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18/03/2018 10:35 CET | Actualizado 18/03/2018 10:35 CET

Por qué no voy a adelgazar para mi boda

Ryan McGinnis via Getty Images

Para cuando tenía 24 años, ya llevaba 10 años haciendo diferentes dietas. He pasado por la dieta Atkins, la dieta Dukan, el programa Weight Watchers, los tres meses comiendo solamente cereales, la época en la que solo comía arroz con leche (mi madre la bautizó como "la fase de la comida blanca"), la vez que descubrí que medio repollo y tres lonchas de jamón cocido solo tienen 150 calorías y comí eso con una cucharadita de mostaza todos los días durante un semestre entero en la universidad, la época de salir a tomar algo para comer y tener que analizar el menú en busca de la opción con menos calorías y acabar pidiéndolo sin salsa ni acompañamiento por si acaso, y la lista sigue.

Y luego está el reverso de la moneda. Al no comer nada en todo el día, acababa derrumbándome una hora antes de que cerraran las tiendas, comprando toda la comida preparada y los postres que podía permitirme y comiéndomelo todo de una sentada. Me preparaba y me comía cuencos y más cuencos de masa cruda de galletas (en serio, es la comida más deliciosa del mundo) hasta que me encontraba mal. Me comía paquetes enteros de galletas y barritas de chocolate, luego escondía los envoltorios vacíos y empezaba a calcular cuántas de mis calorías semanales me había tomado en un solo atracón. Y podría seguir.

Todavía considero estas últimas fases como estar a dieta porque, aunque mis hábitos alimentarios no me estaban acercando lo más mínimo a mi cuerpo ideal, todavía me sentía culpable cuando comía, cuando me pesaba con frecuencia y cuando pensaba mucho en la comida.

Mi principal problema fue que mi peso estaba indisolublemente ligado a lo buena/atractiva/divertida que era, y conforme uno de los factores subía, el otro bajaba. Llegó un momento en el que sentí que mi personalidad, la persona que era, la definían mi cuerpo y mi peso. Resumiendo: cuanto más comía y cuanto más pesaba (hablamos de un par de kilos), más me aterraba y más sentía que no valía suficiente.

Llegó un momento en el que sentí que mi personalidad, la persona que era, la definían mi cuerpo y mi peso.

Lo sé, una completa locura, ¿no?

A estas alturas de la historia, voy a revelar que en todos esos años de dietas jamás tuve sobrepeso y que en prácticamente todo ese tiempo mi peso varió en un rango de 4 kilos y medio. 10 años de locura por 4 kilos y medio.

Esos hábitos alimentarios no son en absoluto una actitud sana con la comida y, echando la vista atrás, me impacta lo extremos que son. Dicho eso, apuesto a que muchas mujeres pueden sentirse identificadas hasta cierto punto con esos hábitos. Los he incluido aquí, por incómodos que sean, para ilustrar lo fácil que es que el concepto inocente de "perder un par de kilos" inicie una espiral más siniestra.

Cuando tenía 24 años, leí Cómo ser mujer, de Caitlin Moran, y me cambió la vida. Fue como si pulsara un interruptor en mi mente y me hiciera darme cuenta, exultante, de que mi peso no importa. O, matizando, que mi peso no debía importarle a nadie más que a mí y, una vez que me di cuenta de que a nadie le preocupaba realmente, yo también dejé de preocuparme.

El fragmento que me hizo cambiar (que estuviera envuelto de empoderamiento y feminismo ayudó, desde luego) decía así:

"Creo que he encontrado una definición sensata de lo que es un peso correcto, recomendable, 'normal'. Qué significa 'gorda' y 'no gorda'. Y es: con forma humana. Si tienes un cuerpo clara y reconociblemente humano  — el tipo de figura que pintaría un niño de diez años si le pidieran que dibujara a una persona en menos de un minuto —  entonces estás bien. Si puedes encontrar algún vestido con el que estés mona y puedas subir tres tramos de escaleras corriendo, no estás gorda".

Dios sabrá por qué me hizo cambiar este fragmento tras años de paliza mental, pero lo logró. He puesto este libro en manos de muchas mujeres (y hombres) a lo largo de los años, así que, si aún no lo has leído, te lo recomiendo al 100%.

Hay algo en ese libro que me hizo darme cuenta de que no voy a ser más "yo" por perder 6 kilos. Si algún amigo o compañero perdiera 4 kilos, puede que ni me diera cuenta, y si lo hiciera, pensaría "bien por él o ella", y seguiría haciendo mis cosas. NOpensaría: "Seguro que ahora está viviendo su vida a tope, se ha realizado como persona, ahora vale más, seguro que se divierte más que antes". Lo que pienso de la gente que aprecio y valoro no tiene nada que ver con su peso, así que ¿por qué debería preocuparme lo que piensan ellos de ?

Sinceramente, me siento fatal por los años que perdí sin darme cuenta de algo tan lógico.

Pero vamos al tema principal: la boda. Me voy a casar en junio y, por primera vez en años, he vuelto a pensar en mi peso y no me hace ninguna gracia.

Poco después de comprometernos, me dijo una persona: "¡Qué delgada vas a estar!". Al principio pensé, indignada: ¿Ah, sí?, pero poco después, la pregunta cambió a "¿Y si...?".

Esa vieja y familiar sensación ha estado corroyéndome. Saber que voy a comer algo y cuestionarme si realmente debería hacerlo, o sentirme culpable por haberme decepcionado a mí misma cuando me lo como. Y todo por tomar unos alimentos normales que todo el mundo necesita para sobrevivir. Quizás pienses que una chica habría aprendido la lección. Bueno, pues a continuación verás por qué he vuelto a tener esos pensamientos y por qué no voy a aceptarlos.

Primero, por el vestido. El símbolo de una boda.

Hay páginas web de tiendas de vestidos de novia que anuncian: "No encargamos vestidos por debajo de su talla actual por si no consigue perder el peso necesario" o "Pierda peso para la boda antes de visitarnos". Y te digo una cosa: conmigo tuvo efecto. Incluso me apunté a una dieta para perder peso durante dos lamentables semanas antes de ir a comprarme el vestido.

"¡Qué delgada vas a estar!", me dijo alguien después de mi compromiso. Al principio pensé, indignada: ¿Ah, sí?, pero poco después, la pregunta cambió a "¿Y si...?".

Sin embargo, al final triunfó la razón y me di cuenta de que es solo un vestido y un día. Un día feliz y brillante en el que habrá más miradas de las habituales puestas en mí, pero no pienso pasar por seis meses de paliza mental por un vestido y un día. Al fin y al cabo, no habrá nadie que recuerde cuando vuelva a su casa al final de la boda que "ese vestido habría quedado mucho mejor si no hubiera estado cargando con esos dos kilos de más".

"¿Y qué pasa con las fotos? ¡Son para siempre!", ya te oigo señalar.

Piensa una cosa: ¿Cuántas veces te pones a mirar las fotos de boda de tus familiares o tus amigos? Puede que tengan una puesta en su casa, pero probablemente tendrán muchas más en las que salen (casi) tan felices y radiantes, como en esa foto de vacaciones tras dos semanas hinchándose a paella en Tenerife, así que ese argumento tampoco me vale.

También está el problema de revisar las fotos viejas para escoger cuáles enseñar en la boda, todo un recorrido por nuestra vida juntos.

No hay nada como ver fotos de ti misma a los 24, bronceada y delgada, para ponerte a cuestionar las decisiones que has tomado en tu vida desde ese momento. "¿Cómo hacía para estar tan delgada?". "¿Cuándo empezaron a salirme bolsas bajo los ojos?". "¿Por qué no puedo estar así ahora?". "¿Debería perder algo de peso?".

Y esta es la trampa: cuando tenía 24, miraba mis fotos a los 21 y deseaba estar tan bien como entonces, y cuando tenía 21, miraba mis fotos a los 18 y pensaba exactamente lo mismo. Y, en todas esas ocasiones, nunca me paré a disfrutar cómo estaba en ese momento. Bueno, pues no voy a seguir cometiendo ese error. Dentro de 15 años, cuando mire las fotos de ahora, sabré que en ese momento me sentía genial y que tenía un aspecto igual de bueno.

Ahora voy con el último motivo. Ni siquiera iba a meter a los hombres en este tema porque los hombres más cercanos a mí solo me han hecho sentirme genial con mi aspecto, pero hace poco un hombre me hizo un comentario que merece aparecer en esta pequeña monserga.

Le estaba contando mi intención de no adelgazar para la boda y me respondió: "Bueno, al menos no cometerás la estafa del matrimonio". Solo con esas palabras ya basta para encender las alarmas. La estafa del matrimonio, al parecer, es la situación por la que una esposa luce el mejor aspecto de su vida en la boda y, desde entonces, va cuesta abajo, lo que supone engañar al marido en cuanto al aspecto que tendrá durante el resto del matrimonio.

Si llevas más de seis meses en una relación y no has visto a tu novia de resaca, demacrada, sin lavarse y en chándal, tu novia es una mujer más fuerte que yo.

Punto número uno: ¿Estás de coña? (advertencia: ya imagino que era una broma, pero no tiene gracia).

Punto número dos: si llevas más de seis meses en una relación y no has visto a tu novia de resaca, demacrada, sin lavarse y con unos pantalones de chándal manchados de pizza, tu novia es una mujer más fuerte que yo. Si todavía quieres casarte con ella después de eso, no hay cantidad de laca, esmalte o kilos perdidos que vayan a convencerme de que la estafa del matrimonio existe.

Y aunque existiera, no sería más que una enorme estupidez, como el resto de las cosas que he dicho que me empiezan a carcomer la afirmación de que el peso no importa, y por eso estoy escribiendo este blog.

Voy a confesaros un secreto: he escrito esto para mí misma. Cuando me he sentado para empezar, me acababa de comer una porción de lasaña y me sentía un poco culpable, pensando que debería esforzarme más en adelgazar para la boda. Dos catárticas horas después, estoy completamente segura de que estoy bien tal y como estoy.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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