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22/06/2018 07:34 CEST | Actualizado 22/06/2018 07:34 CEST

Como autista, mi amor por el fútbol ha hecho que otros me acepten

Jack Howes

El fútbol ha sido muy importante en mi vida: crecí en Enfield, a unos seis kilómetros y medio de donde jugaba antes el Tottenham, en White Hart Lane, y no mucho más lejos del estadio del Arsenal, el Highbury.

Al pertenecer a la clase obrera y vivir tan cerca de dos de los mayores clubs de Enfield, lo llevaba en la sangre; además, mi abuelo materno era un obseso del fútbol. En los años cincuenta, cuando él era joven, cada fin de semana se iba andando desde Chingford a Islington para ver a su amado Arsenal. Si jugaba fuera de casa, veía al Leyton o al Tottenham, de lo ansioso que estaba por ver un partido.

Mi padre fue a los partidos del Tottenham desde muy joven, sin siquiera tocar el suelo con los pies por lo abarrotado y, sinceramente, peligroso que era ir al fútbol por aquel entonces. Una vez, cuando era demasiado pequeño como para ver por encima de la multitud, fue a un partido en el White Hart Lane, y lo vio a través de la ventana de un baño, solo un tercio del campo. No solo veía al primer equipo, sino que normalmente iba a amistosos y partidos reservados.

Cuando yo era niño, siempre jugaba al fútbol. Prácticamente todos los chicos de donde yo vivía jugábamos en la calle, usando los jardines delanteros como portería; los tiros que fallábamos rebotaban en los coches y las ventanas. Lo único que podía parar el partido, y no de manera voluntaria, era el riesgo de que un coche nos atropellara. Jugaba al fútbol cada vez que había un descanso y cada vez que llegaba la hora de comer en el colegio.

Cuando jugaba, ser autista no importaba: yo era como cualquier otro. Compartíamos la pasión por el fútbol.

Cuando no estaba jugando al fútbol, estaba viendo algún partido en la tele, el programa Match of the Day o cintas que mi padre compraba en la tienda benéfica. Si no estaba jugando, viendo algo, hablando o leyendo sobre ello, estaba fantaseando con el fútbol: una vez, rompí las cañerías del radiador de mi habitación de tanto darle con la pelota, fingiendo que era una portería. En otra ocasión, mi padre me compró cartulinas amarillas y rojas. Yo iba por ahí con ellas, mostrándolas rápidamente cada vez que alguien me molestaba. Mis padres, mis hermanas, e incluso mis vecinos, acabaron amonestados o expulsados.

Al ser autista, el fútbol significaba muchísimo para mí, ya que eso hacía que otros me aceptaran. Yo era tímido, raro, complicado y, a menudo, solitario, y eso fue así durante muchos años más. Pero el fútbol me hizo superar esas barreras. Una pelota, objetos que usaba como palos de portería y algo de ganas era todo lo que necesitaba y, de repente, estaba en un partido de fútbol.

Cuando jugaba, ser autista no importaba: yo era como cualquier otro. Socialmente, también tenía menos intereses que mis compañeros, pero lo que compartíamos era la pasión por el fútbol. No hay nada mejor para sacar un tema de conversación que esas cuatro palabras: «¿De qué equipo eres?».

Desde mi punto de vista, vivimos en una sociedad que, en el fondo, no acepta a las personas autistas. Aunque la concienciación está mejorando, la sociedad sigue bailando al son de una canción neurotípica. En la comunidad autista tenemos que hacer campañas y peticiones para conseguir las prestaciones y servicios más básicos para poder vivir con menos dificultades. Como persona autista, el fútbol me dio la aceptación que cualquier autista se merece y solo unos pocos tienen.

No hay nada mejor para sacar un tema de conversación que esas cuatro palabras: «¿De qué equipo eres?».

He sido afortunado: la capacidad del fútbol para superar barreras puede ser un cliché más viejo que Matusalén, pero, en mi caso, fue muy real. Así que, ¿qué mejor que celebrar la capacidad del fútbol para aceptar a las personas excluidas viendo el Mundial?

Nada une más a los países y a las comunidades de expatriados, o provoca tanta emoción, como la Copa Mundial. El fútbol es el deporte más importante del mundo, ya que lo ven miles de millones de personas; el ambiente de una nación cambia por lo que pasa en los mundiales, los países en guerra paran los enfrentamientos para ver los partidos, las elecciones se deciden según el efecto que tenga el Mundial en la moral de cada país. Si Inglaterra juega entre semana, nos dejan salir pronto del trabajo para ir al pub.

Por eso es por lo que tengo ganas: no solo para ver buen fútbol, sino para ir a pubs y bares con mis amigos, ver los partidos y provocar esos sentimientos de amabilidad y compañerismo que el fútbol es capaz de hacer surgir.

Disfrutad la Copa Mundial.

Este blog apareció originalmente en la web de la National Autistic Society

El artículo fue publicado en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora

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