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27/01/2018 10:08 CET | Actualizado 27/01/2018 10:08 CET

Las claves de la semana: ¿Hasta cuándo y hasta dónde?

EFE

Con permiso de sus creadores, ¡Vaya semanita! Ha sido un no parar: que si Puigdemont viene y va; que si la investidura será o no presencial; que si un memo integral hace besar la bandera de España al ex molt honorable; que si Forn se va porque está hasta los mismísimos de la prisión, pero también del "artista" belga; que si Zoido va a revisar los maleteros de toda España; que si el director de la DGT nos recomienda no beber si vamos a tuitear...

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Pasen y lean. Porque esto es España: un país con una crisis territorial de proporciones bíblicas que ha provocado un señor que se pasea libremente por Europa y una Justicia que dice que no le detiene porque es lo que busca el presunto delincuente para plantarse en el Palau y ser investido. ¡Que viva el vino, la separación de poderes y el juez Llarena! Que de un plumazo ha dejado sin argumentos a quienes han defendido durante meses que Junqueras y cía no eran presos políticos, sino políticos presos. El auto es para enmarcarlo.

El independentismo pide a Junqueras que haga un Artur Mas

Pues así andamos. Con Puigdemont marcando el paso al Gobierno, a la Justicia y al atomizado independentismo, donde cuentan que la renuncia al acta de diputado del ex consejero Joaquim Forn no es menor y que su decisión responde, sí, a una meditada estrategia de defensa pero también a su hartazgo por las bufonadas de Puigdemont, al que ha enviado una carta desde Estremera para pedirle que abandone, que pare el circo y que facilite la formación de un Govern sin causas pendientes con la justicia y que pueda gobernar desde y para Cataluña. Más claro: que se haga un Artur Mas y se eche a un lado. Y lo mismo ha escrito el líder de la ANC y número dos de JxC, Jordi Sánchez, desde Soto del Real.

En ERC y también en el PdeCat sostienen ya, sin ambages, que después de liarla parda, montar el circo y largarse a Bruselas, lo único digno que le queda por hacer ya a Puigdemont es dejar de maquinar la siguiente gamberrada y volver a España, si bien nadie confía en ello. De ahí que entre los republicanos y los antaño convergentes haya supuesto hasta un alivio la decisión de Mariano Rajoy de recurrir al Constitucional la convocatoria del pleno de investidura fijado para el 30. Por muy estrambótica lectura que en La Moncloa hayan hecho de la ley, si el Constitucional suspende la convocatoria y requiere a Torrent para que cumpla la resolución judicial, al nuevo president no le queda otra que abrir nueva ronda de consultas con los grupos y proponer un candidato alternativo. El final del Puigdemont parece estar ya escrito porque, una vez que el inquilino del Palau sea otro u otra, el ex molt honorable será tan sólo un capítulo a olvidar de la peor historia de Cataluña.

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Tic-Tac-Tac-... Se acabarán pues los días de pirotecnia. O no, que diría el presidente del Gobierno. Porque lo único seguro de la agenda catalana es que en Cataluña lo previsible nunca ocurre, que los de Puigdemont tienen siempre bengalas para más artificios y que el Gobierno no se cansa de equivocarse en la estrategia frente al independentismo.

El Gobierno da tumbos, cual boxeador sonado

Lo peor es que el Gobierno de Rajoy anda tan despistado que, cual boxeador sonado, va dando tumbos. El de esta semana fue la exótica interpretación jurídica que la vicepresidenta hizo para sostener tan disparatado recurso. Lo de siempre: el Estado al servicio del Gobierno y que los tribunales arreglen, desde la ley o sin ella y con ayuda de una silente oposición, lo que el PP no fue capaz de remedar con la política.

¿Hasta cuando y hasta dónde llegarán? Para cuando la cosa catalana acabe, habrá que resetear este Estado de Derecho, en el que parece que hay más hombres de Estado que de Derecho y en el que da igual retorcer leyes que utilizar las instituciones con tal de lograr el objetivo perseguido. El fin para algunos sí justifica los medios y han hecho de la nuestra una democracia imperfecta.

La bomba de Ricardo Costa

Con todo, la mayor bomba de neutrones esta semana la lanzó Ricardo Costa. ¿Recuerdan? El de los 100 gramos [de caviar], el de los coches y los relojes de lujo, el pijo más pijo de cuantos han pasado por el PP y uno de los primeros damnificados de la trama Gürtel, esas cosas en las que Rajoy nunca estaba y nadie le contaba, según sus propias palabras ante los micrófonos de Onda Cero.

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Carlos Alsina consiguió el miércoles que escucháramos a Rajoy en estado puro, un presidente al que no le consta nada, ni siquiera si Francisco Camps es o no aún militante del PP. Total, como dijo, "qué sentido tiene darle vueltas a lo que hizo o dejó de hacer el ex president valenciano". El presidente eligió mal día para la frase de marras. Porque al mismo tiempo que intentaba defenderse del tercer grado al que le sometía el periodista, Ricardo Costa cantaba La Traviata en la Audiencia Nacional.

"Sí, es cierto que el PP se financiaba con dinero negro en los actos de la campaña electoral de 2007". La confesión hubiera parado en otros tiempos las rotativas de todos los diarios, si bien no todos los diarios la llevaron a portada. Más bien sólo unos pocos. Y no será porque en el viejo y en el nuevo periodismo que un partido se financie de forma ilegal durante años y lo admita en sede judicial uno de los suyos es para titular a toda página en cualquier país que se precio de tener una democracia medianamente higiénica.

Pues no. El PP ha ido durante años, y no sólo en Valencia, dopado a cada elección convocada, ha sido financiado por grandes empresarios a cambio de adjudicaciones públicas, ha pagado actos electorales con dinero negro, ha metido cuantas veces ha querido la mano en la caja, algunos de sus dirigentes se han enriquecido ilegalmente a costa de las arcas públicas... ¿La respuesta? Rajoy dice que no sabía nada, mira para otro lado y alguna prensa aún trata de minimizarlo.

¿Quién les pedirá cuentas?

Ahora que está de estreno Los archivos del Pentágono, igual deberíamos hacernos la misma pregunta que se le escucha en la gran pantalla a Tom Hanks, en una magistral interpretación del exdirector del Washington Post, Ben Bradlee, en su encendida defensa del derecho constitucional a la libertad de prensa: "Si no les pedimos nosotros cuentas, ¿quién va a hacerlo?"

Pues eso. Que hablar de libertad de prensa, separación de poderes y mentiras institucionales fue tan necesario en la América de Nixon como vuelve a serlo en la era Trump y lo es también en la España de la Gürtel y el "a por ellos". De lo contrario, algún día la pregunta será por qué fuimos capaces de mirar para otro lado ante tanta indignidad y tanto patriota de pulsera. Al menos, a Ricardo Costa, que llegó a ser portavoz del grupo popular en la Generalitat valenciana y secretario general del PP en aquella comunidad, le ha quedado un halo de vergüenza para declarar, sea sincero o no, su arrepentimiento y pedir perdón.

Que cunda el ejemplo.

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