La OTAN ante Ucrania: las "puertas abiertas" tras la Guerra Fría que Moscú quiere cerrar

La Alianza Atlántica ha impulsado un proceso de ampliación y de cooperación que Rusia rechaza, reclamando un papel que limita la autonomía de la organización.
Un soldado alemán sostiene la bandera de la OTAN en su destacamento de Rukla, Lituania, en 2017.
Un soldado alemán sostiene la bandera de la OTAN en su destacamento de Rukla, Lituania, en 2017.
picture alliance via Getty Images

La crisis de Ucrania ha puesto en primer plano el debate sobre el papel de la OTAN en el mundo, su razón de ser y su futuro. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, parida en 1949, viene arrastrando años de intenso debate interno, de roces entre los socios por las distintas aportaciones económicas, el liderazgo y las apuestas defensivas, y ahora se sitúa ante la coyuntura de mostrarse fuerte, con una voz única, ante la hipotética invasión rusa de un país que no es miembro de la Alianza pero que quiere serlo y con el que ya tiene relaciones preferentes.

La piedra de toque es el interés de la OTAN en ampliar el número de sus miembros, un proceso pausado pero que no se detiene desde que cayó el Muro de Berlín, la URSS se desintegró y el Pacto de Varsovia pasó a ser historia. Ahora mismo los socios son 29 (Albania, Alemania, Bélgica, Bulgaria, Canadá, República Checa, Croacia, Dinamarca, Estados Unidos, Estonia, Eslovaquia, Eslovenia, España, Francia, Grecia, Hungría, Islandia, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Montenegro, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, Rumania y Turquía) y Bosnia-Herzegovina, Georgia y la Antigua República Yugoslava de Macedonia son aspirantes a la adhesión.

La época tibia

1999 fue un año clave en su expansión. Se dio entrada a Polonia, República Checa y Hungría, el primer bloque de la extinta galaxia soviética, y en 2004 llegó la confirmación de su apertura al este, sumando a Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y los tres bálticos (Estonia, Letonia y Lituania). Verdaderamente se estaba dejando atrás el siglo XX. Y eso fue lo que acabó de incomodar a Moscú, que por más que se viera como un imperio desaparecido, no dejaba de anhelar tener influencia en el círculo que un día fue suyo.

Tras la Guerra Fría, vinieron años de tibieza en las relaciones de la OTAN y Rusia. Iban en consonancia con nuevas apuestas defensivas, con otra filosofía, la de dar respuestas a un mundo cambiante en el que la dinámica de bloques había saltado por los aires. Por ejemplo, en 1990, la Carta de París de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), firmada por 34 jefes de Estado, “marcó el comienzo de una nueva era en la que los Estados asumieron un compromiso sin precedentes con las libertades individuales nacionales, la gobernabilidad democrática, los derechos humanos y la cooperación transnacional”. Años después, sus estados se comprometieron a “no fortalecer su seguridad a expensas de la seguridad de otros Estados”. La base era el respeto, al menos.

Siete años después, le siguió el Acta Fundacional OTAN-Rusia, que consagró compromisos de igualdad en seguridad y de no buscar la seguridad a expensas de la seguridad del otro. Un paso insólito, el primer mecanismo de cooperación directa con Moscú, que aún se mantiene bajo el formato de un Consejo del que Rusia había retirado a sus diplomáticos el pasado otoño, que llevaba años sin reunirse y que hace dos semanas revivió al son de los manidos tambores de guerra.

Fue entre 2002 y 2008, desde su fundación hasta la guerra de Rusia con Georgia, cuando este Consejo OTAN-Rusia vivió sus momentos más fructíferos. En ese momento, el organismo se reunía cada mes. A raíz de la intervención rusa en agosto de 2008 en Georgia, fue suspendido hasta la primavera de 2009, ya que la OTAN mantiene su exigencia a Moscú de que retire su reconocimiento a las regiones georgianas separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, a las que brinda apoyo militar y económico.

Tras una recuperación incompleta del foro, a partir de 2014 se fue paralizando de nuevo, después de que el presidente ruso Vladimir Putin se anexionara la península ucraniana de Crimea y comenzase a apoyar a los separatistas en las regiones del este de Ucrania. La OTAN estableció en la cumbre de Gales de septiembre de ese año su firme rechazo a esa incorporación, exigió el cumplimiento de la legislación internacional, la retirada de tropas y el apoyo militar a los separatistas. A partir de entonces, ambos polos sólo discuten esporádicamente cuestiones militares prácticas, como los canales de comunicación en caso de crisis o el intercambio de datos sobre maniobras y movimientos de tropas.

La anexión de Crimea y la reacción armada de Rusia frente al ataque de Georgia contra la provincia separatista de Osetia del Sur se ha ido sumando al fin práctico del Tratado INF (de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio), el rearme ruso, la aplicación de un nuevo modelo de guerra, la híbrida, o intervenciones militares como la de Siria, que han ido alejando las posturas de las dos partes.

El factor Ucrania

Ucrania, sí, fue determinante en el alejamiento con Moscú, como lo es ahora en este nuevo momento decisivo, de toma de decisiones y de revisar la naturaleza de la OTAN. En 1991, el país exsoviético se unió al Consejo de Cooperación Atlántico Norte y en 1994, al programa de Asociación para la Paz. En 1999, apareció por primera vez de forma expresa en uno de los conceptos estratégicos de la Alianza que son, digamos, sus grandes apuestas de actuación.

“Ucrania se convirtió en el tercer país más nuclearizado del mundo. Dada la incertidumbre geopolítica del momento y su situación estratégica, la OTAN buscó su desnuclearización y el acercamiento. En 1994, Kiev acordó destruir el arsenal nuclear heredado de la URSS y en 1997 firmó la Carta NATO-Ucrania, adquiriendo una posición destacada respecto al resto de los socios de la OTAN. En 1999, la OTAN se compromete a mantener consultas políticas y a apoyar su desarrollo económico, soberanía, independencia e integridad territorial”, tal y como recuerda el coronel del Ejército de Tierra Ángel José Adán García para el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Ucrania es el único estado que ha contribuido activamente en todas las operaciones y misiones lideradas por la OTAN.

Un soldado ucraniano vigila su posición en Shyrokyne, cerca de la frontera con prorrusos y separatistas, en 2018.
Un soldado ucraniano vigila su posición en Shyrokyne, cerca de la frontera con prorrusos y separatistas, en 2018.
via Associated Press

En 2008, el entonces presidente estadounidense George Bush intentó propiciar la integración de Ucrania y Georgia en la OTAN. Moscú dejó claro en ese momento que no aceptaría dicho paso. Alemania y Francia impidieron los planes de Bush. En la cumbre de la OTAN en Bucarest, se dialogó con Ucrania y Georgia sobre la membresía plena de la OTAN, pero sin poner fecha. Desde 2010, las autoridades ucranianas han aparcado de forma temporal este objetivo, aunque han optado por intensificar la cooperación militar. Una salida intermedia que obviamente tampoco gusta en Moscú.

Al ver que con la OTAN no había avances, Ucrania intentó impulsar la conexión con Occidente a través de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. En el verano de 2013, unos meses antes de la firma, Rusia ejerció una enorme presión económica sobre Kiev y obstaculizó las importaciones ucranianas para intentar que cambiara esa apuesta. En ese contexto, el Gobierno del entonces presidente Viktor Yanukóvich, favorable a Moscú, suspendió el acuerdo negociado. Su veto desencadenó protestas de la oposición, el Euromaidán, y el mandatario acabó huyendo a Rusia en febrero de 2014.

Con la anexión de Crimea y el apoyo a los rebeldes que declararon unilateralmente la independencia de dos territorios, Donetsk y Lugansk, fue como Rusia lanzó una afrenta doble a la OTAN. Hace casi ocho años, pero Kiev no desiste en su empeño de estar bajo el paraguas de la Alianza Atlántica. Y eso Putin no lo puede consentir, por pura estrategia y por nacionalismo, en un momento de recuperar el orgullo y los fueros perdidos.

Javier Solana, entonces secretario general de la OTAN, decía en 1997 en una conferencia en Zaragoza: “Durante muchos años, los pesimistas han argumentado que un acuerdo de este tipo [en referencia al Consejo OTAN-Rusia] no tenía ninguna utilidad y que incluso era imposible de lograr. Daban por sentado que mientras la Alianza continuara su proceso de ampliación, las relaciones entre la OTAN y Rusia seguirían planteando problemas. Su idea era que, de alguna manera, debíamos “elegir” entre la ampliación de la OTAN y Rusia. Al firmar el Acta Fundacional, tanto la OTAN como Rusia han demostrado que esa forma de pensar ya no tiene sentido en el entorno de seguridad actual”. Al final, ganaron los agoreros y, dos décadas más tarde, la ampliación sí es un problema.

La Alianza, ante la “creciente amenaza rusa” que se ha convertido ya en una muletilla en cada comunicado, se ha dedicado en los últimos años a enviar refuerzos a países del club atlántico de la zona para disminuir su vulnerabilidad ante Moscú. Ya desde 2004 hay una misión de policía aérea de la OTAN en el Báltico (Baltic Air Policing) y en 2017 se lanzó la Presencia Avanzada Reforzada, con 4.000 efectivos de diferentes naciones, repartidos en cuatro battle groups, ubicados en Estonia, Lituania, Polonia y Letonia. España es uno de los países que más activamente participa en este dispositivo.

Lo que Rusia quiere

La incertidumbre sobre si Rusia invade o no Ucrania lleva meses en el fuego y es ahora cuando borbotea. Ahí está el acercamiento progresivo de unos 100.000 soldados a la frontera, denunciado por Inteligencias como la de Estados Unidos y la de Reino Unido incluso la pasada primavera, y el anuncio, ya en diciembre, de sus exigencias de seguridad a la OTAN y a Washington para rebajar la tensión. Las plasmó Putin en dos documentos, que son los que ahora se ha desarrollado, expuesto en encuentros con las dos partes y rechazados, al fin, por Joe Biden, el presidente estadounidense, y el noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN.

Esencialmente, Rusia quiere garantías de que la OTAN detendrá su expansión hacia el este, descartará el ingreso de Ucrania y otros países exsoviéticos, y reducirá sus despliegues militares en Europa Central y Oriental. El exeuroparlamentario y exmilitar británico Geoffrey Van Orden sostiene que “Putin ha exigido ahora un reseteo y quiere que se retiren todas las fuerzas de la OTAN. En efecto, quiere que se reconozca que estas naciones están dentro de la esfera de influencia de Moscú”.

“Está poniendo a prueba la determinación de Occidente. Quiere que se reconozcan sus logros en la región del Donbás y Crimea, el control total de la costa del Mar de Azov, el dominio del Mar Negro y, en última instancia, el retorno de Ucrania y otros países del antiguo bloque soviético al dominio de Moscú”, añade.

Lo hace porque puede, en un momento de debilidad de los aliados atlánticos, en cuyo seno se ha hecho fuerte la idea de autonomía estratégica de la UE, que anhela más soberanía a la hora de elegir misiones y líneas de trabajo, y con EEUU tocado en el plano internacional tras la salida caótica de Afganistán, con un Biden que no es popular, no gana en las encuestas, no saca leyes adelante ni para la pandemia.

Lo que tiene sobre la mesa la OTAN

Rusia exige que la OTAN abandone sus líneas estratégicas de los últimos años y que EEUU quede reducido al papel de una potencia regional, sin influencia en su entorno inmediato, y eso, como repiten desde el cuartel general de la Alianza en Bruselas estos días, es acabar con la organización.

Lo dijo en Politico, en la primera semana de enero, el exsecretario General de la OTAN, el danés Anders Fogh Rasmussen, que la OTAN tendría que “buscar el consentimiento de Moscú para desplegar tropas en Europa Central y Oriental, abstenerse de cualquier actividad militar en Europa Oriental, el sur del Cáucaso y Asia Central, y detener cualquier simulacro de la OTAN cerca de Rusia” si accede a las exigencias de Putin. Ucrania, por eso, no es sólo ucrania, sino una pelea por una visión del mundo diferente.

Moscú también exigía una garantía por escrito de que no se ofrecería a Ucrania el ingreso en la OTAN, y un proyecto de tratado con Estados Unidos que le prohibiera enviar fuerzas a zonas como el Báltico y el Mar Negro, dijo.

El coronel español retirado Manuel Gutiérrez, con experiencia en tres misiones internacionales de la Alianza, recuerda que “hay compromisos firmados comunes entre las partes, como la Carta de la OSCE, que vinculan a los dos lados y que han de cumplirse, que conceden a los Estados participantes la libertad de elegir o cambiar sus acuerdos de seguridad, incluidos los tratados de alianza”, por lo que Moscú no puede imponer “quién entra o quién sale, con quién se alía o coopera” una institución como la OTAN. Es una cesión impensable, dice, por eso “ese paso no llegará”.

El órdago es grande, porque supone “revertir lo evolucionado desde la Guerra Fría, reafirmando una influencia militar y política de Rusia anterior a 1989 en Ucrania o Georgia y otros países de la región y obviando los años de colaboración abierta con la OTAN, que es una alianza de no agresión”, añade.

Antes de que se respondiera “no” a las exigencias rusas, la OTAN y EEUU se mostraron abiertos a “restricciones” en sus movimientos, siempre que sean “recíprocas” con Moscú, en el tamaño y el alcance de las maniobras y ejercicios militares que vayan a hacer cerca de Rusia. Los documentos publicados en exclusiva este miércoles por El País dan cuenta de esa oferta parcial, acuerdos de desarme a cambio de desescalar. Nada más. Hoy eso parece nimio, en comparación con lo que se reclama, por lo que no se entiende como una solución, pero sigue sobre la mesa en la negociación aún abierta.

En el caso de una invasión a Ucrania, no puede haber una participación directa de la OTAN, por más que contra ella venga en gran parte el pulso. El Departamento de Estado de EEUU habla de “la necesidad de una postura unida, preparada y resuelta de la OTAN para la defensa colectiva de los aliados”, de compromiso “con la seguridad transatlántica y el artículo 5 de la OTAN”, que estipula que un ataque contra uno de los Aliados se considerará un ataque contra todos los aliados.

Sin embargo, Ucrania no es miembro aún, así que el apoyo que se preste ha de ser limitado. “No hay ninguna opción real de participación militar por parte de la OTAN. Así que de lo que realmente estamos hablando es de sanciones económicas, quizás también de algunas sanciones políticas que, por lo que se debate, esta vez sí podrían hacer mella a Rusia”, sostiene el antiguo militar.

Hay división en la Alianza sobre el grado de ayuda que se puede dar a Ucrania en caso de agresión. Sea armamentística, logística, económica... División idéntica a la que hay desde hace años en el seno de la organización, esa que en 2019 estaba en “muerte cerebral”, según las polémicas palabras del presidente francés Emmanuel Macron. París se ha quejado amargamente de la falta de liderazgo de la OTAN, de la falta de estrategia, de que siempre lleven la voz cantante los mismos, o sea, Washington. Luego Donald Trump, como presidente de EEUU, ahondó la distancia con los socios reclamándoles más compromiso económico. “No somos un cajero automático”, reprochó a los aliados.

Mientras EEUU y Reino Unido ya mandan armas a Ucrania, Alemania se niega y sólo compromete material médico. Junto a París, Berlín insiste en promover el diálogo con Moscú, con quien tiene pendiente proyectos tan vitales como el gasoducto Nord Stream 2, mientras que la postura de los países del este, como Polonia y los bálticos, es claramente más beligerante, porque tienen al enemigo a las puertas de casa. Polonia, Lituania y Ucrania han pedido que se endurezcan las sanciones contra Rusia, haya o no invasión.

Todo eso, con la presidencia rotatoria de la UE en manos de Francia, que quiere justo este semestre impulsar una mayor independencia defensiva, y con la cumbre atlántica por celebrar en junio en España, en la que se espera el relevo de Stoltenberg al frente de la secretaría general.

Ha llegado el momento de demostrar para qué sirve la OTAN, qué es y qué quiere ser. La disuasión con Rusia, defiende Gutiérrez, no funcionará a menos que Occidente demuestre su determinación. “Debe minimizar sus diferencias internas y actuar con unidad y solidaridad sobre Ucrania”. Lo contrario es romper el tablero y volver a 1989.