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La memoria de mis tres abuelos

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Foto: Soldados republicanos en Guadarrama. Ward/Fox Photos/Getty Images

En todas mis mudanzas por Europa me ha acompañado siempre una fotografía en blanco y negro, de tamaño A5, en un fino marco de madera. En ella se ve a mi padre y mi tía, con tres o cuatro años, al lado de mi abuela María, que está sentada en una silla. Junto a ellos, pero, separado, se yergue el abuelo Pepe, muy joven, en traje militar y de unas proporciones algo raras, casi grotescas. Se trata de uno de esos montajes fotográficos que se hicieron nada más acabar la guerra, en el que se añadía el padre caído, para tener al menos una ilusión del recuerdo de una familia que nunca más volvería a estar unida.

El diecinueve de julio de 1936, me han contado, mi abuelo Pepe se subió a la torre de una iglesia de Talavera y puso una bandera roja. El abuelo Pepe era de la UGT y, muchos años después, cuando mi padre, que era albañil, se afilió a un sindicato, no lo hizo en CCOO, que era el mayoritario por entonces en su sector, sino en la UGT también. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me contestó que, en memoria de su padre, al que nunca llegó a conocer. El abuelo Pepe cayó en el frente de Levante y yo me crié con las historias que mi abuela me contaba de cómo los evacuaron a Madrid, de los bombardeos en la ciudad sitiada, de cómo ella -que era una mujer de bandera- había cruzado las líneas enemigas en una ambulancia para ir a ver a su marido a Aranjuez. Pasó luego el resto de la guerra con sus dos hijos evacuada en La Mancha, donde recibió una carta anunciándole la muerte del marido, una carta que ella nunca llegó a creer del todo porque, entre otras cosas, no sabía leer.

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Víctima de los bombardeos nacionales sobre Barcelona. Keystone/Getty Images

Sólo muchos años después, cuando la abuela ya había fallecido, supe que a la vuelta a Talavera le habían dado el ricino, cortado el pelo y paseado por las calles, por roja, y pude así entender muchos traumas y muchas medias palabras y muchos de los rencores que la abuela tenía.

En cualquier caso, la figura del abuelo Pepe -las fotos escasas, una o dos cartas conservadas, los retazos de recuerdos narrados por la abuela- sirvió para que mi identificación familiar con él fuera fuerte y mantuviera una cercanía que, por supuesto, nunca pudo ser real. Pero que me situaba -y me sitúa- en una línea de continuidad entre aquel jornalero jovial y con mala suerte, al que todos me han descrito como un hombre bueno y al que me imagino de alguna manera como una versión de mi padre.

Pero como todo el mundo, yo tuve también otro abuelo. El abuelo Cipriano, el padre de mi madre, de quien sí tengo algún nebuloso recuerdo propio, añadido a la transmisión familiar de relatos sobre un hombre de carácter dócil y bueno. Un campesino extremeño, del que conservo también una carta con palabras cariñosas y un billete de cien pesetas "para sus niños". Hace años, el tío Pedro, su hijo, miembro del PCE en la clandestinidad, que tuvo que exiliarse por participar en la fundación de Comisiones en una gran empresa madrileña, incansable activista vecinal de Carabanchel, me contó la historia de su padre. El abuelo Cipriano fue falangista antes de la guerra, en un pequeño pueblo de la Jara, al otro lado del Tajo. Era un hombre siempre preocupado por la justicia social pero profundamente católico, y por eso se hizo falangista, y en calidad de tal participó en el reparto de los latifundios de la zona a los campesinos sin tierras. Con su familia tuvo que huir de la persecución de los milicianos que llegaron al pueblo, pasó la guerra trabajando como campesino y buhonero en la zona rebelde. Pero el tío Pedro dice que siempre lamentó que cuando llegaran los suyos al pueblo, quitaran las tierras que habían repartido y se las reintegraran a sus dueños. Y que siempre dijo ante quien quisiera oírle, que nunca se había vivido tan bien en el pueblo como durante la República.

El Partido Popular ha bloqueado una y otra vez cualquier posibilidad de definir una política de memoria democrática, racional y común. Pero lo cierto es que representa a una parte de la sociedad española importante a la que no podemos ignorar sin más.

Estos retazos de mi historia familiar son, creo, representativos de buena parte de la gente de mi generación. Con estos fragmentos, generalmente rotos, apenas explícitos, siempre confusos, hemos construido la mayor parte de los españoles nuestras identificaciones con el tiempo pasado, con nuestros parientes, con la comunidad que nos rodeaba. Son historias ambivalentes, que no encajan en los esquemas del blanco y el negro que abundan hoy día.

La definición fuerte, aparentemente clara y meridiana que algunos -desde la derecha o la izquierda - hacen de la memoria histórica no encajan bien en la complejidad de las memorias, en su ambigüedad e indefinición. Ni, y sobre todo, con el papel social que la memoria ha de jugar en una sociedad democrática que es, por definición, plural. No todo el que viviera y prosperara en la época de Franco era un colaborador de la dictadura, no todo el que luchó por la República era un santo y un mártir. Que quede claro que estoy hablando aquí de la guerra civil. La represión de los años de la dictadura, fuera de la guerra y por medios policiales, es otra cosa. No es lo mismo, aunque tengan un mismo origen. Quienes ofrecieron sus vidas o sus carreras, quienes perdieron años en las cárceles, o fueron torturados, luchando por traer la democracia, debieran estar no sólo en las calles y plazas, sino también en las memorias.

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Barceloneses celebrando la llegada de las tropas de Franco a la ciudad. Keystone/Getty Images

El consenso de la memoria en una sociedad sólo se puede crear, en lógica de Perogrullo, construyendo consenso. Se necesitan políticas y acciones que apunten a sumar, a integrar, no a restar o imponer. El Partido Popular ha bloqueado una y otra vez cualquier posibilidad de definir una política de memoria democrática, racional y común. Pero lo cierto es que representa a una parte de la sociedad española importante a la que no podemos ignorar sin más.

Dado que las memorias son, y han de ser, plurales, las respuestas han de ser complejas, proporcionadas y muy cuidadosas. El pasado ha de recordarse y no borrarse. Hay aspectos de la memoria de las comunidades humanas que, en democracia, han de respetarse. Parece claro que no puede haber calles honrando a Francisco Franco, a Queipo de Llano ni a ninguno de los gerifaltes sublevados con las manos manchadas de sangre. Por supuesto que los monumentos que honran a los fascistas pueden y deben ser re-significados, contados de otro modo, explicados e insertos en el complejo contexto de una historia nacional dolorosa. Pero destruirlos sin más, borrarlos, significa sacar de las calles una parte de nuestra historia que, lo queramos o no, nos ha conformado tanto como los crímenes del estalinismo español en Paracuellos, la violencia privatizada de los señores de la guerra de las Checas de Madrid o los fusilamientos masivos de soldados republicanos considerados desertores por sus mandos.

Hay que sacar de una vez los muertos de las fosas, darles un descanso digno, honrar su memoria. Pero quienes hacemos esto, no podemos a la vez borrar a quienes murieron en parecidas fosas fusilados por los nuestros. Porque recordar es recordarlo todo: ¿cómo recordamos el hecho, por ejemplo, de que en Barcelona la represión por parte de catalanistas, anarquistas y comunistas produjo más víctimas que el propio franquismo? ¿Recordar a estas otras víctimas significa alabar la dictadura?

Hemos de condenar y examinar por fin y sin excusas las masacres de los católicos, la quema de conventos, las persecuciones religiosas.

Se dice por lo general que a los muertos "de la derecha" ya los homenajeó el franquismo, pero eso no es del todo cierto, no sólo porque la dictadura utilizó sus muertes políticamente y de la forma que quiso hacerlo. También porque olvidar los muertos causados por los republicanos significa dejar su recuerdo en manos del franquismo, permitir que continúe viva la política de memoria de la dictadura. La democracia tiene que encontrar la fórmula adecuada para rendir homenaje y recordar a los que murieron del otro lado.

Y no se trata de una equidistancia neutra: el culpable de un asesinato es quien asesina, sea azul, rojo o rojinegro. En la construcción de nuestra memoria no puede haber una normatividad exclusiva que acepte a los fusilados por falangistas y carlistas, pero no a los de los comunistas y anarquistas. La izquierda ha de tener valor para enfrentarse a 1934, una revuelta contra la república que, por mucho que la maquillemos, no fue hecha para consolidar la democracia, sino para promover proyectos propios que nada tenían que ver con ella. Hemos de condenar y examinar por fin y sin excusas las masacres de los católicos, la quema de conventos, las persecuciones religiosas. Hay que asumir e integrar en la narración colectiva de nuestro país todas las violencias, pero también a todos aquellos hombres buenos de nuestro doloroso siglo XX, aquellos que renunciaron al odio y que no hace mucho examinaba en un hermoso libro Octavio Ruiz-Manjón.

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Tropas republicanas se beben el vino de una iglesia con el cáliz robado del altar. Fox Photos/Getty Images

Y creo además firmemente que se puede construir consenso en la memoria de este país incluso si la organización política (hasta ahora) mayoritaria de la derecha está en contra. Basta con hacerlo bien, con mesura, y ofreciendo gestos a la otra parte -independientemente de si la otra parte los acepta, recibe o rechaza, eso es asunto suyo-. Mi deber como historiador, como experto en memoria e historia, no puede ser otra que exponer las complejidades de los tiempos históricos y ayudar a lograr algo definido con esa palabra, hoy tan denostada y perseguida, que es la reconciliación.

Y quizá convenga mencionar aquí a mi tercer abuelo. Tras la guerra civil y la derrota, mi abuela María casó con el abuelo Santos. Los vencidos se protegían como podían en aquellos tiempos y los dos tenían hijos y eran viudos, y es por este matrimonio que yo he tenido el privilegio de una familia extensa y muy diversa. El abuelo Santos había sido militar republicano; según contaba, se había vendido dos veces para ir a Marruecos durante las guerras coloniales -aunque la tía Antonia, su hija, se ríe y dice que exageraba-; el abuelo Santos luchó luego toda la guerra civil y, al acabar, pudo volver a casa. Sin embargo, de la misma forma que muchos españoles de su tiempo, el abuelo Santos alababa lo que consideraba como la paz y el progreso de los años sesenta y setenta en España, y consideraba a Franco su artífice. Yo puedo, como historiador, explicar que aquella paz no lo era tanto porque estaba construida sobre cadáveres y represión, que aquel progreso llegaba con veinte años de retraso por culpa de la estulta política económica de la autarquía y que un régimen democrático habría conseguido lo mismo o más, con mucho menos dolor y muerte. Pero esto no cambia que el abuelo Santos, soldado republicano, tuviera su propia memoria de la historia.