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04/09/2019 07:02 CEST | Actualizado 04/09/2019 07:02 CEST

Me puse gafas de sol el primer día de clase de mi hija para esconder mis lágrimas

Es una sensación tremendamente repentina e intensa ver a tu hijo dar ese primer paso.

MALTE MUELLER VIA GETTY IMAGES

No pensaba que me emocionaría el primer día de cole de mi hija. Al fin y al cabo, siempre ha sido una niña muy segura. Era la clase de bebé que yo misma prestaba sin problema para que los instructores de primeros auxilios para bebés hicieran demostraciones. En vez de llorar y aferrarse a mí, sonreía, se reía y jugaba con las gafas de los instructores.

En las clases de adaptación a la guardería, gateaba sin mirar atrás hasta el centro de la sala para coger los juguetes. Cuando empezó la guardería, le gustó tanto que los fines de semana preguntaba si podía volver.

Es una niña muy sociable. Una vez invitó a un pintor que estaba trabajando en nuestra casa a su cuarto cumpleaños y a día de hoy sigue preguntando a los desconocidos que nos encontramos por la calle qué hacen en su jardín. Cuando tuvimos que arreglar la fachada de casa, dejó de ver CBeebies, su programa de las mañanas, para sentarse en la puerta de la entrada con un cuenco de cereales y “hablar con Chris, el constructor”.

PRAETORIANPHOTO VIA GETTY IMAGES

Por eso pensaba que no me emocionaría cuando empezara el colegio. No me preocupaba que no hiciera amigos, que no le gustara su profesor o que fuera tímida.

Estaba equivocada.

Es una sensación tremendamente repentina e intensa ver a un hijo dar el primer paso en una aventura que nos resulta tan familiar a todos. La mayoría de la gente recuerda todavía el nombre de su primer profesor de primaria (o de su favorito), o de su “mejor amigo” cuando tenía cuatro años.

Muchos recordamos pequeños detalles de nuestra infancia con claridad: en mi caso, la sensación de picor en las rodillas por el horrible uniforme marrón sintético del colegio y las líneas de tiza blanca en el campo de césped el día de educación física.

Recuerdo que los niños cogían arañas patilargas y nos las tiraban a las niñas, y también me acuerdo de la sensación de pánico de cuando una de esas arañas se me quedó atrapada dentro de la falda. Recuerdo cuando jugábamos los días de lluvia y cuando jugaba por los pasillos “a los tigres” con mi amiga Gemma, que 30 años después sigue siendo una de mis mejores amigas.

También recuerdo momentos de confusión, como mi primer flechazo cuando tenía nueve años o la vergüenza de que un profesor que admiraba me riñera por haber hecho algo que no debía. Recuerdo entablar amistades que pensaba que durarían para siempre y el sufrimiento de perderlas.

Todos esos sentimientos y recuerdos me vinieron de golpe cuando me di cuenta de que estaba llevando de la mano a mi hija con su uniforme nuevo hacia la verja roja que marcaba el inicio del resto de su vida. Una vida en la que crecerá, aprenderá y desarrollará su propia forma de pensar. Una vida en la que inevitablemente me va a necesitar cada vez menos.

Me ha pasado con mi hija y el año que viene afrontaré lo mismo cuando lleve a mi hijo en su primer día.

Sé exactamente lo que necesitaré: gafas de sol para ocultar mis ojos llorosos. Y un montón de pañuelos.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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