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16/05/2018 08:14 CEST | Actualizado 16/05/2018 08:14 CEST

La violencia de la secesión

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Para quienes hemos dedicado parte importante de nuestra vida académica a investigar los procesos nacionalistas, la elección de un nacionalista xenófobo y patriotero como presidente de la Generalitat, no puede sino llenarnos de aprensión. La carrera de construcción de herramientas rupturistas comenzada por un gobierno catalán débil y amenazado por todos sus flancos en el contexto de un gobierno panespañol no menos débil y amenazado, recuerda a quienes nos ocupamos de estos temas, otros modelos y escenarios europeos. Unos modelos en los que –poco más o menos inadvertidamente- un jugueteo casi banal con el independentismo condujo a violencias y enfrentamientos armados.

Nadie debe llamarse a engaño y mucho menos los líderes nacionalistas: no ha habido independencia sin violencia

Porque nadie debe llamarse a engaño y mucho menos los líderes nacionalistas: no ha habido independencia sin violencia, ni separación sin derramamiento de sangre –las excepciones solo confirman la regla-. Y, lo que es peor: ni los problemas ni los odios terminan con la independencia.

Las independencias en la Europa de los años noventa del siglo XX nos muestran que este peligro es real. Las más conocidas son las yugoeslavas, por su virulencia y agresividad. Pero incluso en otros casos, de menor relevancia mediática, la violencia hizo su aparición. Empezando por las independencias bálticas que, por el estatus internacional de estos países –la anexión soviética de 1940 sólo había sido reconocida por un puñado de países- lo tuvieron más fácil para la separación. Gracias al desarrollo de la situación en el continente, los bálticos consiguieron maniobrar para enlazarse a una Europa en transformación, guiados por una extraña amalgama de ultraderechistas, ecologistas, movimientos cívicos y, sobre todo, (ex) comunistas nacionales que lograron encontrar su hueco antes del derrumbe total de la URSS.

El discurso del éxito independentista esconde sin embargo una larga serie de violencias que no han sido resueltas del todo. No es sólo que el camino a la independencia estuviera preñado de sangre y enfrentamientos originados por las acciones represivas del Estado soviético para intentar evitarla. Una vez conseguida la independencia las tornas se volvieron y las minorías rusófonas de estos países fueron oprimidas y discriminadas hasta límites insospechados. Y hay que dejar constancia de que se trata de minorías –de hasta un 25 % de la población total en Estonia- cuya única ligazón es el hablar ruso, porque su composición étnica es muy diversa.

Durante décadas miles de ciudadanos de lengua rusa han sido considerados "extranjeros" en su propio país y se les ha impedido acceder a la nacionalidad

Durante décadas miles de ciudadanos de lengua rusa han sido considerados "extranjeros" en su propio país y se les ha impedido acceder a la nacionalidad. Las estadísticas de pobreza y las diferencias de nivel económico con la población "original" son abrumadoras. En general, los ciudadanos étnicamente "no bálticos", se dedican a los servicios y el trabajo manual, mientras que los puestos de liderazgo, poder y decisión son ocupados por estonios, letonios y lituanos "étnicos". Unas leyes estonias de 2010 prohíben realizar acciones incluso simbólicas y no violentas de reivindicación utilizando símbolos y enseñas "de otros países", lo que va dirigido, por supuesto, a intimidar a los rusófonos.

Durante unas protestas por la retirada de un monumento al soldado soviético en 2007, las fuerzas de seguridad estonias mataron a un manifestante y reprimieron con violencia la defensa de un símbolo que, mientras que para el nacionalismo estonio recordaba a la antigua ocupación, para los rusófonos, imbuidos de la cultura de la memoria soviética, representaba la victoria sobre el fascismo nacional-socialista.

Uno se pregunta qué pasaría en una hipotética Cataluña independiente si la minoría (¿) de lengua castellana se opusiera a la retirada del monumento a Cristóbal Colón o a Miguel de Cervantes. ¿Reaccionaría la Generalitat prohibiendo el uso del castellano, de las banderas españolas y de los símbolos que durante tanto tiempo han sido comunes? ¿Incluso de la tricolor?

¿Qué podría suceder en Cataluña si algunos distritos o algunas regiones votaran en las elecciones por partidos que estuvieran en contra de la separación del resto de España?

Por otro lado, las minorías rusófonas han sido –como en Crimea-, utilizadas para sus fines por el neo-imperialismo ruso. Esto ha llevado a un derramamiento de sangre continuo en las fronteras rusas desde 1991, ¿no es posible imaginarse una situación similar en el caso de unas supuestas independencias de territorios otrora bajo el paraguas del mismo estado español? ¿No cabría la posibilidad de un cuestionamiento continuo de la independencia, que llevara incluso a la violencia? ¿Qué podría suceder en Cataluña si algunos distritos o algunas regiones votaran en las elecciones por partidos que estuvieran en contra de la separación del resto de España? Hay pocas dudas de que el poder central catalán no permitiría a esas zonas seguir manteniendo los lazos con el Estado, y esto lo haría –no podría ser de otro modo-, con el uso de la represión.

Hubo otro modelo de separación, que se cita a menudo como ejemplo positivo: la segregación de Chequia y Eslovaquia en 1993. Se ha hablado de la separación de terciopelo, de una división amistosa del país. Pero eso es una equivocación. Chequia y Eslovaquia se pudieron separar sin gran conflicto porque la violencia separatista había sido realizada mucho antes: durante la Segunda Guerra Mundial, con la desmembración del país impulsada por los ocupantes nazis y con la deportación y asesinato de la minoría judía en ambos territorios; en la postguerra, con una homogeneización étnica violentísima que llevó a la expulsión y liquidación de miles de alemanes y húngaros; durante el comunismo, con la progresiva independización de los comunistas eslovacos siguiendo el aplastamiento de la primavera de Praga.

Chequia y Eslovaquia se pudieron separar sin gran conflicto porque la violencia separatista había sido realizada mucho antes

La separación de Chequia y Eslovaquia se preparó durante más de cuarenta años y el nivel de sangre derramada fue, con toda seguridad, comparable al de las otras independencias consideradas más violentas. Y mientras que Eslovaquia lidió durante más de diez años después con los intentos de algunas élites por implantar en ella un autoritarismo que ha dejado secuelas, Chequia todavía no ha encontrado su camino como nación dentro de Europa. En cualquier caso, el peso europeo e internacional de ambas, incluso sumado, no llega a alcanzar el de aquella orgullosa Checoslovaquia de posguerra, sede de organizaciones internacionales y con prestigio por su resistencia antifascista. Hoy a Chequia se va a hacer turismo en Praga y a Eslovaquia a deslocalizar empresas en un territorio de mano de obra barata y muda.

Quede constancia de que a mí no me inquieta el hecho abstracto de que un territorio determinado decida autogestionarse siguiendo, eso sí, unas claras garantías democráticas –y respetando el Estado de derecho, algo más importante aún que la decisión mayoritaria-. Lo que me produce verdadero pavor es la constatación de que un Estado como el español, construido a partir de la interrelación y entrelazamiento en muchos niveles y muy complejos de territorios y sociedades diversas, haya de ser simplificado y descomplejizado para disgregarlo en partes.

La simplificación ha comenzado con el incremento del odio y el desprecio, con la separación entre "independentistas" y "constitucionalistas"

Porque toda simplificación de un Estado –y eso es en definitiva lo que tanto el separatismo como el centralismo pretenden- sólo puede llevarse a cabo por el uso de la violencia y la represión. ¿Están dispuestos por ejemplo los ciudadanos catalanes no catalanistas –cualquiera sea su número- a convertirse en una minoría "nacional" en su propio país? ¿Está dispuesta la sociedad catalana a asumir que la separación del resto del Estado sólo se puede hacer a base de amplificar el desprecio hacia un "otro" identificado con "España", pero en definitiva construyendo un odio hacia personas de carne y hueso que no tienen nada que ver con supuestas opresiones nacionales? ¿Están dispuestos los líderes catalanes a justificar con su firma el hecho real y verdadero de que puede correr la sangre y de que son personas reales las que van a sufrir por ello? En realidad esto es algo que ya ha pasado en parte. La simplificación ha comenzado con el incremento del odio y el desprecio, con la separación entre "independentistas" y "constitucionalistas". La elección del nuevo President es fruto de esa aceptación por parte del independentismo de un marco de conflicto y negación del otro.

España no es Lituania ni Eslovaquia, pero incluso en estos casos la historia nos muestra que hay un precio a pagar por tener una embajada de opereta o una bandera de colorines colgando en el edificio de Naciones Unidas. Y lo habitual en la historia ha sido que este precio lo paguen siempre los más débiles, quienes no tienen medios para huir, esconderse o escapar.

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