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12/07/2020 09:46 CEST | Actualizado 12/07/2020 09:46 CEST

Las amistades (especiales) peligrosas

La anomalía que supone que la jefatura del Estado se perpetúe en el tálamo convierte la actividad sexual de los monarcas en una cuestión de Estado.

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El rey Juan Carlos y Corinna Larsen.

Empecemos fuertecitos: la monarquía es como la sífilis, se transmite por vía sexual. Y eso tiene consecuencias inevitables. La anomalía que supone que la jefatura del Estado se perpetúe en el tálamo convierte la actividad sexual de los monarcas en una cuestión de Estado, y la ciudadanía tiene pleno derecho a estar informada de las cuestiones de Estado.

Los presidentes de las repúblicas pueden reclamar la confidencialidad de su vida sexual porque su vida sexual no se mezcla con su acción política. Pero en el caso de los reyes, no es que su vida sexual se mezcle con su acción política, es que su vida sexual es el núcleo de su acción política. François Mitterrand echaba un polvo y cambiaba, como mucho, de pijama; pero Luis XIV echaba un polvo y cambiaba la historia de Francia. Exigimos nuestro derecho a saber con quién fornican nuestros reyes.

Ante el escándalo de los tejemanejes económicorrománticos de Juan Carlos I, parte del editorialismo se ha lanzado a aclarar que sus quejas tan sólo se refieren al aspecto monetario del desaguisado, reconociéndole al monarca el derecho a la privacidad de sus artes amatorias. Pues no. Esto no es el Ministerio del Tiempo: no vale estar saltando del siglo XVIII al siglo XXI según convenga. No vale ser súpermoderno para practicar el poliamor y, a la vez, súpertradicional para traspasar la jefatura del Estado al primer hijo varón.

Soy consciente de que algunos de los que salen beneficiados de esta campaña son más incompatibles con la democracia que la propia monarquía.

Es cierto que el avance social ha ido adelgazando la función política de la monarquía: ya no son dueños del territorio, no dictan leyes, no gobiernan, han cedido su autoridad a las instituciones democráticas. Eliminadas estas funciones, ya sólo conservan de épocas pasadas los aspectos personales de su condición: habitar palacios, estar las veinticuatro horas del día sumergidos en lujo, comer manjares a diario, vamos, vivir como reyes. Ah, y una cierta sensación de impunidad que más que sensación es una realidad material. Insisto, esto es trampa.

No soy ingenuo. Comprendo el estupor de Juan Carlos I al ver que le ha tocado justamente a él sufrir el cambio de unas reglas del juego que habían permanecido milenariamente inalterables desde Pelayo hasta Alfonso XIII. Y también sé de sobra que este linchamiento de la monarquía española no responde a una manifestación espontánea del sentir popular y periodístico, sino a guerras muy sucias, ríos muy revueltos de donde esperan sacar tajada espías, burguesías localistas y posmoizquierdas empanadas.

Soy consciente de que algunos de los que salen beneficiados de esta campaña son más incompatibles con la democracia que la propia monarquía. Pero esto no quita para que dos más dos sigan siendo cuatro, y para que la actualidad nos obligue a andar recordando obviedades de teoría política básica, más allá de valoraciones estratégicas y segundas derivadas.

Me he limitado a tirar del hilo del concepto de monarquía hereditaria democrática y esto es con lo que me he encontrado.

Corrijo algo que dije en el primer párrafo. La ciudadanía no sólo tiene derecho a estar informada de las cuestiones de Estado, también tiene derecho a decidirlas votando democráticamente. Corinna zu Sayn-Wittgenstein no era una amiga especial, sino una amante normal. Exigimos que los monarcas forniquen con quien decida democráticamente la ciudadanía, y que los reyes consulten al pueblo antes de consumar los planes que les vayan saliendo.

Sé que es una idea absurda, pero yo no tengo la culpa: me he limitado a tirar del hilo del concepto de monarquía hereditaria democrática y esto es con lo que me he encontrado. Tal es el absurdo al que se llega cuando se pretende conjugar el siglo XVIII con el siglo XXI.

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