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16/12/2012 10:03 CET | Actualizado 14/02/2013 11:12 CET

Sin utopías (tan solo naciones)

Quizás lo que sucede es que cuanto más difícil se hace la vida más necesitamos creer en la comunidad salvadora, esperando ayuda, protección, el puntal de la propia identidad desmoronada. ¿Qué más tenemos cuando no hay presente y, sobre todo, cuando nos domina el miedo?

Una tarde de invierno austral, de camino al Museo Arqueológico de Viña del

Mar, el grito contenido de un hombre me detuvo. "¡Viva Chile!", me había

parecido oír, pero la escena resultaba tan insólita que en ese instante no

comprendí lo que pasaba, pues aquel hombre estaba solo y en una calle casi

desierta, a unos cincuenta metros de mí. Cuando se dio cuenta de que no tenía

a nadie con quien compartir su alegría, bajo los brazos, que había alzado un

momento sin dejar de asir la escoba, y siguió empujando el carro que portaba

para continuar con su trabajo. Entonces vi que llevaba puestos unos

auriculares y recordé que la selección chilena de fútbol jugaba un partido ese

día, así que debía estar siguiéndolo en la radio cuando le arrebató la emoción

de un gol. Y eso era todo.

Hace ya días que este recuerdo ha vuelto a mí, tantos como llevo reflexionando

sobre todo lo que sucede ahora en Cataluña, obligado por las convocatorias a

que me someten, instándome a decidir sobre asuntos que solamente me

interesan porque otros que conviven conmigo los consideran esenciales. He de

reconocer que el debate nacionalista no solo me resulta ajeno, también me

molesta que interrumpan mis quehaceres y pensamientos, mi afán por

encontrar mejores formas de relación entre los humanos, buscando mi

complicidad en enfrentamientos largamente larvados, para ver si finalmente

destilo algún rencor y tomo partido.

Me pregunto cómo es posible que alguien, aquel chileno por ejemplo, que en

apariencia tiene poco que agradecer a su patria, viva con tal intensidad esos

momentos, como si su condición no fuera el resultado de las actuaciones de

sus compatriotas, de las injusticias de su tiempo cometidas en ese espacio

nacional, al amparo de esa bandera. Por la edad que tenía, al menos había

vivido el tiempo de Gobierno de Allende y la Unidad Popular, la dictadura de

Pinochet, la renovada democracia hasta el presente... Tantas ilusiones como

decepciones y algunos acontecimientos terribles que tampoco habían minado

su fe.

Quizás lo que sucede es que cuanto más difícil se hace la vida más

necesitamos creer en la comunidad salvadora, esperando ayuda, protección, el

puntal de la propia identidad desmoronada. ¿Qué más tenemos cuando no hay

presente y, sobre todo, cuando nos domina el miedo? La nación se presenta

como una idea transversal, que agrupa a clases y diferencias. El trabajador que

resiste amansado los ataques a sus derechos sociales y laborales no debe

temer manifestarse a favor de su país. Esa actitud no pone en duda su

dedicación, no le sitúa en la incómoda posición de la protesta. Al fin y al cabo,

la nación también ha de convenir a su patrón, se trata de un buen negocio.

Aunque la crisis va para largo y los recortes en los servicios públicos

fundamentales van a ser aún mayores que los que ya hemos tenido, la

evidencia de que la mayoría absoluta que ansiaba CiU le era necesaria para

poder aprobar y aplicar unos presupuestos miserables para el próximo año,

parece no hacer mella. Una parte del electorado ha preferido votar a ERC

como alternativa nacionalista de izquierdas, pero lo ha hecho buscando más

nación. Así que seguimos sin discutir tanto sobre si las políticas dominantes,

privatizando los servicios públicos y recortando derechos laborales y sociales,

nos están llevando a un abismo, sino sobre cuándo podremos gestionar

nosotros mismos los restos que sobrevivan a la caída hasta su oscuro fondo.

En esta situación, Wert, el ministro calamidad, cataliza todas las esencias,

poniendo siempre el dedo en las llagas más dolorosas, dispuesto a impedir que

la tensión amaine.

No había oído nunca tantas apelaciones al pueblo como ahora, desde que se

han abierto todas las puertas del debate soberanista. Pueblo, unidad sin

distinciones. Yo creía que esa era ya una idea arrinconada, medieval, antigua.

Pero ha resucitado, volvemos a ser pueblo y no ciudadanos con intereses

diferentes, con presentes distintos, con expectativas diversas. Políticos

apelando al pueblo, signo inequívoco de que no hay propuestas. Sociedad sin

utopías, invocando a las naciones, globos que admiramos elevándose en el

cielo mientras izamos banderas y el barro ya seco se cuartea a nuestros pies.

Post Scriptum. El autor ha preferido utilizar la imagen del barro para no

molestar a los posibles lectores con un incómodo final. Sin embargo, para no

faltar a la verdad, quiere dejar aquí constancia de que la masa reseca que

sostendrá los pies de la mayoría, cuando acabe esta nueva restauración

europea, estará compuesta en su mayor parte por esa otra sustancia en que ya

deben estar pensando, metafóricamente hablando, se entiende.

El autor.