensiones que erosionen el actual statu quo”, y que “si Washington dobla la apuesta se puede encontrar con una situación crítica al tener que decidir entre involucrarse o no y hasta qué punto”.

Si Washington dobla la apuesta se puede encontrar con una situación crítica al tener que decidir entre involucrarse o no y hasta qué punto

“Es probable que en la última reunión entre el máximo diplomático chino, Yang Jiechi, y Jack Sullivan, asesor del presidente estadounidense Joe Biden, se haya optado por arriar velas. Para Pekín, la tentación siempre existe, pero el riesgo es alto”, comenta el analista en su web. El encuentro acabó siendo calificado como “constructivo”. 

EEUU está obligado a ayudar a Taiwán en la obtención de los medios necesarios para defenderse en virtud de la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, recuerda Reuters.

¿Tambores de guerra?

China ha reclamado la soberanía de Taiwán desde hace décadas mediante si política de “una sola China”. En 1949, tras la guerra civil china, el derrotado partido nacionalista Kuomintang se vio forzado a huir a la isla y desde entonces Pekín se propuso recuperar el control de ese territorio. Batalla a gran escala no protagonizan desde 1958, cuando las fuerzas chinas llevaron a cabo más de un mes de bombardeos de las islas Kinmen y Matsu controladas por Taiwán, incluidas batallas navales y aéreas.

Ambas han estado a punto de ir a la guerra en varias ocasiones desde entonces, la más reciente, antes de las elecciones presidenciales de 1996. Pekín, molesto por lo que percibió como un mayor respaldo de Estados Unidos a Taiwán, decidió realizar una exhibición de fuerza con ejercicios militares que incluyeron el lanzamiento de misiles hacia el mar, a unos 30 kilómetros de la costa de Taiwán, antes de los comicios. Washington respondió con su propio despliegue de poderío en la zona, enviando a dos grupos de portaviones. En aquel momento, China no tenía portaviones y contaba con recursos limitados para amenazar a las embarcaciones estadounidenses, por lo que dio marcha atrás y se enfrió la crisis. 

Poco después, Pekín llevó a cabo pruebas de misiles en aguas cercanas a la isla con la esperanza de evitar que los taiwaneses votaran por Lee Teng-hui, de quien China sospechaba que albergaba deseos independentistas. Lee ganó finalmente la elección, no le dio resultados. 

No le habían salido bien las cosas a Pekín, así que ha aprovechado estos últimos años a imprimir un nuevo impulso a sus fuerzas armadas, que ahora tienen unos misiles significativamente mejores y tiene portaaviones, hechos en casa y dotados de todo lo necesario para plantar cara al más pintado. Un informe reciente del Departamento de Defensa ante el Congreso de EEUU destacó que en 2000 consideraba que las fuerzas armadas de China eran “de gran tamaño pero en su mayoría arcaicas”, pero hoy día es un rival que ya rebasó a la milicia estadounidense en algunas áreas, como la construcción de barcos. China tiene hoy la mejor Marina del mundo, con portaaviones (tiene dos y está en camino de fabricar un tercero) y nuevos submarinos.

Ahora mismo, entiende Taiwán, no está listo Pekín para presentar batalla a lo grande, pero sí en unos años. De ahí su deseo de retrasar a China lo suficiente como para que Estados Unidos y sus aliados aparezcan con fuerza en la zona. Tiene importantes fuerzas militares y la ventaja de luchar en su propio territorio.

La evaluación del departamento de defensa de Taiwán sobre las capacidades de China, presentada al parlamento en agosto y obtenida por The Associated Press, sostiene que China ya tiene la capacidad de sellar los puertos y aeropuertos de Taiwán, pero que actualmente carece de transporte y apoyo logístico para operaciones de desembarco conjuntas a gran escala, aunque está mejorando día a día.

En una nueva política de orientación estratégica la semana pasada, el secretario de Marina de Estados Unidos, Carlos Del Toro, identificó a China como el desafío “más significativo” a largo plazo. “Por primera vez en al menos una generación, tenemos un competidor estratégico que posee capacidades navales que rivalizan con las nuestras, y que busca emplear agresivamente sus fuerzas para desafiar los principios, las asociaciones y la prosperidad de Estados Unidos”, decía el documento.

Durante años, la idea común ha sido que una invasión de Taiwán sería demasiado costosa para China. Significaría, según esa lógica, una cifra espeluznante de muertes en el campo de batalla, interrumpiría una economía china entrelazada con las cadenas de suministro globales y ensuciaría la imagen internacional de Pekín. Pero la dinámica está cambiando.

Xi, hasta cierto punto, ha vinculado su legado político con el regreso de Taiwán al redil chino, es una promesa. Un nacionalismo cada vez más profundo alentado por el estado en China, y la hostilidad hacia la opinión occidental, así como las guerras comerciales en curso con Estados Unidos y sus aliados, pueden cambiar aún más el cálculo de Pekín en cuanto a una acción ofensiva.

Las capacidades de las fuerzas armadas chinas se están expandiendo y es posible que ya hayan llegado a una etapa en la cual la presencia militar de larga duración de EEUU en Asia y el Pacífico sea un elemento disuasivo insuficiente. Ahora ya no están ni en Afganistán. 

Un escenario que explica por qué estamos en el momento de mayor deterioro de relaciones en la zona en 40 años. 

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