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08/07/2020 10:52 CEST | Actualizado 08/07/2020 10:52 CEST

'The european game': ¿Sirven para algo las presidencias rotatorias?

Le toca ahora el turno a Alemania, peso pesado de la UE por su PIB, por su población...

JFLA

Todavía en medio de los esfuerzos en marcha por recuperar aliento y fuelle de “neonormalidad” en la brega contra la pandemia de la covid y en el trabajo diario en las instituciones europeas, el pasado 1 de julio de 2020 se produjo el relevo de la Presidencia rotatoria croata de la UE. Alemania, nada menos, ejerce desde esa fecha la nueva Presidencia rotatoria semestral.  He elegido estas palabras para arrancar esta reflexión pedagógica acerca de las Presidencias rotatorias semestrales -“¿Acaso sirven para algo las presidencias rotatorias?”- porque, seguramente, ofrecen en sí una panorámica de los contrastes que hoy se concitan en cada episodio de la integración supranacional. 

Croacia, el último Estado miembro (E.M.) en llegar al club (“latest new comer”, 2013), se suma al conjunto de EE.MM. que han ejercido su Presidencia ¡por primera vez! desde su reciente adhesión -¡y van unos cuantos en estos últimos años! Los países de más reciente adhesión a la UE ejercitan, con este emplazamiento previsto en los Tratados, sus capacidades organizativas, pero sobre todo su vocación europeísta, en algunos casos todavía muy reciente. Y su voluntad de impulso y, en la medida posible, de liderazgo en la conducción de asuntos de amplia envergadura y larga data. Muchos de esos asuntos se encuentran penosamente atascados en la mesa del Consejo durante demasiado tiempo: y el Consejo, que es la reunión de los Gobiernos de los EE.MM., no se pierda de vista, debe actuar también como Institución europea.

¡Por eso es perceptible el contraste con la Presidencia alemana!: le toca ahora el turno a Alemania, peso pesado de la UE por su PIB, por su población (el país más poblado de la UE), por su número de escaños en el Parlamento Europeo (PE) (¡96!, frente a los 6 de Malta o Luxemburgo, pese a la “proporcionalidad degresiva”  que sobrerrepresenta a los más pequeños en perjuicio de los más grandes ), por su vis expansiva en la ocupación de puestos clave en las instituciones (casi todos los Secretarios generales y jerarcas en la UE hablan en alemán). Alemana es, después de todo, la Presidenta de la actual Comisión Europea 2019/2024, Ursula Von der Leyen (Com VDL), antigua ministra federal de Defensa en el Gobierno Merkel.

¡Alemania es en la UE todo menos novata! Ha ejercido la Presidencia en numerosas ocasiones; no en vano es E.M. fundador de todos los formatos del club: CECA (1951), CEE y EURATOM (1957), UE (1992), Tratado Constitucional (2004), Tratado de Lisboa (TL, 2009) y Carta de Derechos Fundamentales de la UE: todos los grandes textos llevan la huella de Alemania como socio fundacional, principal y gigantoide

De la veteranía y experiencia de Alemania cabría, en efecto, albergar expectativas a la altura de su enorme ancho de eslora.

Si durante años clave pudo considerársele el “EU Reluctant Hegemon” (potencia hegemónica en la UE, a su pesar), hace ya un tiempo que la literatura especializada en asunto europeos describe su actual estadio mental y político como “desacomplejado” (respecto, claro está, de las culpas y responsabilidades de la IIGM 1939/1945, de la que trajo causa la construcción europea): ¡no hay cuello de botella que afecte al EU decision making que no espere de Alemania una contribución que influya o que determine la de la mayoría de los demás!

Alemania arranca su Presidencia para este segundo semestre de 2020 con un Programa amplio y ambicioso. En su versión inglesa (“Together, for EU Recovery”), incluye objetivos dignos de reseña: a) Una respuesta europea a la pandemia de la Covid; b) -Avances en la innovación y en la agenda digital; c)- Equidad y sostenibilidad (nuestra “transición justa”) en la lucha contra la emergencia climática; d) -Una UE proactiva en una globalización con reglas... Y un importante capítulo sobre Estado de Derecho, Democracia, Derechos fundamentales y valores comunes (art.2 TUE) del que sólo cabe esperar, de una vez por todas, un impulso enérgico y sin paños calientes a los dos procedimientos del art.7 TUE (mecanismo de sanción contra las violaciones de los valores comunes europeos por parte de los autollamados “regímenes iliberales”: Hungría y Polonia, EE.MM. gobernados por fuerzas ultraconservadoras, nacionalistas y eurófobas).

De la veteranía y experiencia de Alemania cabría, en efecto, albergar expectativas a la altura de su enorme ancho de eslora. Y, sin embargo, es un hecho que es en el Consejo (reunión de los Gobiernos) y en el Consejo Europeo (reunión de los Jefes de Estado y de Gobierno) donde se encuentran atascados todos los nudos gordianos de los que penden las respuestas que la ciudadanía europea precisa para revivir el crédito del proyecto, tan erosionado en estos años en que la UE ha enlazado una crisis tras otra (desde la Gran Recisión a la Covid19, pasando por el Brexit). 

En una UE en la que el TJUE continúa desempeñando su función judicial de garantía del “respeto al Derecho propio de la UE” mediante los principios de primacía, eficacia directa e interpretación uniforme de su “efecto útil”; en una UE en la que en el PE continúa respirando una mayoría proeuropea, a pesar de los seísmos que se han ido produciendo en su composición parlamentaria y en la de los EE.MM. (con la irrupción de escaños eurófobos y su multiplicación elección tras elección); en esa UE en que la Comisión Europea VDL ha secundado las Propuestas del PE para el lanzamiento de un ambicioso Recovery Plan basado en transferencias directas, bonos para la reconstrucción con base al MFF y el Presupuesto Europeo, en esa UE el Consejo continúa siendo el missing link, eslabón disfuncional, del EU decision making.

En los últimos tiempos, emergen indicadores preocupantes de la subordinación de la Comisión a esta dinámica paralizante del Consejo.

Cuando todavía celebramos el 70 Aniversario de la Declaración Schuman (9 mayo 1959), en la que ya se hablaba sin ambages del horizonte federal del método de petis pas, lo cierto es que el Consejo rema contrapedal. Entorpeciendo y obstruyendo todo avance posible, desde hace ya unos cuantos años. Con el pernicioso efecto de imponer una lectura “contragubernamental” (una suma negativa, neutralizante cuando no paralizante, de intereses contradictorios o en conflicto entre los Gobiernos de los EE.MM.). Y de hacerlo, además, por encima y a pesar de las exigencias del “método comunitario” con el que un día se escribieron las mejores páginas de la historia de la integración supranacional.

En los últimos tiempos, emergen indicadores preocupantes de la subordinación de la Comisión a esta dinámica paralizante del Consejo. El riesgo consiste en que, en lugar de ejercer liderazgo propositivo y de iniciativa legislativa, señalando el camino a los EE.MM., la Comisión Europea parece en demasiadas ocasiones proclive a compulsar primero el mínimo común denominador en las resistencias de los EE.MM. ... Y solamente después, la Comisión Europea comparece con una “propuesta de mínimos”, a la baja ya en su origen, a fin de hacerla digerible para ese impasse o bloqueo en el que se han instalado los Gobiernos nacionales en su contraposición de posiciones inflexibles.

¡Atención! Si todavía sirven para algo las Presidencias rotatorias ( y el “Trío” en que se reúnen la Presidencia saliente, la Presidencia en ejercicio y la próxima Presidencia semestral), Alemania, su experiencia, su influencia, su extenso Programa semestral, son la ocasión de testarlas: Desbloqueando, cuanto antes, la respuesta europea a la pandemia, y la apuesta, ambiciosa, solidaria y europeísta, que aún esperan más 400 millones de ciudadanos/as de la UE para juzgar si, esta vez, hemos aprendido el lema de la integración europea: “unidos en la diversidad”. ¡Together, Zussamen, “unidos”: ése también el frontispicio de la Presidencia alemana!