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21/01/2021 08:45 CET | Actualizado 21/01/2021 10:58 CET

La panacea del confinamiento y sus excepciones

La reiteración del encierro domiciliario como única alternativa corre el peligro de convertirse en un dogma.

ASSOCIATED PRESS
En esta imagen, tomada el 27 de mayo de 2020, residentes miran por la ventana en plena cuarentena.

La RAE define como confinamiento el “obligar a alguien a residir en un lugar diferente al suyo, aunque dentro del área nacional, y bajo vigilancia de la autoridad”. (Aunque en puridad tampoco se trate de confinar en otro lugar, sino más bien de enclaustrar en la propia vivienda).

Es evidente que el confinamiento hoy ya no es el mismo que el de ayer, en la primera ola de la pandemia. Las excepciones y flexibilizaciones que se han venido sumando, fruto de la experiencia, lo hacen indistinguible de las medidas de limitaciones a la movilidad con el cierre de establecimientos.

Ya nadie ni aquí ni en Europa plantea que confinamiento signifique, como a partir del catorce de marzo, el enclaustramiento total con la única salvedad de las actividades esenciales. La pregunta es entonces por qué se esgrime aún hoy el confinamiento como la única alternativa contundente frente a los sucesivos repuntes de la pandemia por parte de una parte de los expertos y de los medios de comunicación.

Quizá defensa sin más a la experiencia positiva de haber doblegado en un principio la pandemia hasta una incidencia acumulada tan baja, que en en un exceso de optimismo llevó a las autoridades a anunciar que el virus ya no circulaba. Sin embargo, con ello también se olvida que desde entonces, incluyendo la segunda ola, las medidas de contención y mitigación han funcionado para lo fundamental, que es evitar el colapso del sistema sanitario hasta la llegada de la vacuna y con ella la inmunidad necesaria en particular entre los grupos de edad y los sectores más vulnerables, haciéndolo compatible con el mantenimiento, aunque es verdad que al ralentí de la vida económica y social.

Una experiencia a la que se ha sumado el mito de la erradicación del virus y del modelo asiático como su principal referencia. Todo en el caso de que dicha erradicación fuera posible tanto desde el punto de vista ecológico como de salud pública, frente a la actual y más realista estrategia de mitigación en la que nos encontramos inmersos, prácticamente en todo el mundo, aunque como el ritmo de subida y bajada de la marea provoque fatiga pandémico y no parezca tener fin.

Sin embargo, incluso salvando las distancias con países que son casi continentes como China, donde económicamente se han permitido cerrar un territorio porque apenas supone un porcentaje pequeño de su población, o en el caso de islas, que por razones geográficas están de por sí aisladas, ni siquiera ellos han logrado tal erradicación y tampoco actúan hoy de forma tan estricta como lo hicieron ante los primeros brotes.

Con el confinamiento hemos aprendido las consecuencias negativas tanto económicas y sociales como familiares y psicológicas del encierro domiciliario

Porque unos y otros hemos aprendido de la experiencia propia y ajena que la eficacia mediata de la contundencia del confinamiento provoca a medio plazo efectos secundarios desproporcionados y contraproducentes, por eso de las actuales modulaciones en las medidas y en la terminología.

Nadie aplica hoy el confinamiento como un periodo para no acudir al trabajo, ni tampoco supone la interrupción de la escolarización presencial, y mucho menos para los menores, con las únicas, parciales e injustas alternativas del teletrabajo y la enseñanza telemática. Ni se mantiene hoy en ningún país la prohibición del paseo y el ejercicio físico en los peores momentos de la pandemia. Y tampoco las actividades y los productos autorizados por las autoridades sanitarias y políticas son ya estrictamente los esenciales.

Con el confinamiento hemos aprendido también las consecuencias negativas tanto económicas y sociales como familiares y psicológicas del encierro domiciliario. En particular sobre la socialización de los niños y la equidad en su educación, la accesibilidad y la calidad de la atención sanitaria, así como sobre la pandemia añadida de la soledad de los ancianos y la autonomía de las mujeres en las que recae mayoritariamente el trabajo doméstico, de los cuidados y de forma exclusiva el drama de la violencia de género.

La experiencia de doblegar la curva en la primera ola nos ha demostrado además que, al contrario de lo que se dice, el confinamiento nunca es corto, que empieza por semanas y termina en meses, como bien sabemos. Que tampoco es tranquilo ni pacífico, sino que supone fuertes tensiones económicas, sociales y también políticas como la crisis económica, el descontento social y la polarización política que experimentamos y de las que aún hoy somos deudores de sus negativas secuelas. Cómo también lo somos del estrés, la ansiedad y la frustración provocadas por el largo confinamiento y la desescalada como desbandada hacia una nueva normalidad, algo que luego fue percibido como una expectativa irreal.  

Por todo ello, después de casi un año de pandemia y de conocer dónde se produce el mayor número de contagios, contamos un amplio abanico de medidas restrictivas de la movilidad y del cierre de los espacios cerrados, hasta tener que volver atrás al extremo de encerrar a la gente en sus casas, aunque tampoco se pueda llamar hoy confinamiento, y mucho menos domiciliario.

Conocemos el menú amplio de medidas que se han mostrado eficaces dentro de la estrategia posible de contener y mitigar la trasmisión y los efectos de la pandemia, sin provocar efectos aún mayores a medio y largo plazo. Son las que dentro del tercer decreto del estado de alarma tienen en sus manos las Comunidades Autónomas para responder a su realidad epidemiológica y sanitaria. En este sentido, el debate actual sobre el toque de queda solo se puede considerar como bizantino. En el sentido de que teniendo las CCAA la capacidad de limitación de aforos y cierre de establecimientos, basta con que lo aplique a una hora más temprana para que la hora del toque de queda sea algo inoperante en términos de reducción de la movilidad frente a la transmisión comunitaria.

Por eso, la reiteración del confinamiento domiciliario como única alternativa posible ante las sucesivas olas de la pandemia, corre el peligro de convertirse en un dogma que además favorezca la polarización y nos aleje del análisis y el debate de las diferencias y los matices en las medidas de restricción de movilidad, limitación de aforos e incluso de cierres y toques de queda, y con ello también de la proporcionalidad a las diversas realidades de la pandemia, y con ello al diálogo y al acuerdo.

Sobre todo cuando, si bien con las dificultades lógicas, la vacunación ha comenzado mucho antes de lo que cabía esperar hace tan solo unos meses y nos encontramos ya en plena fase de revacunación de los ancianos ingresados en las residencias de ancianos. Un paso fundamental para reducir la virulencia y la legalidad de la pandemia en los próximos meses y con ello la plétora sanitaria.

Por eso, también resulta preocupante que algunos medios continúen agitando con una mano el cierre domiciliario como única solución y con la otra la indignación de los afectados por los cierres, en un todo vale frente a la supuesta impotencia y debilidad de la política. Es el caldo de cultivo del populismo pandémico. Otra forma de populismo.

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