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27/11/2020 13:04 CET | Actualizado 27/11/2020 13:04 CET

Los trabajos y los días

Uno de los grandes problemas de la universidad en España es el empeño, inmotivado, que tiene todo el mundo por entrar en sus aulas.

Carlos Alejándrez 'Otto'

No me considero una persona bien informada. Salvo el matutino recorrido por las pantallas de El Huff y la lectura de mi diario de cabecera (¿Cuál? Ese que imaginan. Aunque reconozco que cada vez encuentro menos argumentos, salvo la costumbre, para insistir en él), no estoy pendiente de la actualidad, y buena parte de las noticias me llegan desde el patio de chismorreos en que se transforma mi cocina en cuanto entran los currantes.

Una vez cambié de canal de televisión, pero no valió la pena. En ningún otro transmitían carreras de caballos.

Cierto es que siempre llevo la radio encendida en el coche pero, entre enterarme y esquivar la multa, siempre escogeré la segunda opción.

Puedo, por tanto, pensar que a mi desidia se debe no haber encontrado apenas referencias a la Formación Profesional en el tsunami de noticias que acerca de la pandemia y su impacto en la educación nos ahoga a diario.

Recuerdo algún comentario, allá por mayo, acerca de las dificultades con las que se encontraban los chavales, imposibilitados para acceder a los talleres y simuladores imprescindibles en su educación.

Y poco más.

Mientras los dioses no cambien, aventuró Ferlosio, nada habrá cambiado”. 

Seguimos de rodillas ante la diosa Universidad. Ella es la que decide el triunfo o el fracaso; ella es la que otorga felicidad o condena a desdicha; ella es la que justifica una vida o la declara desperdiciada.

Uno de los grandes problemas de la universidad en España es el empeño, inmotivado, que tiene todo el mundo por entrar en sus aulas

Y, generación tras generación, aprendemos demasiado tarde que la diosa es un ídolo más falso que las gulas del norte.

No pretendo, faltaría más, menospreciar los estudios universitarios. Por el contrario, deseo para ellos todo el prestigio que merecen. Desde la ingeniería a las humanidades, no quisiera vivir en un mundo sin pensadores capaces.

Tan solo pido que miremos nuestra vida con un poquito de sensatez.

Me temo que uno de los grandes problemas de la universidad en España es el empeño, inmotivado, que tiene todo el mundo por entrar en sus aulas. En un pensamiento circular e inamovible, los padres repiten a la primera de cambio: mi hijo tiene que ir a la universidad porque mi hijo tiene que ir a la universidad porque mi hijo tiene que ir…

Pasillos llenos de chavales sin vocación, metidos con calzador en una carrera que tiene fama de fácil, o que es difícil, pero asegura el dinero, o que no es ni fácil ni difícil, pero es una carrera… mientras ellos solo piensan en las noches de Erasmus por las calles de Roma. 

Futuros periodistas que no leen; futuros abogados tramposos; futuros ingenieros que cuentan con los dedos; futuros maestros que no soportan a los niños…

Las posibilidades de aprender se debilitan; faltan recursos; las salidas laborales se anegan por la riada de graduados…

Quizás sería más fácil preguntar a cada cual cómo aspira a vivir el tiempo que tiene por delante.

Descubriríamos, quizás, que muchos sienten más satisfacción si logran encajar dos piezas de madera o hacen funcionar un electrodoméstico averiado.

Y que son incontables los que confían en conseguir un trabajo que les permita practicar sus aficiones favoritas, que son a las que, en verdad, quieren dedicar su tiempo.

El viejo anarcosindicalismo, lúcido e ingenuo, defendía que cada cual trabajara en aquello que quisiera, pues la pasión que podría en ello aseguraría una obra bien hecha.

Lo único que hace vergonzante un trabajo son las condiciones en que este se desarrolla

Mucho se ha hablado durante la enfermedad de los trabajos esenciales. Cajeros de supermercado, reponedores, repartidores, estanqueros, guardias de seguridad… se convirtieron en héroes, fueron aplaudidos y difundidos por Internet con conmovedores fondos musicales.

No necesitaban de la enfermedad para alcanzar la dignidad que sus empleos ya tienen. Lo único que hace vergonzante un trabajo son las condiciones en que este se desarrolla. Y ahí sí que suspendemos como sociedad, por más que hayamos aplaudido a las ocho de la tarde.

Muchas veces he despotricado contra los de mi gremio, tanto personal de sala como de cocina, por su poca entrega y su menor conocimiento. He sufrido a tantos cocineros que no habían anudado el delantal y ya estaban mirando el reloj en pos de la hora de salida que, en su honor, coloqué en la pared una gran fotografía del Big Ben que los consolara.

Y camareros que odiaban ostensiblemente al humano que come, sin hacer nada por disimularlo. No puedo olvidar al que, preguntado cómo llegaba determinada vianda a la mesa (pregunta frecuente) respondió:

“Con un plato debajo, señora”.

Aunque tampoco olvido al jefe de sala que contemplaba por un segundo las mesas de las que se acababan de ir los comensales, el paisaje después de una batalla en la que se había dejado el alma. No sé qué vería en el batiburrillo de servilletas, platillos, copas en las que agonizaba el hielo y ceniceros en los que humeaba el último habano, pero le hacía sentirse satisfecho, tanto como para mirarme y decirme con una gran sonrisa: ha sido un buen servicio, jefe.

Ni al cocinero que fotografiaba los platos para estudiarlos en su casa, siempre en busca de cualquier detalle que le permitiera mejorar su trabajo.

Seguimos pensando que el cabrero Miguel Hernández y el orfebre Juan Marsé fueron anomalías en un mundo que se equilibra gracias a los títulos universitarios expedidos

Ni a tantos otros que han disfrutado haciendo bien su tarea, sin necesidad de dejarlos reflejados en un artículo erudito, en una tesis doctoral o en las actas de un congreso.

Para todos ellos debería estar garantizada una formación suficiente que les permitiera trabajar con soltura y confianza.

También para nosotros, que sabríamos que los puestos técnicos que necesitamos, y que ya comenzamos a echar en falta, estarían bien cubiertos.

A menos que pensemos que un biólogo o un bibliotecario son los indicados para arreglar la caldera de gas.

Seguimos pensando que el cabrero Miguel Hernández y el orfebre Juan Marsé fueron anomalías en un mundo que se equilibra gracias a los títulos universitarios expedidos. Pero, imitando a Quevedo, patrón de los dinamiteros, declaro que al destino le importan muy poco los títulos, y para comprenderlo, solo hay que fijarse en quienes los tienen.

Tan solo necesitamos que los niños se comporten como los anarquistas que son y respondan con sinceridad y rebeldía a la pregunta intimidante que aún les hacemos:

-Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

-Feliz. 

NUEVOS TIEMPOS