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06/06/2012 14:55 CEST | Actualizado 06/08/2012 11:12 CEST

Fútbol como arma arrojadiza

La firma del tratado de libre comercio con Ucrania está paralizada desde el juicio y posterior encarcelamiento de Timoshenko. En el plano deportivo, el abortado boicot a la Eurocopa no tendrá consecuencias.

Seguro que Del Bosque y sus chicos no echarán de menos a José Manuel Durao Barroso durante la Eurocopa 2012; ni a Herman Van Rompuy ni a varios ministros alemanes, austriacos o belgas. Una vez que empiece el espectáculo, todas las miradas estarán centradas en la magia del fútbol y en su despliegue en los campos de juego de Polonia y Ucrania. El boicot al campeonato, propuesto por algunos representantes de la Unión Europea tras las denuncias de maltrato en la cárcel enviadas por la antigua primera ministra, Yulia Timoshenko, no pasará de la ausencia del presidente de la Comisión, del presidente del Consejo y de algunos de sus colegas. Los futbolistas podrán jugar sin ellos. Un nuevo ejemplo de la falta de capacidad de la UE a la hora de ponerse de acuerdo.

Es posible que Carl Bildt, el influyente ministro sueco de Asuntos Exteriores, tenga razón: desde cuándo ha sido la asistencia o no a partidos de fútbol un instrumento de la política exterior europea. Además, en plena crisis, la máxima competición deportiva europea puede ayudar a distraer y entretener a unos ciudadanos agobiados cada día más por su futuro.

Tampoco anda desencaminado el presidente polaco, Bronislaw Komorowski, cuyo país es co-organizador de la Eurocopa 2012. Semejante boicot habría servido para "arrojar" a Ucrania en los brazos de Rusia, justo cuando su recién re-nombrado presidente, Vladimir Putin, parece tener intenciones de revivir la idea de la Unión Eurasiática, una alianza con los antiguos miembros de su imperio. Y habría supuesto un duro golpe para los ciudadanos ucranianos, que se habrían sentido humillados y habrían interpretado como una ofensa personal y nacional el desprecio a su país en un momento tan significativo para ellos, la primera ocasión en la que dos estados del Este de Europa acogen el máximo torneo del continente.

No sería la primera vez que el afán por defender los valores europeos es percibido de manera muy negativa en otros lugares. Los ciudadanos chinos, por ejemplo, que siempre habían tenido una alta estima por Europa gracias a su poder blando, no pudieron entender las protestas que acompañaron la llama olímpica en su recorrido hasta llegar a Pekín 2008, según un estudio encargado por la Comisión Europea. Ni apoyo al Tíbet ni a los derechos humanos: para ellos, el boicot a sus Juegos significaba el rechazo a todos los logros conseguidos por China a lo largo de los últimos veinte años, y su imagen de los europeos bajó varios enteros a raíz de aquel episodio. En las conclusiones del citado estudio figuraba la necesidad, por parte occidental, de modificar el discurso, de adaptarlo para poder alcanzar puntos de encuentro, de concentrarse en aquellos aspectos más susceptibles de ser compartidos, y de dejar para más tarde las divergencias. Pocas bromas con el gigante asiático, con el que, en esta nueva era de las relaciones internacionales, va a haber que entenderse guste más o menos.

El caso de Ucrania es bien diferente. El país vive ahora inmerso en la decepción que siguió a la euforia de la Revolución Naranja de 2004. La democracia y la economía no han estado a la altura de las expectativas, como tampoco lo han estado sus líderes. La corrupción, la parcialidad de la justicia y los flirteos constantes entre la UE y Rusia llevan casi una década protagonizando la vida política del país. Un 81% de la ciudadanía está insatisfecha con el estado de sus instituciones democráticas y sólo un 30% confía más en la democracia que en un líder fuerte para resolver sus problemas, según la última encuesta del Pew Research Center. Estas tensiones son a su vez parte del a menudo complicado intento de encaje en el orden occidental de los países procedentes de la órbita soviética, que siguen debatiéndose entre el deseo de ser aceptados por sus vecinos del Oeste o volver al amparo de Moscú. Juegos de poder en un tablero geopolítico que se va rehaciendo cada día.

Por ello la UE debe replantearse su modelo de palo y zanahoria. La firma del tratado de libre comercio con Ucrania, un paso importante en el acercamiento de Kiev a la Unión, está paralizada desde el juicio y posterior encarcelamiento de Timoshenko. Afortunadamente en el plano deportivo, el abortado boicot a la Eurocopa no tendrá mayores consecuencias. Que dejen a los futbolistas jugar y a millones de personas soñar por unos días. Y que busquen nuevos medios para que los valores por los que siempre ha luchado la Unión se conviertan en un aliciente para que los ciudadanos ucranianos sean más exigentes con sus gobernantes y para apoyar a los que trabajan en esa dirección.

En este cambio de rumbo global, ya no hay un solo discurso que valga. Entender la globalización pasa por saber lo que piensa una multiplicidad de otros, algo mucho más complejo que la dinámica de dos bloques y, por supuesto, que la del liderazgo único. Por eso en este recorrido que hoy comienza, procuraremos explorar las ideas y las motivaciones que están moviendo el mundo. Espero que nos acompañen.