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29/06/2019 09:47 CEST | Actualizado 29/06/2019 09:47 CEST

Soy 'millennial' y nunca he usado aplicaciones para ligar

Un encuentro fortuito en persona da pie a una interacción más real y tranquila.

Asia Simonelli

Conocí a mi anterior novio antes de que se popularizaran las redes sociales, de modo que cuando me vi soltera con 32 años, después de casi 10 años de relación (y un breve matrimonio incluido), las aplicaciones para ligar me resultaban completamente desconocidas. Como millennial que vivía en Instagram, no me daba pudor compartir mi vida por las redes, pero nunca pensé que fuera a necesitar la ayuda de una aplicación para ligar en la parcela amorosa de mi vida.

Después de separarnos hace tres años, me sentí una persona diferente. Cuando no sabes quién eres, es difícil saber cómo presentarte por internet, y no hablemos ya de decidir lo que buscas exactamente en tu pareja ideal. Podría haber compartido los que consideraba que eran mis rasgos destacados y mis deseos para conseguir un match, pero después de pasar tanto tiempo en una relación, ya no estaba segura de cuáles eran. Aún estaba tratando de desentrañar cómo quería mostrarme ante el mundo y para ello necesitaba desentrañarme a mí misma antes de saber quién podía ser una buena pareja para mí.

Confusa y con el corazón hecho pedazos, decidí que las aplicaciones para ligar no eran lo que necesitaba para recuperarme. Por lo poco que sabía de ellas, tenía la impresión de que podían ser un desastre para mi proceso de recuperación y otro golpe más para mi ego. (¿Cómo que no hemos hecho match?) Me sorprendí cuando varios amigos me sugirieron que me hiciera un perfil “por diversión”. Como no estaba preparada para encontrar al hombre “ideal” ni al “ideal para una temporada”, dije “gracias, pero no”, y ese fue el fin de la conversación. No estaba preparada para volver a salir con alguien, y si quería un rollo de una noche, confiaba en mis capacidades para encontrar uno en algún bar.

Preferí trabajar en mi persona antes de buscar pareja. Contraté a un terapeuta para ayudarme a procesar todo por lo que había pasado. Devoré libros y podcasts de desarrollo personal, descubrí la meditación y la práctica espiritual. Me esforcé por encontrar el perdón, no solo hacia mi ex, sino también hacia mí misma por el fracaso de la relación. Gracias a todo esto, poco a poco aprendí a dejar el pasado atrás y a seguir adelante.

Si quería un rollo de una noche, confiaba en mis capacidades para encontrar uno en algún bar.

Meses después de este paréntesis autoimpuesto para recuperarme sin salir con ningún hombre, me obligué a participar en el mundo de las aplicaciones para ligar, ya que parecía que todo el mundo estaba ahí metido. Por no querer ser de mente cerrada, investigué cuáles eran las mejores aplicaciones entre la infinidad de opciones disponibles. En el fondo, seguí sintiendo el mismo recelo que durante los últimos meses e incluso elaboré un listado de miedos y excusas para justificar por qué estas aplicaciones no eran lo mío: ¿Y si me encontraba a mi ex en Tinder? ¿Y si un tío no se parecía a las fotos de su perfil de Bumble? ¿Cómo saber si iba a congeniar con alguien sin sentir su energía primero? Para mí, utilizar estas aplicaciones era una carga, cuando la idea era pasármelo bien y sentirme animada. No quise seguir formando parte de esto.

A estas alturas, decidí coger el toro por los cuernos y cambié mi enfoque: iba a salir con hombres que conociera en persona.

Llamadme anticuada, pero me sentí a gusto con mi decisión. Ya no tenía la presión de jugar a la lotería. No me pondría nerviosa por si conectaríamos en persona. Dejaría de esconderme tras la pantalla de mi iPhone. Serían encuentros espontáneos con personas reales con las que me cruzaría en la vida. Aunque mi mejor amiga me apoyaba en esta decisión, me recordó que ella había conocido a su marido por internet. También tenía un buen repertorio de historias divertidas sobre los muchos hombres que había conocido antes de sentar la cabeza. Debo admitir que estaba intrigada y que una parte de mí se preguntaba cómo era lo que me estaba perdiendo. Incluso miré los perfiles que les salían a mis amigas para practicar. Era una elección tan rápida entre el y el no que me parecía demasiado superficial. Seguía sin convencerme.

En cuanto decidí seguir mis propias condiciones, empecé a conocer hombres de todo tipo. Salí con hombres de entre 22 y 52 años sin necesidad de filtrar a ninguno por internet. Siempre nos conocíamos primero en persona, normalmente a través de conocidos o por intereses comunes, como los voluntariados, los viajes, la música y también salir de fiesta. Como treintañera recientemente soltera, estaba en pleno proceso de redescubrirme a mí misma. Descubrí lo que me gustaba y lo que no, lo que toleraría y lo que no, así como lo que de verdad me encendía por dentro. Todo lo que experimenté me llevó a entender mejor quién era y en quién me estaba convirtiendo.

Mi primera cita oficial fue tras conocer a un hombre en una fiesta de piscina en el Hard Rock de San Diego. No puedo decir que frecuentara muchas fiestas de piscina, pero ese sábado en concreto, mi amiga y yo decidimos ser espontáneas. El señor Hard Rock y yo empezamos una relación informal y poco después me di cuenta de que me gustaba un músico al que había visto actuar un par de veces. Me permití la libertad de sentirme atraída por cualquier persona que me resultara atractiva. ¿Y el chico mono que voló a mi lado y al que también le encantaba viajar? Podéis estar seguros de que nos dimos el número de teléfono.

Para mí, conocer a alguien en la vida real es distinto de hacer match en una aplicación. Un encuentro fortuito da pie a una interacción más real y tranquila. Con bastante frecuencia, al salir de fiesta con el objetivo de conocer a alguien, me pongo sin querer demasiada presión por tener éxito. Lo intento con tantas ansias que acabo volviendo sola a casa. Así es ligar por internet para mí: forzado.

Debo admitir que estaba intrigada y que una parte de mí se preguntaba cómo era lo que me estaba perdiendo.

Cuando me mudé a Ciudad de México varios meses después, decidí alojarme en pisos de Airbnb para conocer gente y descubrir de verdad la ciudad antes de instalarme. Una noche acompañé a mis compañeros de piso a una cena de gala en el jardín de una azotea decorada con faros y con barra libre de vino. Era un ambiente mágico. En ese momento olvidé que estaba en México, sobre todo cuando mi mirada se cruzó con la de un francés encantador. Después de una conversación que duró horas, nos dimos el número de teléfono y mantuvimos viva la conversación.

Con el tiempo, siguieron produciéndose encuentros fortuitos como este y yo me dejaba llevar. ¿Me habría perdido todos estos momentos si hubiera estado obsesionada con las aplicaciones para ligar? Difícil saberlo. Lo que más me gustaba de mi forma de enfocar este tema era que no me consumía. Además, algunos de los hombres con los que salía no estaban en ninguna aplicación para ligar. ¿Cómo los habría conocido si me hubiera limitado a los candidatos de internet?

Mis amigos empezaron a interesarse más por mi vida romántica y me preguntaban por todos los detalles. ¿Dónde os conocisteis? ¿Te llevó en avión en la segunda cita? ¿Qué quieres decir con lo de que está en una boy band? Hablábamos de todo: las ventajas y desventajas de estar con hombres mayores o con veinteañeros, en cuántos países habían estado, si estaban abiertos al matrimonio o a tener hijos, o preguntas más triviales, como qué lugar exótico escogeríamos para la próxima cita.

Si empezara a descartar perfiles basándome en la estatura, en el color de los ojos y en la calidad de sus selfis, sería incapaz de sentirme cómoda con mis decisiones.
 

En vez de pasar incontables horas en una aplicación yo sola buscando hombres, obsesionada por encontrar mi siguiente match, quería seguir saliendo para vivir la vida de primera mano. He descubierto que cuando te lo pasas bien y eres auténtica, las personas adecuadas llegan a tu vida.

Incluso cuando las cosas no me iban así de bien, permanecí alejada de las aplicaciones para ligar. He disfrutado besándome y conversando con suficientes hombres como para saber que las primeras impresiones no lo son todo y no puedo imaginarme restringiéndome a los confines de un algoritmo. Si alguien me dijera que rellenara una hoja de preferencias basándome en la edad y la ubicación o que empezara a descartar perfiles basándome en la estatura, en el color de los ojos y en la calidad de sus selfis, simplemente sería incapaz de hacerlo y sentirme cómoda con mis decisiones.

Ya no siento la presión de meterme a estas aplicaciones para ver quién hay. Mi experiencia ligando en persona me ha llevado hasta donde estoy ahora, en una relación con alguien a quien tengo ganas de seguir conociendo a largo plazo. Quiero ver a dónde nos lleva esto y ya no tengo la necesidad de mantener abiertas mis opciones.

Si las cosas no salen bien, ¿les daré otro intento a las aplicaciones para ligar? Dependerá del estilo de vida que tenga en el futuro. Permitirme la libertad de conocer hombres de un modo que no me resulte forzado es importante para mí. Hay algo que me gusta de la confusión de conocer gente en la vida real en vez de tener los filtros de las aplicaciones. Tal y como me ha enseñado la vida hasta ahora, nunca sé con certeza a quién acabaré conociendo.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.