POLÍTICA
22/09/2018 10:21 CEST | Actualizado 22/09/2018 10:24 CEST

Lola García: "La sociedad catalana está políticamente muy estresada"

Entrevista con la directora adjunta de 'La Vanguardia': "Estamos en un periodo de 'impasse".

CARLOS PINA

"Se va a montar un pollo". Esta confesión la hace el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante una sobremesa tomando un gin tonic con amigos y al fuego de una chimenea. "Yo no seré un cagado como Mas y Homs, no me someteré al Tribunal Constitucional", "igual tengo que marchar al exilio". Era enero, todavía quedaban meses para el 1-O.

La política no solo tiene momentos mediáticos y rimbombantes. Hay muchas caras, contradicciones, sentimientos. Y más en el culebrón del procés. Todo ello está recogido en El naufragio, de Lola García. La directora adjunta de La Vanguardia deconstruye el sueño independentista y hace una radiografía de la situación en Cataluña con episodios que no habían sido contados hasta ahora. Sobre ellos y el futuro habla con El HuffPost.

¿Cómo está Cataluña un año después del 1-O?

Más tranquila. El cambio de Gobierno en España ha provocado una rebaja en la tensión, sobre todo verbal, el lenguaje es diferente, se habla más de diálogo con un poco más de contenido que antes. Eso favorece que la situación se tranquilice un poco más, lo que no significa en absoluto que estemos en vías de una solución. Como mínimo hay más tranquilidad, a pesar de que se hable de un otoño caliente o de que las conmemoraciones de lo que ocurrió hace un año puedan provocar algunas tensiones. En el fondo, hay una corriente más tranquila.

¿Creían los protagonistas políticos del 1-O que se iba a llegar a una situación tan extrema?

Hasta el verano del 2017 muchos de los protagonistas pensaban que no iban a llegar tan lejos. Seguramente los periodistas tampoco lo pensábamos. Pero después de eso y una vez se organiza el 1-O, cuando entran en prisión los 'Jordis', a partir de ahí se prevé que se pueda llegar al final y que pueda haber una declaración unilateral.

CARLOS PINA

Señala en el libro a la figura de Artur Mas en el inicio de la deriva independentista. ¿Por qué se produce ese giro?

El conflicto catalán viene de mucho antes. En 2009 ya hubo una consulta en Arenys de Munt que tuvo mucho eco en Cataluña, se empezaba a poner sobre la mesa el tema del derecho a decidir. En 2010 ya hubo una gran manifestación, de la que avisó José Montilla, pero no se le hizo gran caso. Pero lo he situado en 2012 porque es el momento en el que el poder político en Cataluña y la calle confluyen. Hay un momento determinado en el que Artur Mas considera que toda aquella movilización social que aglutina desde malestar social y económico por la situación, pero también por el encaje de Cataluña en España, debe confluir con un líder que considera que o se pone al frente de eso o puede arrastrar a todo el Gobierno de la Generalitat. He cogido ese momento para empezar a explicar lo que llaman el proceso soberanista, que tiene un inicio y un fin.

Cataluña está más tranquila que hace un año

Han pasado seis años y todos los protagonistas han cambiado. ¿Ha sido el procés una trituradora de políticos?

En cierta manera sí. Por ejemplo, el hecho de que Mariano Rajoy no esté en el Gobierno en estos momentos en buena parte es por el proceso soberanista. Es cierto que tiene que ver con la corrupción y Gürtel, pero si hubiera habido una Convergencia de toda la vida y no estuviéramos en esta dinámica, seguramente Rajoy podría haber tenido el apoyo del PNV y CDC.

Hablando de Rajoy, cuenta cómo importantes empresarios le mandaban mensajes sobre Cataluña, principalmente a través de César Alierta. Pero el presidente tiene una posición inmovilista y solo piensa que la Generalitat vuelva al cauce anterior. ¿Cómo interpreta esa posición?

Rajoy piensa que de ninguna manera va a conseguir que los independentistas estén satisfechos. Cree que no hay nada que pueda ofrecer que los satisfaga. Piensa que ceder en algo solamente lleva a ceder otra vez. A la vez, descuida la presencia del Estado en Cataluña, no cuida determinadas demandas de la sociedad catalana que van más allá de independentismo y que pueden ser económicas e incluso de trato. Ahí pierde la iniciativa política. Al final acaba dejándolo todo en manos de los jueces, que es lo peor que podía hacer.

CARLOS PINA

Hace unos días vimos salir de la política a la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la otra gran figura clave de aquel Gobierno central.

La única vez que el Gobierno del PP considera que tiene que mover ficha es lo que allí llamamos operación Diálogo y que se concretó en nada, durando muy poco. A ella le encarga tender puentes con la sociedad catalana pero no le da los instrumentos. Es como enviar a alguien al desierto sin una cantimplora. Por mucha voluntad que tenga no va a poder recorrer muchos metros.

Rajoy lo dejó todo en manos de los jueces, lo peor que podía hacer

¿Confío demasiado aquel Gobierno en Oriol Junqueras?

Sáenz de Santamaría confío en que Junqueras en algún momento pudiera frenar las intenciones de una declaración unilateral. Pero eso es desconocer lo que es ERC, es imposible que quede por detrás de la antigua Convergencia en algo así, porque es la razón de ser de ese partido. Por mucho que Junqueras tuviera un talante más moderado, es imposible creer que va a frenar si su compañero de viaje va más allá.

Es muy curioso lo que cuenta sobre la personalidad de Junqueras, que apenas dice lo que piensa, hasta en grupos reducidos.

Es un político desconfiado. También Artur Mas. Supongo que la mayoría de políticos que llegan a un cierto nivel intentan ser desconfiados, Pedro Sánchez también. Pero Junqueras, es verdad, es una persona que puede estar conversando contigo durante horas y no contarte absolutamente nada de lo que no te quiera contar. Tiene maneras muy afables, lo que puede tapar sus intenciones reales. Además, se debe a un partido con una historia detrás y con una militancia que le reclama una actuación muy clara en favor de la independencia y no le permitiría un paso atrás.

Junqueras, Mas... ¿Y el señor Puigdemont? ¿Cómo es su personalidad?

Puigdemont es un político más de nuestra época, no tiene nada que ver con Mas, que es más vieja escuela e institucional. Puigdemont es más de redes sociales, frases ingeniosas y muy potentes, muy comunicador. No tiene establecidos canales ni contactos con el Gobierno central, no se fía de lo que aquí le puedan decir. Eso puede explicar las decisiones finales de su mandato. Y desde que era pequeño quería una Cataluña independiente. Llevaba incluso un recorte de prensa de cuando era adolescente en el que aparecía en una fotografía con una estelada. Ese no es el caso de Mas.

Puigdemont no tiene nada que ver con Mas, es un político más de nuestra época

¿Por qué se hacen lecturas tan diferentes en Madrid de lo que pasa en Barcelona y al revés?

Porque hay un desconocimiento mutuo brutal, es lo peor de este proceso En Madrid, por parte del Gobierno central hay primero un diagnóstico erróneo de la situación allí y después un cierto desprecio. Creían que era simplemente lo de siempre, reclamación de más autogobierno y dinero. No vi a nadie del Gobierno central aparecer un 11-S en la Diada para ver las masas de gente. Como era un tema que les incomodaba, prácticamente querían mirar para otro lado. Desde Barcelona, probablemente hay un cierto desconocimiento de lo que es un Estado y sus resortes y fortalezas. Por ejemplo, eso se demuestra cuando desde Europa no hay ningún país que avale la declaración.

¿Quién manda ahora mismo en el independentismo?

Si manda alguien, es Puigdemont. Si manda alguien. Ahora hay un cierto desconcierto sobre qué camino a seguir, pero hay un pegamento que une todo con mucha fuerza que es la existencia de presos. Si no existieran, los partidos independentistas estarían haciendo una reflexión sobre por dónde han de seguir a partir de ahora. Pero la existencia de presos y gente en el extranjero provoca que no se esté produciendo eso y que se siga tirando hacia adelante. Ahí la figura más indiscutida es Puigdemont.

CARLOS PINA

La semana pasada se vivió una situación extraña en el Congreso. Carles Campuzano, del ala más moderada del PDeCAT, pactó una enmienda con el PSOE para hablar dentro de la ley. Se retira luego por orden desde Barcelona. ¿Está poniendo frenos esa nueva dirección del PDeCAT al diálogo?

Hay un sector del independentismo, liderado por Puigdemont, que piensa que mientras Sánchez no haga movimientos reales para conseguir que los presos no sean condenados a altas penas a través de la Fiscalía o se discuta sobre un referéndum no se tienen que dar facilidades. Y hay una parte del PDeCAT, que en el congreso quedó determinado sobre un 35%, que considera que se debería frenar, reconsiderar la estrategia y que haya más apoyo social en Cataluña para la independencia. Esas dos almas, que también existen en ERC, hace que se produzcan esos desajustes. Siguen también mirándose de reojo ERC y el PDeCAT, y entre ellos internamente también.

La legislatura en Cataluña va a ser corta, pendiente de un juicio

El Gobierno de Sánchez no abre la posibilidad a un referéndum...

No, no.

¿En Barcelona son conscientes de que con el PSOE pueden hablar ciertas cosas pero no sobre autodeterminación?

Sé es más o menos consciente, aunque se quiere seguir insistiendo para cargarse de razones de cara a próximas estrategias más duras. De momento, estamos en un periodo de transición. Estamos en una legislatura en Cataluña que va a ser corta, pendiente del juicio, y una española que va a ser corta también. Estamos en un periodo de impasse.

¿Cómo ve a este presidente por sorpresa, Quim Torra?

No lo conocía. De momento, lo que era previsible. Había gente que decía que se comportaría como un presidente cuando fuera investido. Creo que sigue siendo la persona que Puigdemont ha puesto ahí y que él sigue queriendo hacer lo que Puigdemont ordene. No se ve como un subordinado, sino como su mano derecha, sus ojos y manos.

¿Mandan la consellera de Presidencia, Elsa Artadi, tanto como dicen las leyendas capitalinas?

Sí, claro que manda, porque es una de las personas de confianza de Puigdemont. Le ha otorgado poderes para poder negociar con Pedro Sánchez y ahora mismo no hay otra persona en el partido o en el grupo en el Congreso para poder hacer eso.

Uno de los episodios que narra y causa más sorpresa es ese encuentro en un convento en Madrid entre los entonces presidentes de la Generalitat, Artur Mas, y del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos. ¿Cómo sucede eso?

Es un momento en el que una amiga de Mas le comenta si se vería con el presidente del Constitucional, y dice que sí. Se ponen en contacto, y Mas le pide que no sea en un lugar público. Si se hubiera sabido que se reúne en el presidente del Alto Tribunal, habría sido vilipendiado en Cataluña de una manera brutal. Y al revés, a Pérez de los Cobos no le hubiera ido bien ser descubierto. Al final, la secretaria de este último le comenta la posibilidad de ir a un convento. Es una conversación que no cambia nada el panorama, se ve la enorme distancia entre los dos. Mas insiste en hacer el 9-N, y el presidente del Constitucional le subraya que eso no puede ser. No hay acuerdos, solo una toma de contacto.

También describe cómo el exconseller Francesc Homs quería tender puentes con Zarzuela y hablaba con los jefes de la Casa Real Alberto Aza y Rafael Spottorno, intentando trabajarse al entonces príncipe de Asturias, que todavía no era rey. Luego años más tarde veríamos el duro discurso de Felipe VI.

Homs tenía la teoría, cuando Felipe VI era príncipe, que como su padre se ganó el cargo con su actuación en favor de la democracia y a raíz del golpe de Estado,su hijo podría ganarse el cargo entre comillas popularmente solucionando el conflicto catalán. Si ya como rey tiene mucho cuidado en intervenir en esta cuestión, imagínate como príncipe. Lo escucha en los actos que coincidieron, el príncipe estaba muy interesado en el tema pero no podía actuar.

¿Está la sociedad catalana fracturada?

Creo que está políticamente muy estresada. Fracturada empieza a ser una palabra delicada, parece que nos estemos pegando por las calles. La inmensa mayoría de la gente lo vive con naturalidad, no tiene un conflicto que le comporte problemas en su vida diaria. El problema es que conforme hay una crispación política hay determinados sectores, más residuales pero más radicalizados, que provocan situaciones de estrés en la calle. Hemos visto algunos incidentes, pero no es generalizado. Llevamos seis años en este asunto y las posiciones están muy polarizadas.

CARLOS PINA

Gobierna el independentismo, pero la fuerza más votada el 21-D fue Ciudadanos. ¿Fue consecuencia post 1-O? ¿Sigue siendo sociológicamente el primer partido?

No, yo creo que por reacción de mucha gente que quiere expresar de manera muy nítida en las elecciones que no quiere la independencia de ninguna forma ni ningún referéndum. Hay un efecto de reacción de situarse en el otro extremo. Y esas personas ven como una debilidad que Miquel Iceta (PSC) proponga indultos cuando haya juicio, por ejemplo, o que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se ponga lazo amarillo en alguna ocasión. No sé hasta qué punto en una situación más relajada se puede mantener tan alto.

El 1-O fue uno de los mayores errores cometidos por el Gobierno

¿Cómo fue vivir como periodista aquel 1-O? ¿Qué recuerdos le vienen a la cabeza?

Ese fue uno de los mayores errores que ha cometido el Gobierno español y el Estado en general. Cuando intentan convencerte de que fueron los Mossos o cosas así, pero has visto que hay policías pegando a personas normales que están en la puerta del colegio... No te pueden explicar nada más, lo has visto y ya está. En ese momento España perdió muchos puntos de imagen en el mundo y por parte del Gobierno central una oportunidad inmensa de demostrar de que esta democracia es madura y puede soportar que haya una demostración impresionante de dos millones de personas y decir al día siguiente que eso no es legal, que no tiene garantías y no pasa absolutamente nada.

¿Qué titular le gustaría?

No voy a ser muy ambiciosa: que hay una propuesta por parte del Gobierno central para Cataluña que intenta buscar el máximo consenso posible.

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