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18/06/2012 10:10 CEST | Actualizado 17/08/2012 11:12 CEST

Política... ¡ese teatro!

En el Congreso asisto a una eterna parodia en la que los dos grandes se ocultan detrás de lo que suelen ser las armas de una mala actuación: palabrería, mentira, artificio e irresponsabilidad.

Diferencias entre teatro y política, me preguntan a menudo. Y yo reprimo el bostezo y contesto que una y otra, cuando son buenas, persiguen la verdad. El primero para que nos reflejemos en ella, la segunda para, después del diagnóstico, mejorarla.

He visto mucho teatro. Bueno y malo. Alguna vez vi política buena, aunque he de confesar que cada vez menos. Ahora en el Congreso asisto a una eterna parodia en la que los dos grandes se ocultan detrás de lo que suelen ser las armas de una mala actuación: palabrería, mentira, artificio e irresponsabilidad.

Un partido popular que repite una y otra vez lo de la herencia recibida como si no tuviera responsabilidad alguna, como si no hubiera gobernado en tantas comunidades autónomas, como si no fuera partícipe y creador del sistema que los dos grandes han creado durante estas dos últimas décadas en nuestro país. Un modelo que presenta serias carencias democráticas por su opacidad, por su merma de representatividad, por la inexistencia de una justicia independiente y que ha basado nuestro sistema productivo en la riqueza fácil y cortoplacista: ladrillo y servicios cada vez peores.

Un partido socialista que se ha alternado con los anteriores en la creación de este desbarajuste y que cuando está en la oposición pide que se haga lo que no quiso hacer durante sus mandatos. Dos partidos que han cedido ante el chantaje periódico de unos nacionalistas sobrerrepresentados, dando lugar a un Estado fraccionado que genera desigualdades y cuya evolución, sin más plan que el mercadeo de apoyos, no parece tener fin.

El verdadero teatro requiere acción. Cuando no lo es, sólo informa. Confía en la palabra, ladra y no muerde. No hay conflicto, no hay cambio, que es el motor de este arte. Cuando el teatro es malo se bosteza entre palabrería.

A la mala política le pasa lo mismo. Y su pecado comienza antes, pues hace lo posible para esconder esa verdad sobre la que debiera actuar. Una verdad adulterada que comienza con nuestros representantes, que debieran ser elegidos mediante una ley electoral diferente y más justa. Por unas listas abiertas que les obligara a dar cuentas ante sus electores y no ante los órganos de sus partidos, que lejos de esa selección natural que elige a los más fuertes, optan casi siempre por la mediocridad y la obediencia. Unos políticos que a menudo no han conocido lo que es batirse el cobre en una empresa privada, en la que durarían dos telediarios a no ser que su puesto haya sido lo suficientemente alto como para haber generado una buena agenda de contactos o favores debidos.

Para tapar esas vergüenzas está el artificio. Los directores de escena mediocres nos intentan epatar con grandes escenografías, con actores gritones, bandas sonoras y estéticas modernas. La escenografía de nuestro país está repleta de artificios caros e inútiles que han servido a la corrupción, al lucimiento de los jefecillos de turno y que nos han arruinado.

En el Congreso los malos actores se gritan unos a otros y luego se van de cañas, conscientes de que la alternancia que impera en España les pondrá pronto en un puesto que no se gana, que sólo se alcanza cuando el otro tropieza.

Con gritos y conejos famélicos sacados de sus viejas chisteras, la inmensa mayoría de la clase política de este país intenta distraernos. Mueven una mano y con la otra ocultan sus trampas. Se clasifican documentos, se impiden comisiones de investigación sobre las cajas, se deja fuera a partidos que representamos a millones de ciudadanos, no se ataja el despilfarro, se mantienen privilegios.

En la política y teatro comerciales prima el resultado a corto plazo. El aplauso y las encuestas. Un arte barato y facilón que empacha con rapidez y no deja huella positiva. Sólo gasto. Consiguen, como los malos artistas, que la gente asista cada vez menos al espectáculo, que vote sólo la mitad de nosotros. Pero a ellos les va bien. Siguen viviendo del sistema.

Carecen de una crítica, de unos medios y una justicia que les ponga en su sitio. Los han comprado a cambio de un puesto, de un sueldo, invitándoles de vez en cuando a una buena cena. Ojalá sea esta una de esas pocas ventanas que les retrate.