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19/12/2015 09:51 CET | Actualizado 19/12/2016 11:12 CET

El momento en el que quise dejar de ser madre

85422550Quería volver a ser esa soltera con problemas económicos que tenía que lavarse el pelo con jabón y para la que los cafés de 3 dólares eran un privilegio. Esa chica podría haberse mudado sin pensárselo dos veces para conseguir ese trabajo.

All images by Bettina Bhandari via Getty Images
Young woman laying on the bed in the sunshine, legs crossed, soft light.

Empecé a escribir cuando mis tres trabajos me lo permitían. Escribía en el bar del club de striptease en el que servía copas a hombres solos y a mujeres exóticas. Escribía cuando estaba cansada, desesperada, segura de mí misma. Escribí después de muchos rechazos y escribí a pesar de que había quienes me decían que no tenía derecho a escribir para ganarme la vida.

Entonces, empezaron a publicar mis artículos, encontré trabajos en el mundo literario y empecé a escribir para medios con una cierta reputación. Tenía una colección de redacciones que recopilé en un libro que me acabaron publicando y escribí para un periódico galardonado con un Pulitzer. Después de cenar unos cuantos cacahuetes, de lavarme el pelo con jabón de manos y de quedarme en números rojos por gastar 3 dólares en un café, por fin me di cuenta de que lo había conseguido.

Casi al mismo tiempo me enamoré de un hombre fantástico y tuvimos un hijo con unos ojos enormes, el pelo negro y una sonrisa preciosa. Compaginaba mi trabajo de escritora freelance con el cuidado del bebé. Aunque me encontraba cansada constantemente (y lo sigo estando), frustrada a todas horas (y lo sigo estando) y dudando de mí misma continuamente (y me sigue pasando), me encantaba tener un desafío así, tener una agenda apretada y conseguir compaginarlo todo. Me gustaba cumplir los plazos de mi trabajo mientras le hacía el desayuno a mi hijo, me gustaba participar en teleconferencias mientras le cambiaba el pañal a mi hijo. Después de un año con esta rutina, me sigue gustando (aunque canse un poco). No pasa un día sin que yo me sienta satisfecha, aunque eso signifique que me duerma antes de meterme en la cama cada noche.

Poco después, me dieron la oportunidad de escribir para una revista increíble en Nueva York. Solicité el trabajo, envié el currículum y los artículos de muestra sin tener mucha seguridad, y tardaron menos de un día en mandarme un mail. Me entrevistaron por videoconferencia y me ofrecieron el trabajo una semana después. Antes de darme cuenta, ya estaba rellenando formularios y proporcionando mi número de cuenta. Me sentía orgullosa de mí misma y rejuvenecida, seguía creyendo que ser madre no implicaba dejar de lado la trayectoria profesional y que tener esa trayectoria profesional no implicaba renunciar a ser madre. Todo parecía ir sobre ruedas y, aunque pasaba la mayor parte de las noches preguntándome cómo iba a poder compaginar todo en mi ya apretada agenda, estaba deseando intentarlo.

Dos días después recibí una llamada de la que iba a ser mi editora. Después de hablar con otros trabajadores de la renombrada revista, se habían echado atrás: ya no querían contratar a un teletrabajador; buscaban a alguien que viviera en Nueva York y que pudiera ir a la oficina todos los días, a jornada completa. Querían a alguien que estuviera cerca de ellos y con mayor disponibilidad, yo ya no era ese alguien porque no podía ofrecerles todo lo que necesitaban. La editora hablaba con tono de disculpa, podía notar que se sentía avergonzada, así que dije rápidamente que lo entendía y que "gracias por la oportunidad". Me apresuré a colgar para que no notara cómo se me quebraba la voz ni cómo las lágrimas caían en la pantalla rota de mi móvil.

Fue justo en ese momento cuando me arrepentí de ser madre. Miré a mi hijo y deseé que no existiera. Fue entonces cuando fui dolorosamente consciente de que si hubiera esperado a quedarme embarazada -o si hubiera decidido no tener hijos-, podría haberme mudado a Nueva York para aceptar ese puesto de trabajo en esa fantástica revista para cumplir todos mis sueños. Podría haberme mudado sin pensar en cómo afectaría a mi familia porque no tendría una familia de la que preocuparme. Me sentía culpable, sucia y horrible, pero aun así estaba enfadada y resentida: hubo un segundo en el que llegué a desear no ser madre. Quería volver a ser esa soltera con problemas económicos que tenía que lavarse el pelo con jabón y para la que los cafés de 3 dólares eran un privilegio. Esa chica podría haberse mudado sin pensárselo dos veces para conseguir ese trabajo.

Cuando ese segundo terminó, cogí a mi hijo por los mofletes (algo sucios, he de decir) y le di un beso. Le miré a los ojos y le dije "te quiero muchísimo", para después dejar que se fuera a jugar con un juguete, un libro o unos bolígrafos que se suponía que no podía coger. Le di un beso y le quise de la misma manera en la que le he querido desde que nació. No me arrepiento de nada porque, aunque Nueva York no se vaya a ir a ninguna parte, él sí que se marchará. Mi hijo se marchará de casa y así es como debe ser. Le cuidaré y estará conmigo durante una pequeña parte de su vida y llegará un momento en el que le tocará vivir un momento como el que acabo de vivir yo: creerá que la oportunidad perfecta se le escapa porque no puede compaginarlo todo.

En ese inevitable momento de confusión, de tristeza, de frustración y de arrepentimiento le recordaré que está haciendo todo lo que tiene que hacer, todo lo que yo esperaba que hiciera. Trabajo cada día para poder hacer lo que quiera.

En ese momento, se sentirá completamente vivo y yo sonreiré porque sé no hay nada más valioso que eso. Ningún trabajo vale más que eso.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros

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