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31/07/2012 10:19 CEST | Actualizado 11/10/2013 12:04 CEST

Diario de una JESP: La búsqueda de piso

Amanezco en el cochambroso sofá de Mr.Dirty y tecleo en mi portátil el nombre de la web donde empezar a buscar piso. Mi escaso patrimonio me llega para pagar, o tres meses de alquiler, pero sin comer, o sólo dos si quiero evitar la muerte por inanición.

Amanezco en el cochambroso sofá de Mr.Dirty y tecleo en mi portátil el nombre de la web donde empezar a buscar piso. A estas alturas, ya sé que una habitación en una casa compartida aquí en Dublín ronda los 300 ó 400 euros. Un precio parecido al que se paga en Madrid, pero proporcionalmente más barato, porque los salarios en Irlanda son más altos que en España. En cualquier caso, como yo no tengo salario ni aquí ni allí, para mí siguen siendo 300 eurazos. Mi escaso patrimonio me llega para pagar, o tres meses de alquiler, pero sin comer, o sólo dos si quiero evitar la muerte por inanición.

Centro mi atención en la pantalla. "Somos Molly, Anna y Jen, y necesitamos compañero de piso. Nos gusta cocinar juntas, cenar juntas y montar en bici juntas". Suena a grupo de animadoras de hermandad femenina, de ésas que salen en las pelis malas americanas. Pero sigo leyendo. "NOTA: Nuestro futuro flatmate debe ser gay friendly". Al parecer, cumplo el único requisito. Porque yo, gay, lo que se dice gay, no soy. Pero gay friendly, por supuesto. Igual que hetero friendly, vamos. Así que les escribo y me citan para ver la casa y conocerme.

Es un chalet, no está nada mal; es amplio, con jardín, y la habitación que me alquilan cuesta 325 euros. El problema es que está muy alejado del centro y mal comunicado. Dublín es pequeño -en el condado entero viven aproximadamente 1.300.000 personas-, sólo tiene dos líneas de tranvía, y los autobuses suelen ir tan llenos que a veces ni siquiera paran en las marquesinas. Decido seguir buscando, aunque mis días con Mr. Dirty se hacen cada vez más largos. Sueño con no tener que ducharme con las chanclas puestas, y dejar de dormir con calcetines para evitar el contacto directo con las diversas especies que colonizan su sofá.

Un pub irlandés en el barrio de Temple Bar.

Sin muchas esperanzas, pongo rumbo a la segunda alternativa: un piso de dos habitaciones mucho mejor ubicado. Aunque es 50€ más caro, probablemente la diferencia me la ahorraré en transporte. Está en Temple Bar, el Malasaña dublinés. Un sueño para mí, teniendo en cuenta que mi alma urbana ha estado encarcelada en las afueras de Madrid durante casi toda mi vida. (Soy producto de urbanización: infancia feliz, adolescencia fastidiada y juventud frustrada.) Me recibe Jess, una americana de 29 años con cara de cansada. "Lo siento, estoy de resaca". Y al parecer lo están también los dos amigos de la susodicha que yacen en los sillones del salón tratando de sobrellevar la deshidratación tras la noche anterior. Pese a que son las dos de la tarde de un martes, opto por tirarme el rollo y aprovecharme de uno de los clichés que existen en torno al español: "Uy, no te preocupes. ¿Yo? Ningún problema. Si los españoles, otra cosa no, pero juergas... ¡Anda que no sabemos nosotros de juergas!" Todo para ganarme su aprobación. Pienso incluso en coger la botella de whiskey que permanece en la mesita tras la fiesta y darle un lingotazo. Pero me controlo.

Creo que mi táctica da resultado, porque a Jess y sus amigos parezco caerles bien y nos quedamos charlando un rato. Me despido con buen feeling, imaginándome ya en ese apartamento: algo viejo y destartalado, pero habitado por una native English speaker -condición indispensable para mí- con mucha vida social. Y no me equivoco. Al cabo de unas horas recibo un SMS: "Creo que podemos llevarnos bien. Si te ha gustado el piso, puedes mudarte el jueves." ¡Mis horas en casa de Mr. Dirty están contadas! La próxima, os la cuento desde Temple Bar.

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