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23/11/2021 07:05 CET | Actualizado 23/11/2021 07:05 CET

La España vacía... de cerebro

We Are via Getty Images

El pasado domingo por la tarde el PSOE de Canarias clausuraba su décimo cuarto congreso regional. Unas horas antes, el sábado, el presidente Pedro Sánchez había asistido a la inauguración, circunstancia que aprovechó para ir por sexta vez a La Palma, asolada por el volcán, y comprobar ‘in situ’ tanto las medidas de emergencia como las diferentes fases del proyecto integral de reconstrucción. Fuera del enorme cajón gris del ‘Gran Canaria Arena’, la ‘Fundación Negrín’ había instalado unos paneles sobre la trayectoria de aquél hombre de Estado y destacado socialista que fuera presidente del Gobierno de la II República. 

Entre las muchas frases recogidas de diferentes discursos, se coló una muy actual, que demuestra cuánto vacío cerebral, cuánta desinformación y cuánta irresponsable bobería desarrollan algunos sectores residuales, de la derecha o la izquierda, cada una en su terreno, de la política actual. Decía un patriota y visionario Doctor Negrín nada menos que en 1938, un año antes de acabar la Guerra de España: “El gobernante que, al cesar la contienda, no comprenda que su primer deber es lograr la conciliación y la armonía que hagan posible la convivencia ciudadana ¡maldito sea!”. 

Otra, esta de 1956: “Mis esperanzas están puestas, no en los de fuera, sino en las generaciones venideras que sabrán reparar el mal que la nuestra no previno, ni tuvo tesón y coraje para vencer”.

Esas generaciones venideras, vinieron, como es natural, y aunque no conocieran estas palabras de Don Juan Negrín, trataron de enmendar el error y estar a la altura de los tiempos. Fue la Transición. Y como cimiento imprescindible para el nuevo régimen, una amplia y generosa amnistía. Cientos de miles de españoles ocuparon las calles con un mismo lema. Un mismo grito de esperanza en todas las provincias: ‘Libertad, amnistía y estatuto de autonomía’. En la celebrada en Las Palmas de Gran Canaria me embargó una especial emoción: en primera fila iba, ya gravemente afectado por la enfermedad, mi padre. En sus huesos molidos a palos llevaba sus siete años en los campos de concentración de La Isleta, Gando, Guanarteme y ya a salvo de las sacas falangistas, que acababan con tiros en la nuca, en pozos o en la ‘Marfea’,  en la prisión provincial. A su lado caminaban también varios de sus compañeros, todos ya achacosos, coreando la ilusión de la ‘libertad, la amnistía y el estatuto de autonomía’. 

Mientras, en Madrid, los enemigos de antes trataban de enterrar los recuerdos y desterrar los rencores, aunque como restos de Atapuerca dieran la nota algunos recalcitrantes franquistas de corazón irreciclable.

La amnistía, miren qué cosas, la defendieron los perdedores, las víctimas, que fueron los adalides de la reconciliación, lo que Negrín llamaba ‘conciliación y armonía’. No fue una imposición de la derecha, ni mucho menos – una parte de ella la veía con retranca- ni ha sido ella o el franquismo en inmersión los que han mantenido el ’régimen (afortunado o bendito) del 78. Ha sido principalmente la izquierda, y dentro de ella el PSOE, por los tumbos clásicos del PCE, que con Anguita empezó a olvidar las lecciones aprendidas.

El ‘adanismo’, sin embargo, es un virus contagioso que afecta sobremanera a los políticos; pero también a los periodistas, a los empresarios, a algunos científicos poco ‘leídos o escribidos’. Creerse que antes de ellos no hubo vida inteligente. Descubridores en fin de la pólvora. 

‘Podemos’ cometió ese error: ignorar, quizás no desconocer, el pasado real. Porque el ayer no se puede imaginar: es el que fue. Pasó por encima de todas las realidades alternativas: En la España moderna, democrática, a veces hasta los limes de la excentricidad, buscan el ideal en la destrozada Venezuela del chavismo y el madurismo, o en la Cuba castrista, o en el populismo peronista que vuelve a infectar a Latinoamérica. No comprendió Pablo Iglesias, y su núcleo duro, que los españoles, mayoritariamente, ni quieren aventuras ni quieren separatismos. Conciliación sí, claro; ibuprofeno para desinflamar, el que sea necesario, aunque el prospecto señale las contraindicaciones. Hasta la aspirina las tiene. 

Ahora el adanismo retorcido se ha vuelto a conjurar. No por un honesto sentido de la justicia, sino para debilitar al Estado. Con la descalificación de la amnistía, y el discurso de que hay que borrar todo lo escrito, lo que se pretende es muy simple: abrir grietas en las columna de la democracia. Una parte de la derecha contribuye a la siembra del caos con el desprestigio de las instituciones a las que degrada y ensucia con insólita desvergüenza, desconsideración y atrevimiento. 

Ahí tiene Pedro Sánchez el mayor de sus desafíos: que los votos radicales (de ERC, de Bildu, del BNG, de la ‘podemía’ incluso, que necesita para llegar al ‘the end’  de la legislatura, por el fiasco de Ciudadanos,  que murió  de avaricia, no produzcan aluminosis (cuando el hormigón pierde sus propiedades y se hace más poroso y menos resistente) que dañe el sistema.  Que sea rehén temporal, y eso ya daña la imagen si no se explica bien, pero de ninguna manera prisionero. 

Sin embargo hay iniciativas socialistas que se han puesto en marcha y que los ‘populares’ consideran que destruyen el Estado, cuando es justo lo contrario: potencian el Estado. Llevar a provincias, a la llamada ‘España vaciada’, instituciones y organismos nacionales de nueva creación ‘hace’ Estado. Lo fortalece. 

El Estado es más fuerte mientras la Administración más llegue a los lugares más alejados. El teletrabajo o la asistencia telemática que, por ejemplo, desarrolla la Xunta de Galicia, ni tiene en cuenta lo que contribuye al abandono del rural, ni las condiciones de la población: envejecida e incapaz de adentrarse en un mundo digital que ni cuenta con una adecuada red wifi ni con instructores o monitores. Las Comunidades Autónomas son las primeras que tienen que desconcentrarse para impedir un éxodo que está siendo como un goteo constante. Agravado porque a los fallecidos no los sustituye nadie, ni nuevos nacidos, que es lo grave.

Una parte de España se empezó a vaciar, y se inició la tendencia que aún sigue, cuando el INI (Instituto Nacional de Industria) apostó por volcarse casi exclusivamente en las regiones ya industriales. Y continuó cuando esas regiones, las más ricas y pobladas, se llevaron el premio gordo y hasta las aproximaciones del sistema ferroviario y las autopistas. 

‘Teruel existe’ no inventó nada. Ya en Canarias se había creado un ecosistema insularista que terminó confluyendo con otro regionalista y con otro nacionalista con veleidades africanistas e independentistas. Ahora parece que la fórmula se expande, porque como dice el refrán de la burra del gitano, entre todos la mataron y ella sola se murió.  La única solución técnica y razonable es, efectivamente, no dejar a nadie atrás. El momento es excepcional con los fondos europeos para la reconstrucción. Pero tiene que haber un Plan como el que Canarias y el Gobierno de la nación, el Cabildo palmero y las propias corporaciones locales afectadas han diseñado. Un proyecto cuya característica esencial, o articular, es la agilidad y la unidad política.

Todo lo que puede  empeorar  empeora sin remedio, dice una de las ‘leyes de Murphy’.  En la actualidad España es uno de los países europeos con mayores desigualdades.  La brecha entre pobres y ricos es enorme tras las recetas  neoliberales de adelgazamiento y los recortes de Aznar y Rajoy que ahora predica, ciega y sorda a sus efectos por abuso, Isabel Díaz  Ayuso. 

Con una España cuya vertebración corre cada vez más a cargo de Inditex, El Corte Inglés, Repsol, el Santander y Caixa Bank, tras el acuerdo de Aznar con el cínico, sinuoso  y astuto  Pujol para liquidar la mili, y evitar de esta manera que los chicos catalanes conozcan a los chicos de las demás regiones y puedan comprobar ‘in situ’ que todos los ombligos son redondos, y con una precariedad laboral y una desigualdad que asusta a Bruselas, no se deben olvidar algunas advertencias de quien sabe de esto. 

El nobel Joseph E. Stiglitz, en su obra ‘El precio de la desigualdad’, dice: “En una democracia donde existe un alto nivel de desigualdad la política también puede ser desequilibrada, y la combinación de una política desequilibrada dedicada a gestionar una economía desequilibrada puede ser letal”.

Y eso que este prestigioso investigador no contaba el enorme poder alucinógeno, descerebrador y populista de los predicadores del odio, el negacionismo científico, la regla de tres  y las desquiciadas teorías de la conspiración… y demás carteristas y timadores escondidos en las redes sociales, o detrás de unas siglas brillantes por el roce en los banquillos.

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