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08/04/2013 08:32 CEST | Actualizado 07/06/2013 11:12 CEST

UE y crecimiento: tres pactos, mejor que uno

Las malas perspectivas de crecimiento de la mayoría de los países europeos y los debates sobre el rescate de Chipre, la aplicación del pacto de estabilidad y la aprobación del presupuesto de la Unión, nos mueven a recordar un hecho evidente: si el crecimiento no se impone por decreto, puede acabar debilitándose de forma duradera.

Por Jacques Delors, António Vitorino, Erik Belfrage, Yves Bertoncini, Joachim Bitterlich, Josep Borrel Fontelles, Jean-Louis Bourlanges, Laurent Cohen-Tanugi, Jonathan Faull, Nicole Gnesotto, Pierre Lepetit, Sophie-Caroline de Margerie, Riccardo Perissich, Julian Priestley, Maria João Rodrigues, Philippe de Schoutheete, Daniela Schwarzer, Christian Stoffaës, miembros del Consejo de Administración de Notre Europe - Institut Jacques Delors.

Las malas perspectivas de crecimiento de la mayoría de los países europeos y los debates sobre el rescate de Chipre, la aplicación del pacto de estabilidad y la aprobación del presupuesto de la Unión, nos mueven a recordar un hecho evidente: si el crecimiento no se impone por decreto, puede acabar debilitándose de forma duradera, porque se pisotean varios principios elementales que constituyen otros tantos pactos que se deberían respetar.

1. Consolidar el "pacto de confianza" financiero

Para empezar, la controversia en torno al rescate de Chipre nos recuerda que la UE afronta una crisis también de carácter bancario, y que la consolidación o reestructuración del balance de los bancos europeos es una condición indispensable para la recuperación de la confianza y, por consiguiente, del crecimiento.

Las autoridades europeas cometieron un error de valoración al aprobar el principio de imponer una tasa sobre el conjunto de los depósitos en los bancos chipriotas, y no sólo sobre los más importantes. Han sabido corregir ese error, que, por desgracia, ha tenido repercusiones en el pacto de confianza existente entre los bancos y sus clientes, hasta el punto de alimentar el miedo a que se extendiera ese procedimiento a otros países además de Chipre.

Es normal que los contribuyentes, tanto los europeos como los chipriotas, no sean los únicos que tengan que asumir los costes de los rescates bancarios, como ocurrió en Irlanda. Pero no es posible forzar la aportación de los accionistas de los bancos (como en España) o los inversores (como en Grecia) sin provocar su desconfianza. Por otra parte, el hecho de recurrir a los depositarios más ricos en casos extremos (como en Chipre) no puede constituir un precedente, como ha recordado el BCE. Y es crucial, en cualquier caso, que en cada ocasión se subraye el carácter excepcional de la medida: éste es otro aspecto sobre el que las autoridades europeas nacionales se han equivocado en el caso chipriota.

Como es natural, esta nueva peripecia debe empujar a los países de la UE a avanzar con más rapidez hacia una verdadera unión bancaria europea. Está en proceso de formación un mecanismo único de supervisión, bajo la autoridad del BCE, por lo que el Mecanismo Europeo de Estabilidad pronto podrá ayudar directamente a los bancos que lo necesiten, por ejemplo en España. Además, la crisis de Chipre, con la conmoción que ha provocado en toda Europa, ha dejado clara la utilidad de los otros dos pilares de una unión bancaria: es más necesario que nunca crear mecanismos europeos de garantía de depósitos y mecanismos de resolución de las crisis bancarias.

2. Aplicar el Pacto de estabilidad con más realismo

Las autoridades europeas demostraron más clarividencia en el Consejo Europeo del 14 y 15 de marzo, al suavizar la aplicación del "pacto de estabilidad y crecimiento", con el fin de recobrar un mejor equilibrio entre la reducción de los déficits excesivos y el apoyo de la actividad económica.

Las conclusiones de dicho consejo subrayan la necesidad de "un saneamiento presupuestario diferenciado", adaptado a las distintas situaciones de los países en dificultades, así como la obligación de dar prioridad a la noción de déficit estructural, con arreglo a las disposiciones del reciente "pacto presupuestario". Con ello, han abierto la puerta a la concesión de plazos más realistas para que países como Portugal y Francia vuelvan a bajar del umbral del 3% de déficit, teniendo en cuenta los esfuerzos ya realizados.

Estas prórrogas tienen, ante todo, virtudes conyunturales, porque permiten no asfixiar la demanda ni, por tanto, el crecimiento. Sin embargo, no ofrecen en absoluto reformas estructurales importantes en el ámbito nacional, que constituyen -conviene recordarlo- el primer apartado del "pacto de crecimiento" aprobado en junio de 2012. En los últimos años se ha hecho ya mucho en este sentido, sobre todo en los "países sujetos al programa", pero todavía queda mucho por hacer para superar la fase de las fórmulas mágicas.

En el contexto actual de recesión, es evidente que hay que poner en marcha sin más tardar el conjunto de las medidas presupuestarias previstas por este pacto, que ascienden a 120.000 millones de euros. A estas alturas, la falta de visibilidad que tienen la extensión de la capacidad de préstamo del BEI, el uso de los fondos estructurales no utilizados y el lanzamiento de Project bonds, es otro factor que mina la confianza de los ciudadanos en la puesta en práctica de las decisiones de la UE y, en definitiva, en su credibilidad.

A la hora de la verdad, actuar de forma estructural debe empujar a las autoridades europeas a comprometerse con la creación de un Fondo de amortización de deudas como el que prevé el acuerdo firmado entre el Consejo y el Parlamento Europeo para la adopción del Two Pack. Un país como Italia, por ejemplo, ha hecho ya grandes esfuerzos de reforma y ajuste presupuestario, y lleva varios años con excedentes primarios. Ayudar a los países europeos a librarse de forma conjunta de su "vieja deuda" contribuiría, sin ninguna duda, a reafirmar sus perspectivas de crecimiento y devolver la esperanza a sus ciudadanos.

3. Poner en marcha un Pacto para la juventud respaldado por el presupuesto europeo

La crisis actual está causando numerosas víctimas, en particular entre los jóvenes, que podrían llegar a ser una "generación perdida", tanto en sus países como en el conjunto de la UE, precisamente cuando más importante es su papel en una Europa que envejece. Por eso, aunque la puesta en práctica de un "pacto europeo para la juventud" no es una idea inédita, es más urgente que nunca.

También en este caso, es evidente que, en el plano nacional, hay que hacer los máximos esfuerzos para mejorar la educación, la formación y las condiciones de incorporación al mundo laboral de los jóvenes. Sin embargo, también es indispensable que esos jóvenes se beneficien de una aportación subsidiaria pero visible de la UE, sobre todo a través de su presupuesto.

Existen tres iniciativas que merece especialmente la pena impulsar en el presupuesto 2013 y dentro de las negociaciones sobre el próximo marco financiero plurianual: la "iniciativa para el empleo juvenil", para la que es preciso aumentar la dotación de 6.000 millones de euros prevista en la actualidad, y que debe dar prioridad a la formación; después, dentro de esta iniciativa, la puesta en marcha de una "garantía europea para la juventud", que permita a la UE ayudar a los Estados miembros a ofrecer empleo o formación a todos sus jóvenes; y por último, los programas de movilidad de tipo Erasmus, que son muy eficaces para ayudar a los jóvenes europeos a obtener competencias lingüísticas y transversales, por lo que es necesario incrementar su financiación. Los recursos concedidos a estas tres iniciativas serán el criterio para juzgar si la UE emplea adecuadamente su presupuesto, que es ante todo un instrumento de solidaridad que, llegado el caso, puede constribuir al crecimiento en la medida en que vaya destinado de forma más directa a los jóvenes.

Más allá de estas medidas concretas, la juventud europea también podrá beneficiarse del nuevo "paquete" que la UE debe aprobar para profundizar su mercado interior al tiempo que ajusta el presupuesto. En este sentido parece especialmente importante la institución de un mercado único para los servicios digitales, igual que el aumento del gasto destinado a I+D y a la innovación y la financiación de las redes transeuropeas de transportes y energía, que forman la base de cualquier crecimiento duradero.

Estabilidad fianciera, rigor presupuestario y apoyo a los jóvenes: si se combinan en cada caso los esfuerzos de solidaridad y apoyo al crecimiento, la Unión Europea podrá ayudar de forma más eficaz a los Estados miembros a recuperar unas perspectivas económicas y sociales más favorables y, de ese modo, reforzar el pacto de confianza que la vincula a sus ciudadanos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia