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Una política de matices, no de polos irreconciliables

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Foto: ISTOCK

"La polarización afecta a las familias y a los grupos de amigos. Es una situación de parálisis. Una guerra civil de opinión". La cita se atribuye a Mick Jagger, el legendario cantante de los Rolling Stones. Sabe de lo que habla: durante cinco décadas tuvo que consensuar con Keith Richards, su gran rival y cómplice. Muchos observadores se lamentan de la polarización sin precedentes que sufre el discurso político, especialmente en países inmersos en campañas o pre-campañas electorales. Desde Estados Unidos hasta España, pasando por Francia, existe la percepción de que el juego político se desarrolla entre extremos. ¿Es esto cierto ? ¿Por qué se produce este fenómeno? ¿Cuáles son sus consecuencias?

No existe una definición universal de polarización política, pero el término alude a la existencia de una distancia ideológica sustancial entre los partidos que concurren a las elecciones y, al mismo tiempo, la presencia de un consenso ideológico considerable al interior de los mismos. Esta situación tiende a propiciar planteamientos políticos simples, especialmente por parte de los partidos que se sitúan en los extremos, y a buscar, ante todo, la confrontación y el antagonismo retórico.

Tanto Estados Unidos como Europa han conocido anteriormente etapas de gran polarización política (no tenemos mÁs que pensar en la época de entreguerras, las décadas de 1920 y 30). Muchos analistas coinciden en que la actual ola de polarización estadounidense comenzó en los años 1980 con la derechización del Partido Republicano bajo la presidencia de Ronald Reagan, seguida de la izquierdización del Partido Demócrata en los 90. Para ilustrar el cambio, James Piereson, autor de Shattered Consensus: The Rise and Decline of America's Postwar Political Order (2015), sugiere que en los años 50 era más problemático para el estadounidense medio aceptar que su descendencia se casara con alguien de otra religión a que lo hiciera con un simpatizante del partido político rival. Hoy es al revés, las familias aceptan el matrimonio inter-religioso sin mayor problema, pero el inter-ideológico no, dice Piereson. En Europa, los analistas inciden en que existe una tensión creciente entre la radicalización de la política - de derecha o izquierda, dependiendo del país - y el centrismo de la gobernanza.

Se suele distinguir entre la polarización de las élites políticas y la ciudadanía, aunque no es claro cuál se produce primero.

¿Qué lleva a políticos y ciudadanos a posicionarse en los extremos ideológicos y a identificarse con explicaciones simples de la realidad? Desde el controvertido estudio de Theodor Adorno sobre la personalidad autoritaria, la psicología política se interesa por la relación entre la estructura cognitiva del individuo y su tendencia ideológica.

Hace décadas que Philip E. Tetlock y otros psicólogos políticos establecieron una correlación entre conservadurismo ideológico (de derecha y, en menor medida, de izquierda) y tendencia a interpretaciones sencillas basadas en la dicotomía 'bueno-malo'. Aversión a la incertidumbre, escasa tolerancia para con la ambigüedad y temor a la amenaza y la pérdida son algunas de las características del individuo conservador que, en ocasiones, van en detrimento de lo que Tetlock y otros denominan la complejidad integrativa. Complejidad integrativa sería la capacidad para procesar e integrar numerosas variables en el análisis de la realidad, defender simultáneamente una pluralidad de valores, y ofrecer, finalmente, una argumentación política de mayor sofisticación.
Si la realidad social globalizada en la que vivimos es compleja y contradictoria, ¿por qué no ha de serlo también el discurso político?

En un estudio realizado con miembros de la Cámara de los Comunes británica en los años 70, Tetlock concluyó que los socialistas moderados eran los que mayor complejidad integrativa mostraban, comparado tanto con socialistas extremos como con conservadores de derechas moderados y extremos. Los estudios de otros reconocidos psicólogos políticos como Jim Sidanius demuestran, por el contrario, que los políticos extremistas hacen gala de una complejidad cognitiva mayor que los políticos moderados (gracias, entre otras cosas, a su capacidad para pensar contracorriente), aunque, en la práctica y por razones estratégicas, opten a menudo por reproducir mensajes simples y repetitivos.

Algunos analistas achacan la actual polarización al auge de Internet y las redes sociales. Hace ya un lustro que Eli Pariser publicaba The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (2011), alertando sobre cómo Facebook, Google y otros programas 'filtran' la información que muestran a sus usuarios, adaptándola a sus gustos y preferencias, incluidas sus preferencias políticas, y manteniéndoles al margen, por ende, de información alternativa que pudiera ampliar y matizar sus perspectivas. Otros expertos estiman exagerado dicho efecto y argumentan que, aún expuestos a información alternativa, los usuarios siguen pinchando en aquella con la que esperan estar de acuerdo, reforzando así su identidad ideológica. Finalmente, están los que se refieren a la creciente polarización de los mensajes políticos de los candidatos electorales merced a la constricción verbal que impone el tuit del que los candidatos hacen cada vez más uso. En 140 caracteres no hay espacio para matices y se apuesta por mensajes sencillos y contundentes.

La mayor o menor predisposición psicológica de los individuos, junto con determinadas condiciones tecnológicas, pueden facilitar la polarización del discurso político en un momento dado, pero es difícil negar que en el origen de la actual radicalización y polarización están la crisis económica (creciente desigualdad social) y las crisis de representatividad política e institucional que la han seguido (la percepción de que la clase política tradicional ha traicionado sistemáticamente a sus electores).

Roto el matrimonio de posguerra entre Estado de Bienestar y economía de mercado, el tablero político se encuentra en proceso de redefinición y, aparentemente, aquellos que gritan más alto y más claro son los que tienen más probabilidad de hacerse con un cuadrante en la nueva distribución del espacio político.

Sin embargo, precisamente porque la realidad social globalizada en la que vivimos es compleja y contradictoria, ¿por qué no ha de serlo también el discurso político?

Hay estudios que demuestran que la retórica simple como tal no es necesariamente efectiva para ganar elecciones. Aunque lo fuera, por principio, la clase política -sea nueva o vieja - debe propiciar discursos fraguados de datos y matices que traten a los ciudadanos como individuos inteligentes, capaces de asumir un grado creciente de complejidad en el análisis; discursos que eleven cada vez más el nivel del debate público. Al fin y al cabo, ¿no se supone que estamos cada vez más formados? Demostrémoslo, unos y otros, políticos y ciudadanos: maticemos.