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26/07/2020 09:23 CEST | Actualizado 26/07/2020 09:23 CEST

Incertidumbre

La pandemia nos obliga a enfrentarnos a lo que más tememos en la vida. No es la muerte ni el dolor...

LLUIS GENE via Getty Images
Un confesor en la catedral de Barcelona. 

La pandemia nos obliga a enfrentarnos a lo que más tememos en la vida. No es la muerte ni el dolor. Es la incertidumbre sobre la muerte y el dolor. Toda la cultura, la religión, el arte, es un intento desesperado de creer que tenemos el control sobre nuestro futuro. ¡No lo tenemos! Buscamos certezas sin fisuras y nada nos desasosiega más que contemplar cómo un médico reconoce que carece de ellas. Los medios de comunicación prometen respuestas, pasan miles de horas haciendo afirmaciones que caducan al mismo tiempo que las ondas sonoras con las que las emiten. Nada nos aterra más que aceptar que la vida es caótica en buena medida, y que por encima de todos nuestros intentos por controlar lo que nos va a ocurrir, nunca estamos a salvo de un golpe fatal, de un mazazo inesperado que lo cambia todo.

Se lo advierto: no le va a gustar leer este párrafo. Ésta es la lista de cosas que no sabemos respecto a la pandemia de la covid-19: no sabemos cuánta gente murió ni en España ni en ningún lugar del mundo a causa del virus, no sabemos cuánta gente se contagió, cuántos lo pasaron sin síntomas ni cuántos están inmunizados. No sabemos cuánto puede durar la inmunización tras haber pasado la enfermedad. No sabemos cuándo tendremos vacunas ni tratamientos, ni el grado de protección que ofrecerán dichas vacunas o de éxito de dichos tratamientos. No sabemos si habrá segundas, terceras o cuartas olas, si el virus se quedará para siempre en el listado de enfermedades o si desaparecerá. No sabemos si mutará hacia formas más o menos agresivas. No sabemos los efectos secundarios de la enfermedad, a qué órganos afecta, y hasta qué punto pueden ser más graves que la propia infección original. No sabemos si el virus se transmite por el aire o el tiempo que sobrevive en distintas superficies. Sí sabemos que el uso de mascarillas reduce considerablemente los contagios, pero los detalles acerca de los porcentajes en que los reduce, qué mascarillas, durante cuánto tiempo y a qué distancia, también han ido cambiando más rápidamente de lo que desearíamos.

Hace mucho frío fuera de la civilización porque hace mucho frío bajo la intemperie de la incertidumbre. Salvo que el panorama mejore sustancialmente en poco tiempo, tendremos que lidiar con una terrible paradoja: desear agruparnos como reacción natural de los humanos ante el miedo y desear separarnos como medida de precaución esencial ante la expansión del virus. La maldita pandemia nos va a cambiar de una forma más profunda de lo que imaginamos, afectando a cimientos muy básicos que sólo notamos que están ahí durante grandes terremotos. En la sociedad del autocontrol obsesivo estamos perdiendo el control sobre la salud. En la sociedad del fundamentalismo científico la ciencia no nos puede proporcionar certezas. En la sociedad de la información nos ha golpeado la incertidumbre más dura.

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