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11/11/2019 01:15 CET | Actualizado 11/11/2019 14:34 CET

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Los resultados de las elecciones del 10-N no solucionan nada y lo complican todo.

Como si fuera un chicle, Pedro Sánchez estiró los límites de la sensatez política con la profunda convicción de que iba a reforzar la formación de un gobierno progresista. Por contra, ha propiciado que la ultraderecha goce de su mayor poder en España desde la muerte del dictador Francisco Franco. Lo que se dice una jugada maestra…

Al menos queda el magro consuelo de que ahora dormirá incluso peor que cuando le daba por imaginarse un Gobierno en coalición con Unidas Podemos. Con el movimiento planteado por sus gurús más cercanos, el líder del PSOE ha alimentado a la derecha y ha dispersado (aún más) el poder de la izquierda. Una estrategia digna de Theresa May y Matteo Salvini, tan enfebrecidos de poder que acabaron sepultados por su arrogancia. 

Nadie entendió la brillantísima jugada estratégica que se fraguaba en Moncloa desde junio, cuando ya se tenía decidido que se debía cortocircuitar cualquier posibilidad de acuerdo con Unidas Podemos. Se pensaba entonces que una repetición electoral generaría un voto en masa hacia el PSOE en detrimento de la formación de Pablo Iglesias. Pues bien: de los 123 diputados de hace siete meses los socialistas pasan a 120. Con estrategas así quién necesita oposición...

Si Sánchez buscaba reforzar la estabilidad parlamentaria, ha logrado todo lo contrario: ha consolidado el Congreso más fragmentado de la historia, que complica aún más, si cabe, las posibles alianzas. Buscando estabilidad ha generado inestabilidad. Intentando frenar a la derecha ha revigorizado a la derecha más extrema. Sólo un ciego podría ver alguna ganancia en todo esto. 

Made with Flourish

Por no lograr, Sánchez ni siquiera consigue torpedear a su principal rival: Pablo Casado, tocadísimo en abril, gana oxígeno y consolida al PP como principal partido de la oposición. De los 66 diputados del 28-A sube hasta los 88. Queda lejos de los cien escaños con los que se soñaba en Génova hasta el viernes, una cifra que hubiera marcado una resurrección digna de Jesucristo. 

La evolución de Casado de líder bronco e insultón a uno más moderado le ha reencontrado con el electorado menos envalentonado, que ya se sabía perdido en beneficio de Vox. El gran dilema que deberá resolver ahora Casado es qué papel quiere desempeñar en el futuro del país: si acomodarse como líder de la oposición —si es que se llega a conformar Gobierno— o buscar las opciones para dar pie a un Ejecutivo socialista con el único objetivo de volver a arrancar un país que lleva demasiados meses calado. Deberá decidir si quiere ser Adolfo Suárez o José María Aznar.

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Vox es el reflejo de que España no es diferente al resto de países europeos. La crisis política global, espoleada por el auge de los populismos de ultaderecha, ha encontrado acomodo en un país que ya ha dado el salto generacional necesario para ignorar qué fue y qué representó la ultraderecha en España. Divide y vencerás, ataca y conseguirás enemigos, pero también cientos de miles de apoyos. Apela al corazón, a la entrañas, al sentimiento más crudo. Y vencerás.

El incontestable crecimiento de Vox en el Parlamento, donde pasa de los 24 escaños a los 52, debe interpretarse como el voto indignado de la derecha ante muchos problemas reales y otros tantos que han sido creados desde la propia formación de Santiago Abascal. El mayor temor es que su preeminencia parlamentaria obligue a cambiar la agenda política, a discutir cuestiones que, hasta ahora, eran grandes conquistas sociales. 

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Pablo Iglesias, al que es suficiente verle la cara para saber cómo se siente por dentro, mostraba la noche del 10-N un gesto serio. No era para menos: es también corresponsable, junto a Sánchez, de que los votantes de izquierdas se sientan hoy más indignados aún que el día en el que se frustró la investidura del líder del PSOE. Le guste más o menos, se sea más o menos injusto, lo cierto es que si hoy no hay un Ejecutivo progresista es responsabilidad, fundamentalmente, de Iglesias y de Sánchez. O de Sánchez y de Iglesias. En este caso el orden de los factores no altera el producto. 

 

Con 35 escaños, Unidas Podemos se deja siete asientos respecto a abril, franja en la que, hasta nuevo aviso, queda establecido el suelo de la formación morada. De cómo maneje ahora las mínimas posibilidades de acuerdo con Sánchez y otras fuerzas políticas dependerá la superviviencia de Iglesias como líder de la formación morada. A todo el mundo, se sitúe a izquierda o derecha, se le agota la paciencia, y los votantes de Unidas Podemos ya cuentan más la oportunidades perdidas que las aprovechadas.

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Albert Rivera, que emergió como nueva esperanza blanca de la política, como hombre que no era igual que al resto, que no se aferraba al poder, que no se preocupaba de los sillones, que sabía escuchar la voz de los votantes, ha dado una patada adelante y ha rechazado dimitir pese a cosechar unos resultados a los que el calificativo de patético les queda suave.

El desplome es brutal: de 57 escaños pasa a 10; de político que podía vertebrar un Gobierno a un don nadie que ya genera más risión que entusiasmo. Podría haberse erigido en fiel de la balanza de la política española y se ha quedado en diputado campechano que lo mismo te saca un adoquín que un perro. Hace una semana Lucas olía a leche. Hoy el que huele a leche es Rivera. Leche entera.

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Las innecesarias elecciones del 10-N cambian todo el Congreso de los Diputados, pero, como El Gatopardo  de Lampedusa, todo cambia para que todo siga igual: la gobernabilidad es igual de compleja, el fracaso es total y el país permanece instalado en el bloqueo. La mayoría de derechas pasa de los 149 a los 151 escaños; la de izquierdas cae desde los 166 de abril a los 159. El Senado se lo lleva el PSOE aunque pierde la mayoría absoluta.

El puzzle tiene más fichas y los líderes que deben encajar las piezas son los mismos. La llegada de Íñigo Errejón y Más País, con tres escaños pero sin grupo propio, no supone un cambio significativo y las opciones de gobierno pasan también, o sobre todo, por los independentistas: los 13 escaños de ERC pueden ser determinantes.

¿Y ahora qué? ¿Unas terceras elecciones? 

Tal vez los políticos deberían empezar por responder por la pregunta que hoy se hace una gran mayoría de españoles: 

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

 

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