Seis personas explican por qué odian la Navidad: “Básicamente era una fiesta con jubilados”

Motivos familiares y religiosos entre los principales motivos del odio a esta fecha tan señalada.
Bola de Navidad rota en el suelo.
Bola de Navidad rota en el suelo.
Christina Reichl Photography via Getty Images

Aglomeraciones, luces, comprar gambas al doble de su precio, villancicos, más luces, polvorones, turrones, lotería, reuniones familiares y regalos de todo tipo son los elementos que, a grandes rasgos, componen una típica Navidad española.

Para muchas personas entrar en esta supuesta vorágine de felicidad efímera supone un mal trago por el que no están dispuestas a pasar. Beatriz Cepeda tiene 35 años, es de Zamora, y celebra la Navidad por compromiso, “por no darle un disgusto a mi madre”.

De pequeña, como a casi todos los niños, la Navidad le entusiasmaba por los regalos pero a partir de los 10 años dejó de gustarle porque era la única niña de su familia: “Básicamente era una fiesta con jubilados”.

“Era un verdadero aburrimiento para mí y encima en mi casa nunca había comida rica porque al ser una fiesta para ancianos el menú siempre era una mierda porque uno era diabético, el otro tenía la tensión alta... lo peor”, comenta.

“Básicamente era una fiesta con jubilados"”

- Beatriz Cepeda, zamorana de 35 años

Explica que sentarse a la mesa con su familia es lo único “navideño” que hace en esas fechas: “Ceno en familia, nos contamos historietas, como comida para diabéticos hipertensos y se acabó”.

Pero el caso de Beatriz tiene, además, un problema añadido que ella misma quiere poner sobre la mesa porque lo considera “muy importante”: “Durante varios años, celebré la Navidad con un trastorno de la alimentación fuera de control, y es muy duro sentarte a una mesa llena de comida cuando tienes un Trastorno de Conducta Alimentaria (TCA), y si encima ese TCA no es anorexia, sino que es estar muy gorda, no solo tienes que luchar con tus propios pensamientos, sino que tienes que aguantar los comentarios de tu familia sobre tu cuerpo”.

También hay personas, como Cecilia de la Serna, madrileña de 30 años, que odian “la previa” a los días gordos de la Navidad. Es decir, “la parte más comercial” más típica de finales de noviembre y de principios de diciembre. Entiende todo este ritual de compras y agobios “tiene que existir”, algo que le molesta.

Ya en lo que a la Navidad en sí se refiere —las comidas y cenas del día 24 y 25 de diciembre— sí le gustan porque las pasa en familia: “El ritual de ponerse guapo y ver a todos y estar en familia, eso sí me gusta. También me gusta regalar y que me regalen, no tanto la carrera por esos regalos. Me gustaría que fuera todo un poco más pausado”.

Según un informe publicado por Deloitte, la estimación del gasto navideño por hogar para este 2021 es de 631 euros, un 14% más que en 2019, que fue de 554 euros. Un gasto promedio que no todas las personas pueden o están dispuestas a asumir.

“El ritual de ponerse guapo y ver a todos y estar en familia, eso sí me gusta”

- Cecilia de la Serna, madrileña de 30 años

A Juan Maeso, de 41 años, le gustaría no celebrar la Navidad pero hay dos grandes e importantes razones para sí tener que hacerlo: sus dos hijos de cuatro y dos años. Reconoce que antes de ser padre estas fechas consistían en “comer con la familia y casi a desgana”.

Recuerda que sus navidades “apenas había regalos” y que cosas tan típicas como la cabalgata de los reyes magos “ni verlas”. Todo esto ha cambiado de forma radical después de tener hijos: “Ellos lo ven con otros ojos y eso te hace feliz”. Eso sí, reconoce, sigue sin gustarle ni un pelo la idea de la Navidad.

Entre todas las personas que han participado en este reportaje se repite un patrón: el odio por la Navidad suele llegar en la adolescencia, cuando se pierde la inocencia y ese pequeño que creía en Papa Noel y en los Reyes Magos se entera de que todo es una especie de farsa orquestada por los padres.

Pero, sin duda, la familia es la principal causa por la que la mayoría de personas tiene tirria a estas fechas tan señaladas, que diría Juan Carlos I. La pérdida de abuelos, abuelas y tías varias —personas que han hecho de pegamento entre familiares que no se llevaban del todo bien—, también influye en que, para muchos, estas fechas sean sinónimo de tristeza y no de celebración.

Este es el caso de Natalia Sánchez, madrileña de 27 años. Ella siempre celebró la Navidad con su pequeño núcleo familiar formado por su madre y por su abuela. Cuando esta última falleció, el resto de la familia se fue distanciando.

“Cada Navidad te ves menos. Hay problemas familiares. Todo el mundo tiene su vida, sus planes habituales. Me parece una época muy hipocrática porque durante el año, gente que no sabes nada de ella, que no hablas, que no tienes ni idea de nada, en Navidad de buenas a primeras te escriben que si feliz Navidad, que si no sé qué. La familia tiene que estar los 365 del año, si solo vas a estar en mi vida el mes de Navidad, sinceramente ni te molestes”, explica Natalia.

Una tesis a la que se abona también Lucía, una joven malagueña de 28 para que la Navidad cambió por completo tras la muerte de su hermano: “Estaba todo el mundo, pero él no”.

“Cada Navidad te ves menos. Hay problemas familiares. Todo el mundo tiene su vida, sus planes habituales”

- Natalia

Al igual que Natalia, a Lucía le parece “una incongruencia” que en estas fechas “todo sea maravilloso y te llamen y tal” pero el resto del año “como si no existieras”. Odia, además, que le impongan hacer ciertas cosas “porque es la tradición”.

Tampoco es muy partidaria de la decoración navideña “a raíz de lo de mi hermano” porque, afirma, sus padres ponían adornos por la casa por darles el gusto a ellos. Las luces en las que los alcaldes de las ciudades ponen tanto empeño le parecen “un espectáculo dantesco” en el que además hay gente por todos lados.

Cuenta que el resto de su familia sí suele celebrar la Navidad de forma tradicional “porque son súper beatos, pero de que ponen el niño en el belén en la fecha justa y unos se disfrazan de reyes y van a casa de amigos a ver a los niños en la madrugada del día de reyes”.

Estos días, explica, se refugia en su mejor amigo, “la única persona a la que le regalo en estas fechas”: “Nos ponemos una peli, nos echamos unas partidas o lo que sea. Él es la única persona que le regalo en estas fechas y le digo: toma, por aguantarme este año, disfruta”.

En España, ese país laico en el que todas las tradiciones están impregnadas por la religión católica, hay personas como Camila Martínez, chilena de 35 años afincada en Valencia que dice no celebrar la Navidad por motivos religiosos.

Cuenta que a los 16 dejó de creer: pasó de ser agnóstica a ser atea, algo que hizo que perdiese “el sentido religioso de la Navidad” aunque sí quería los presentes. Con el tiempo también perdió la alegría por los regalos: “Había que hacer listas, entre el trabajo y otras obligaciones no había tiempo y el último año nos dimos unos a otros tarjetas de regalo en distintas tiendas por el mismo monto. Ahí perdió sentido del todo y decidimos dejar de hacernos regalos”.

Por culpa de la pandemia Camila lleva dos años sin pasar la Navidad con su familia. En 2020 fue a cenar con una amiga pero este año ha decidido que va a pasar Nochebuena sola porque “lo único positivo” para ella de estas fechas es poder pasarlas en familia y si no puede hacerlo “la Navidad no tiene ningún sentido para mí”.

Volviendo al tema religioso, Camila afirma que “todo lo que se celebra está basado en mentiras”: “No acaba siendo otra cosa que mercantilizar la relación familiar —sobre todo con los niños— hasta justificar regalos excesivos cuando no todo el mundo tiene los mismos recursos”.

Además, mantiene, detesta que el espíritu navideño “inunde absolutamente todos los espacios públicos”: “No me gustan las luces, ni la decoración, ni la música. Vamos, un Grinch cualquiera”.

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