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24/09/2019 07:20 CEST | Actualizado 24/09/2019 07:20 CEST

Se acaban los discursos

Otra investidura fallida sería el hazmerreír de Europa, que además echaría al sumidero el crédito ganado por España desde la Transición...

Reuters TV / Reuters
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Pablo Casado, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. 

Aquí cada uno de los cuatro protagonistas principales (PSOE, PP, Ciudadanos y Podemos) y la estrella invitada (Vox) han jugado su juego. La extrema derecha de Abascal, que nació a la política en la placenta popular, no podía hacer otra cosa. Tiene que competir con Pablo Casado y con Albert Rivera. Hacerse un nombre en el ambiente. Crear una imagen.

¿Para qué fichó como candidatos a generales y altos mandos? ¿Para qué presume de sus amistades franquistas, tan franquistas como la propia familia Franco? ¿Para ‘venderse’ por un plato de lentejas? Su parroquia, sus fans, están entre los intransigentes, entre esos erre que erre que dividen a España en dos en las redes sociales, que sienten una aversión profunda, un rechazo visceral, un odio creciente hacia la izquierda, en general, del uno al otro confín, y hacia la progresía, y hacia los nuevos derechos civiles que siguen enriqueciendo el etilo de vida europeo, y hacia el movimiento feminista, y hacia la lucha contra el cambio climático… autoexcluyéndose de la modernidad y hasta del sentido común.

Quien quiere las cosas ‘claras’, cada oveja con su pareja, naturalmente del sexo contrario, no puede facilitar el gobierno a los socialistas. Claro que, a veces, pueden coincidir en sus votos en las Cortes, “pero poquito”, como me dice uno de sus seguidores. 

Albert Rivera tuvo una idea de bombero (creo que fueron ellos quienes crearon la moda de los calendarios en pelota viva) cuando apareció sin ropa en un cartel electoral, como diciendo esto es lo que hay, no llevo nada escondido, aunque bueno, en estas fotos aptas para menores siempre se suele llevar algo oculto. Las partes ‘pudendas’.

Pero el problema es dentro de la cabeza. Allí llevaba un pensamiento, y los pensamientos nacen por generación espontánea: abandonar el espacio ideológico del centro y tomar el de la derecha tradicional. Más concretamente, fue abriéndose paso en su cerebro la mejor forma de llegar a La Moncloa: sustituir al PP. Fue justo el momento, entendiendo momento por entorno, en que algunos empezaron a decir que era la ‘marca blanca’ del Partido Popular, y otros que era un ‘veleta’. 

A Ciudadanos solo le queda una salida para orillar el ridículo y el precipicio: convertirse en partido bisagra y facilitar la formación de un gobierno.

Pero, como decía un poema de Luis de Góngora, “ande yo caliente, ríase la gente”. Resultado: no para de bajar en el voto y en la intención de voto. Ha perdido la ocasión de  ser un partido al modo liberal o centrista europeo, de romper el desempate y entrar en el Consejo de Ministros, como le pedían con insistencia sus homólogos del otro lado de los Pirineos. “Pacte usted con Sánchez”, le decían. Macron, por ejemplo. 

Ahora, el 10-N, tendrá la respuesta a su tacticismo. Si el electorado sigue a la fuga, y sus cuadros también, mientras el PSOE sube a pesar de todo, solo le queda una salida para orillar el ridículo y el precipicio: convertirse en partido bisagra y facilitar al ganador la formación de un gobierno. Porque además, también los catalanes no independentistas, su primer caladero, empiezan a darle la espalda… mientras crece el PSC de Iceta.

Lo de Podemos tiene su propia historia. “Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible” (Tayeirand). El pacto formal con los morados es tan imposible ahora como uno con EH Bildu, o con ERC, o con Puigdemont o Torra. Esta es una verdad, quizás no la única, pero es la que cuenta en este tapete. Pablo Iglesias y sus resistentes –los pragmáticos, o simplemente prácticos y realistas, se le han ido yendo– no han abdicado de su programa antisistema. Apoyan a los golpistas catalanes, hablan de ‘presos políticos’ y no de políticos presos, no aceptan otro 155 si la Generalitat vuelve a la DUI y a las andadas,  defienden que los lazos amarillos ocupen el espacio público e institucional, apoyan el derecho a ‘decidir’, eufemismo del de autodeterminación, en Cataluña y en el País Vasco, para engañar a la opinión pública europea; homenajea a Otegui, se alinea con EH Bildu, comprende a ‘los chicos’ de Alsasua… y sigue ampliando su ‘ridiculum vitae’ en vídeos virales en la red. 

Siguen sin condenar a la cruel dictadura venezolana, humillando a centenares de miles de españoles y de sus descendientes, que malviven y mueren en esa tierra que ya no es de promisión y libertad sino de concentración y humillación. 

Imposible que Sánchez los siente en la mesa del Consejo de Ministros, porque si lo hiciera, se acabaría Sánchez, aunque Casado, Rivera y Abascal brindaran con champagne francés.

Es cierto que el líder socialista ha engañado a muchos, dentro y fuera de su partido, por acción u omisión, y que puede ser el epítome del cinismo político y estratégico, que juega al ajedrez pero también al póker, en sentido figurado, y no al parchís o a la oca, que son más imprevisibles; que es hábil en el dibujo del trampantojo; que ha ido en zig zag, como aconsejan los instructores militares a los soldados que atacan campo a través para escapar del fuego enemigo; que primero dijo, para conseguir los votos para presentar con éxito la moción de censura a Mariano Rajoy, a quien se le heló el puro en la boca, que convocaría elecciones de inmediato, tras un tiempo ‘prudencial’ para la normalización, y luego se quedó como fijo discontinuo…. Todo eso es cierto; y más que haya o hubiera. 

Otra investidura fallida sería el hazmerreír de Europa, que además echaría al sumidero el crédito ganado por España desde la Transición...

Pero son páginas pasadas, historias muertas, aunque queden en la memoria, qué remedio. Como decía Santa Teresa, eso me enseñaban en el colegio de curas, “la cabeza es la loca de la casa”. Pero hay que amarrarla cuando se desmanda y se vuelve contra uno. O una. Si no, se acaba en el suicidio.

Si el 10 de noviembre el mensaje de los electores se traduce en un resultado similar, pero con más apoyo al PSOE y al PP, y un estancamiento o caída de Ciudadanos o Podemos, hay dos posibles soluciones (porque otra investidura fallida sería no sólo el hazmerreír de Europa, que además echaría al sumidero el crédito ganado por España desde la Transición... sería además una irresponsabilidad grave para con la UE en uno de sus instantes más críticos y dramáticos).

El PP y Ciudadanos tendrían que dar un paso al frente y ofrecer su apoyo, a cambio naturalmente de un programa y una coalición a la alemana, de los dos partidos de la derecha, o de sólo uno de ellos, a la lista más votada, porque ha sido la más votada reiteradamente por lo españoles, no por marcianos. Lo que parece claro es que la intentona, o jugarreta, de empujar al PSOE (y no únicamente a Sánchez) a los brazos de Bildu, de ETA, de los independentistas catalanes o de los zombis, es tierra quemada.

En última instancia el PSOE, aunque no Sánchez, se abstuvo en la investidura de Rajoy para facilitarle un gobierno a España. ¿O no es España lo que cuenta? Los hechos son los hechos. Unos siguen todavía en las trincheras de la guerra civil, y otros cavan nuevas trincheras con picos, palas y azadones de resentimiento. Como enseñan grandes estadistas, la mejor política es saber cuándo hay que pasar la página. También decía Talleyrand: “La oposición es el arte de estar en contra tan hábilmente que luego se pueda estar a favor”. Imperecedero y muy útil consejo para principiantes y exploradores.

 

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