Putin prende la llama en Ucrania a base de negacionismo y nostalgia

Una hora antes de la intervención del ruso, Moscú hablaba de mantener vivos los acuerdos de Minsk y la diplomacia seguía trabajando. Ese escenario ha sido demolido.
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“Nadie sabe lo que hay en la cabeza de Vladimir Putin”. La frase ha sido repetida como un mantra en las últimas semanas por parte de Estados Unidos, la OTAN, Reino Unido y la Unión Europea, al referirse a una hipotética invasión de Ucrania por parte de Moscú. Con los últimos pasos del presidente ruso ha quedado claro que es así: ha hecho lo que ha querido, al fin, justo cuando los contactos diplomáticos se intensificaban y más resultados parecían dar.

Putin, el domingo por la tarde, le dijo a su homólogo francés, Emmanuel Macron, que estaba dispuesto a esforzarse en llevar a cabo “un trabajo intenso” para lograr un alto el fuego en el este de Ucrania, donde se enfrentan el Ejército regular ucraniano y las milicias prorrusas. Un gesto que abría la puerta, incluso, a una cumbre con el norteamericano Joe Biden, que se quería cerrar para esta misma semana. Ayer por la tarde, el mandatario ruso dejaba ese escenario hecho pedazos al firmar los decretos que reconocen la independencia de dos regiones separatistas del este de Ucrania, en la zona del Donbás, incluyendo una disposición para que las tropas rusas realicen lo que se describe como “funciones de mantenimiento de la paz” en Lugansk y Donetsk.

“La elección de la seguridad no debe suponer una amenaza para otros estados. Y la adhesión de Ucrania a la OTAN es una amenaza directa a la seguridad de Rusia”, justificó Putin. Una firma, una declaración televisada, y fuera las esperanzas de una salida pacífica a esta crisis, la peor que se vive en suelo europeo desde el fin de la Guerra Fría.

Con su gesto, Putin acaba con los Acuerdos de Minsk, firmados inicialmente en 2014 y ampliados un año más tarde, que estaban llamados a poner fin al conflicto en el este de Ucrania iniciado tras el levantamiento independentista del Donbás. Fueron impulsados por Francia y Alemania, además de Rusia y Ucrania, el llamado grupo de Normandía. No han sido milagrosos, pero estos pactos habían reducido ostensiblemente los enfrentamientos armados en la zona, pese a las numerosas violaciones por todas las partes en conflicto, según ha denunciado Naciones Unidas. Más de 14.000 personas han muerto víctimas de esta guerra, hay al menos 25.000 heridos y 1,6 millones de desplazados internos.

Pese a su fragilidad, seguían siendo el único marco a una salida negociada. Rusia ahora los ha dinamitado y lo ha hecho sobre dos sentimientos peligrosos: el negacionismo y la nostalgia. Negacionismo de la soberanía y la independencia de Ucrania, que para Putin no debe ser tal, porque no es más que un trozo de Rusia, de siempre, que debe volver al redil, al amparo de la madre patria. Y nostalgia del tiempo en que Rusia fue la gran potencia que hoy no es tanto, porque ha perdido potencial en lo militar, en lo geoestratégico, en lo económico; su presidente se resiste a encajarlo y trata de de recobrar la grandeza de los viejos tiempos a base de erosionar las fronteras del vecino. La OTAN, su extensión al este y su posible ampliación a Ucrania casi no aparecían en el discurso de ayer. Lo que sustentaba cada palabra de Putin y, al fin, sus actos, era la gloria, el poder.

Parte de Rusia

El presidente ruso expuso su versión de la historia de Ucrania, que obviamente tiene mucho en común con Moscú, pero obviando los años de independencia de la nación. Ucrania siempre fue parte de Rusia y hay que rehacer la historia. Un discurso que va bien a sus intereses expansionistas y que calienta el corazón de quienes añoran la URSS y su poderío, pero que esencialmente no es verdad.

Lo que ahora es Ucrania fue una región disputada, de fronteras cambiantes, durante siglos que, no estuvo completamente bajo el dominio de Moscú hasta finales del siglo XVIII, durante el reinado de Catalina la Grande. Incluso entonces, el Imperio ruso nunca pudo encajarla por completo, ostentando cierto grado de autonomía. El origen de ambos se sitúa hace más de 1.200 años en la llamada Rus de Kiev, una enorme federación de tribus eslavas que dominó el noreste de Europa durante la Edad Media y que tenía su epicentro en la capital ucraniana.

Putin mira una bandera con los rostros de Lenin y Stalin en una visita a paracaidistas em Ivanovo, en marzo de 2020.
Putin mira una bandera con los rostros de Lenin y Stalin en una visita a paracaidistas em Ivanovo, en marzo de 2020.
Mikhail Svetlov via Getty Images

Rusia conquistó Crimea en 1783, en 1918 se independizó por un breve periodo y luego vinieron décadas de vida común. Los eslavos orientales tuvieron una cultura común, en la que prevaleció el cristianismo ortodoxo y el idioma ruso. Sus bases se fortalecieron con el nacimiento de la Unión Soviética, en 1922, pero hace 30 años ya, esa unidad se desintegró. Los países se fueron cayendo del bloque, uno a uno, buscando su camino. En 1989 se formó el Movimiento Popular Ucraniano para la Reestructuración (RUKH) y el Acta de Proclamación de la Independencia de Ucrania fue aprobada finalmente por el parlamento el 24 de agosto de 1991. Ya dejó de ser la misma tierra. Un satélite en lo político y lo económico, quizá, pero técnicamente soberano.

Con el paso de los años, aquella desconexión que Putin califica como “la más grande catástrofe geopolítica del siglo XX”, llevó al debate interno: había que consolidar la nueva nación pero ya no a la sombra de Moscú. Imposible, decía Rusia, cuando miles de personas “rusas” -esto es, de habla y cultura rusas- habían quedado atrapadas en estos nuevos estados. Las tensiones llevan desde entonces, en una evolución en la que la demografía ha resultado ser un factor clave para el conflicto: alrededor del 17% de la población ucraniana se identifica hoy con la etnia rusa y para un tercio ese es su idioma nativo. La mayoría de los inclinados a Moscú se encuentran en Crimea, en la zona oriental, una zona que Putin se anexionó en 2014, sobre la que manda sin el reconocimiento -sino la condena- del mundo.

En su esfuerzo actual por atraer a la Ucrania independiente y cada vez más proOccidente a la órbita de Rusia, Putin está siguiendo un camino que en el fondo no es nuevo, ha sido transitado por muchos de los gobernantes de Rusia antes que él, desde Pedro el Grande hasta Joseph Stalin.

Para Occidente, la pregunta es si puede limitar las ambiciones revanchistas de Putin a través de la diplomacia, las sanciones y la resistencia militar ucraniana. El reconocimiento de las dos regiones separatistas por parte de Putin y el envío de tropas rusas que ya amenazan al país podrían ser fácilmente el detonante de una guerra más amplia para toda Ucrania.

“Considero necesario tomar una decisión largamente esperada: reconocer de inmediato la independencia y soberanía de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk”, afirmó Putin. Sorprendió por su dureza, por su contundencia, inesperada no por el personaje ni por su manera de gobernar, sino por el momento en el que estaban las negociaciones. A veces parecía realmente enfadado, desdeñando la actual Ucrania sin tener en cuenta sus años de independencia o la legitimidad de su Ejecutivo actual, argumentando que su creación como estado soberano fue una tragedia y un accidente de los líderes comunistas en el siglo XX. Él, que no es comunista, pero que sí persigue el imperio perdido. Pintó a la Ucrania de hoy como un títere corrupto y que apenas funciona si no se lo ordena Washington, que amenaza la seguridad de Rusia por su cercanía a la Alianza Atlántica y que, en su opinión, no tiene ninguna razón real para existir excepto en unión con Rusia.

Pero es innegable el camino que Ucrania ha tomado en los últimos 30 años, y no va por donde Putin dice. Las encuestas demuestran que la mayoría de los ucranianos no quieren ser parte de Rusia hoy, y el sentimiento antirruso en la mayor parte del país sólo ha aumentado desde la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 y la toma de la región de Donbas por separatistas pro-Moscú.

Ahora, con las tropas rusas entrando nuevamente en la región de Donbas, en el este de Ucrania, parece que el tira y afloja milenario por el dominio en el área, con el uso de la fuerza de las armas o la diplomacia según sea necesario, está a punto de renovarse nuevamente.

La historia se repite

La situación de las dos regiones del Donbás reconocidas por Putin anoche es similar a la que tenían en agosto de 2008 Abjasia y Osetia del Sur, que buscaron el aval de Moscú tras una guerra con Georgia. Ahora las cosas son más complejas: Ucrania es un país enorme, más consolidado tras los tiempos soviéticos, donde EEUU y la OTAN tienen importantes intereses defensivos, con relaciones intensas con la UE, y lo que le puede venir encima a Rusia no es lo de entonces. Como con Crimea, anexionada en 2014, que tampoco se hizo mucho más que la imposición de sanciones que poco han dañado a su Gobierno.

A ello se suman las fronteras; los dos territorios de Georgia estaban bien delimitados. Los dos de Ucrania, no. Las repúblicas de Donetsk y Lugansk afirman en el texto que les sirve de constitución que su territorio coincide con el territorio total de las regiones, pero sólo una parte está hoy bajo control de los prorrusos, la otra parte está aún dominada por las autoridades de Kiev. Eso quiere decir que hay territorio por el que pelear, que para empezar podemos tener ahí una guerra abierta, ahora, con la entrada de Rusia en liza. Por más que lleve años ayudando a los rebeldes, eso no es lo mismo que una intervención directa con botas sobre el terreno, que muchos entienden como una clara invasión de legítimo territorio ucraniano.

De momento, el presidente Volodymyr Zelensky, respondió a las acciones de Putin en un largo discurso televisado: “Esperamos medidas de apoyo claras y eficaces de nuestros socios. Ahora es muy importante ver quién es nuestro verdadero amigo y socio, y quién seguirá asustando a la Federación Rusa con palabras. Estamos comprometidos con un acuerdo político-diplomático y no sucumbimos a ninguna provocación”.

En las Naciones Unidas, esta madrugada se ha reunido el Consejo de Seguridad y Rusia ha dicho que “no quiere un baño de sangre en Donbás” y que hay “un pánico infundado a la invasión de Ucrania” en muchos países occidentales, cuando no tienen intención de llevarla a cabo. Siempre, claro, con el estándar de Putin que no acepta medias tintas: si eso es suelo ruso y no ucraniano, no hay invasión; si sí lo es, como entiende la comunidad internacional, el escenario es otro.

Mientras se preparan las sanciones internacionales (de EEUU y la UE), el mundo contiene la respiración, a la espera de ataques, bajas, refugiados. Kiev está apenas a 15 kilómetros de donde Rusia se va a desplegar. Deberíamos estar analizando los argumentarios de Moscú y Washington para la reunión de pasado mañana de sus ministros de Exteriores, pero ese tablero ya no vale, el apasionamiento, las vísceras que le puso Putin ayer a sus palabras, esa irracionalidad nacionalista, lo hizo explotar. Y nadie sabe, a tenor del golpe, por dónde pueden caer las piezas y las astillas y qué daño pueden causar.

Concentración de fuerzas rusas en su frontera con Ucrania