INTERNACIONAL
12/12/2019 07:39 CET | Actualizado 13/12/2019 11:20 CET

Boris Johnson, el político que apostó todo al Brexit y ganó

El primer ministro británico, seguro ganador de los comicios del 12-D, lleva meses renqueando por su minoría parlamentaria, incapaz de salir airoso del Brexit

Ian Gavan via Getty Images
Boris Johnson, posando con una estatua del Oso Paddington en Londres. 

El Boris Johnson de hoy es una versión descafeinada de sí mismo. Ni se ríe tanto ni hace reír tanto como cuando en verano conquistó el liderazgo del Partido Conservador y la jefatura de Gobierno de Reino Unido. Sigue siendo enormemente popular, apreciado hasta por sus enemigos, carismático y burlón, pero el poder le pesa. O, mejor dicho, no es que le pese gobernar -que su ambición no aminora-, sino hacerlo a trancas y barrancas, sin mayoría clara, sin aliados, con el Parlamento en contra, incapaz de sacar adelante lo que se propone. Ese lastre se le nota en los gestos y la mirada. Se ha vuelto, a la fuerza, más pragmático. Hasta se ha recortado un poco el flequillo.

Ha perdido un punto de su fuerza de botella de champán recién descorchada, pero amenaza con recuperarla ahora que las urnas, según los sondeos oficiales, le han convertido en el gran triunfador de las elecciones. Y de qué manera: lograría una mayoría de 368 escaños en las elecciones en el Reino Unido, lo que le daría una mayoría absoluta sólida en el Parlamento para llevar adelante sus planes del ‘Brexit’. Le seguirían los 191 asientos que lograrían los laboristas de Jeremy Corbyn. Así que ahora le quedan horas de fiesta.

Alexander Boris de Pfeffel Johnson, de 55 años, al que ya el mundo entero sitúa con un sencillo Boris, se convirtió en premier el pasado julio, aunque sólo con el voto de sus colegas de partido (92.153 sobre 160.000). La marcha de su predecesora, Theresa May, a la que él contribuyó notablemente alimentando el ala más radical y euroexcéptica de los tories, le hizo inquilino del 10 de Downing Street sin ser ungido por el pueblo. 

Llegó a lomos del Brexit, la salida de su país de la Unión Europea, de la que es ferviente defensor. Durante meses ha intentado ejecutar ese divorcio, cuya fecha final estaba fijada para el 31 de octubre, insistiendo en que no le importaba irse a las bravas, porque era el momento y no se podía esperar más. Sin embargo, ante las terribles consecuencias de irse dando un portazo a Bruselas, acabó negociando con la Comisión Europea y firmando un nuevo acuerdo, el 17 de octubre, que en esencia es el mismo que él tantas veces criticó a May. Sólo hay cambios reales en la polémica frontera norirlandesa: Irlanda del Norte sigue alineada con ciertas normas del mercado único europeo pero forma parte del territorio aduanero del Reino Unido, con lo que los controles a los bienes se efectuarán en el punto de entrada a este territorio británico y no en la República de Irlanda. Con eso, Johnson ya podía colgarse la medalla de haber logrado más. 

Pero ni por esas ha conseguido que el Parlamento le arrope. Se ha topado con el muro de la oposición, por el que ha tenido que pedir otra prórroga, hasta el 31 de enero. Y sólo ha conseguido convocar elecciones anticipadas al cuatro intento, cuando los laboristas dijeron “ok”. Un colofón a semanas locas en las que Johnson se enemistó con todos suspendiendo el Parlamento para no tener que hacer frente a crítica alguna (el Supremo le tiró de las orejas, diciendo que era una maniobra ilegal), obligando a la reina Isabel II a pronunciar un discurso de inicio de legislatura imposible y, al final, cediendo. Ha sumado al legado de May algunos disgustos más y una tregua.

En campaña ha insistido en la idea de que hay que irse de Europa, buscando el voto brexiter. Pero si en eso se ha hecho fuerte, ha derrapado en cuestiones cotidianas que afectan mucho a la ciudadanía. No hay más que ver la polémica por la foto de un niño maltratado por la sanidad pública que él se negaba a mirar y que ha sido una bomba a tres días de las elecciones, o cómo ha tenido que acudir a argumentos muy de derechas, proteccionistas, como el control intensificado de la inmigración, mal visto hasta por sus correligionarios. Va a por todas. 

Siempre buscando la cumbre 

Boris Johnson es un niño bien que ha ido de díscolo por la vida, periodista de oficio, historiador y finalmente político, siempre buscando la cumbre. Lo dicen todos los que lo rodeaban en sus puestos anteriores, como alcalde de Londres (entre 2008 y 2016) y ministro de Exteriores (de 2016 a 2018). 

Es hijo de Stanley Johnson, un conocido diputado conservador, funcionario del Banco Mundial y las instituciones europeas, y de la pintora Charlotte Johnson WallBoJo. Nació en el Upper East Side de Nueva York y pasó sus primeros años en Washington, por lo que hasta 2006 tuvo la doble nacionalidad, británica y norteamericana. De pequeño iba por ahí diciendo que quería ser “el rey del mundo”, aunque los suyos lo toman como una anécdota y en realidad lo recuerdan como un chaval tímido, tranquilo y estudioso, a veces un poco aislado por episodios de sordera. De vuelta a su país, hizo la secundaria en el elitista Eton y luego la carrera de Estudios Clásicos en la Universidad de Oxford. Siempre destacaba en las actividades de oratoria de debate. 

Tras iniciarse como periodista en publicaciones universitarias, empezó a trabajar en un grande, el conservador The Times, pero duró un año. Lo echaron por inventarse una cita. Pese a ello, no tuvo problemas para ser contratado por el Daily Telegraph y convertirse en su corresponsal en Bruselas. En ese tiempo, sus crónicas irónicas contra la UE le reportaron una notable popularidad. No tenía clemencia con las instituciones europeas, como ahora. Allí estuvo hasta 1994.  

Otra vez en Reino Unido, fue nombrado director de The Spectator, pero no por mucho tiempo. Aparcó la información diaria y empezó a escribir ensayos y a colaborar con diferentes medios, igualmente de la órbita tory. Entró en política en 2001, ganando puesto como diputado conservador por Henley-On-Thames, zona tradicional de derechas. Era fácil pescar en ese río. Siempre a base de tesón y de esa “empatía irresistible” de que hablan sus asesores, fue ocupando mayores cargos, en el partido y en las instituciones. Fue ministro en la oposición para temas de educación (como un portavoz de quien no gobierna, muy centrado en la materia) y entró en la órbita del que fuera primer ministro David Cameron, su compañero de club en Oxford.

Renunciaba a tener escolta, iba a trabajar en bicicleta, confraternizaba en el pub con los empleados del Parlamento... Caía bien y, además, tenía formación y ganas para asumir más. Por eso, en mitad de una crisis enorme y necesitando renovación, los tories le ofrecieron en 2007 la candidatura a la Alcaldía de Londres. Ganó y luego revalidó el cargo en el siguiente mandato, en una capital con un perfil marcadamente progresista. Entre sus méritos, haber conducido con éxito los Juegos Olímpicos de 2012. Eran tiempos en los que decía, sobre ser primer ministro: “Me parece bastante más probable que encontremos a Elvis en la Luna o que yo me reencarne en un olivo”.

ASSOCIATED PRESS
Jugando al tenis de mesa con un grupo de niños, en junio de 2010, en un acto por los Juegos Olímpicos de Londres. 

En 2016, la consulta popular convocada por Cameron para ver si sus conciudadanos querían o no Brexit acababa en “sí” y, tras el bochorno y la crisis, el premier se fue. Johnson vio entonces un hueco para llegar a lo más alto, pero no era su momento. Había subido mucho, pero otros eran más veteranos y pesaban más. Fue el momento del ascenso de Theresa May, que lo llamó para que ocupase la cartera de Exteriores. Un segundo plato nada despreciable que le permitió entrar en el gabinete, conocer a fondo la administración, tomar mejor el pulso de su partido y prepararse para dar la estocada mayor: cuando vio que su jefa parecía agotada por la negociación del Brexit y las batallas parlamentarias, la dejó tirada, dimitió y se dedicó a formar un bloque proBrexit que le amargó los últimos meses de mandato. 

Tumbada la reina, le fue pan comido ganar a su contrincante en las primarias conservadoras, Jeremy Hunt, y hacerse con el Gobierno. Un equipo a su medida, con partidarios del Brexit y hasta de la pena de muerte, en el que metió a su hermano Jo, quien se acabó marchando porque a su hermano lo quiere mucho pero en el tema del Brexit no se entienden.  

De polémica en polémica

En el tiempo de Johnson en el poder, como ministro y como premier, ha cosechado muchos titulares por anécdotas, dislates, salidas de tono y alguna que otra situación comprometida. Lo mismo escribía poemas sobre el turco Recep Tayyip Erdogan sodomizando a una cabra que decía que el ruso Vladimir Putin se parecía al Dobby de Harry Potter, “un tirano despiadado y manipulador”. A la UE la comparó con Hitler y con Napoleón. Sobre Barack Obama y su oposición al Brexit dijo: “Le entiendo. ¿Qué tiene de extraño que un hombre de origen keniata sienta una antipatía ancestral por el Reino Unido?”. De África, “ese país” (sic), señaló que el problema que arrastra no es del colonialismo pasado, sino de que “ya no estamos nosotros a cargo”. Y de China, que su “aportación a la cultura universal es virtualmente nula, y resulta muy improbable que se incremente”. 

Racista, colonialista, supremacista... de todo le han dicho. También machista, después de decir, por ejemplo, que una mujer con burka era como un buzón de correos, o que norteamericana demócrata Hillary Clinton parecía “la enfermera sádica de un hospital mental”. “Si puede lidiar con Hillary, seguro que puede lidiar con cualquier crisis mundial”, dijo sobre su esposo, Bill, a quien sí quería en la Casa Blanca, pese a que ahora es el mayor partidario de Donald Trump, con quien se lleva estupendamente y a quien hay quien dice que se parece demasiado. Más: “Si votas al partido conservador, es mucho más probable que a tu mujer le crezcan los pechos y tú puedas comparte por fin un BMW M3”, dijo en 2017. 

Justo cuando peleaba por ser primer ministro, se conoció un incidente con su novia, Carrie Symonds, en su propia casa, una pelea a gritos que hizo que los vecinos llamasen a la policía. No fue más allá, pero ya entonces se acuñó la frase de que “el único que pude detener a Boris, es Boris”. Él es su peor enemigo.

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Boris Johnson y su pareja, Carrie Symonds, en Downing Street, camino de un acto por los caídos en las Guerras Mundiales. 

El candidato conservador de este 12-D se casó dos veces y se convirtió en padre de cuatro hijos con su segunda esposa, una consejera de la reina Isabel llamada Marina Wheeler. Tras años de infidelidades, incluso de demandas por paternidad en relaciones extramatrimoniales, se separaron el año pasado después de que trascendiera que Johnson tenía una relación con Symonds, una empleada del Partido Conservador, 24 años menor que él.

Con lo que parece contar siempre, pese a todo, es con su familia, una piña. La saga, iniciada con bisabuelo diplomático procedente del Imperio Otomano, sigue con el padre político y la madre pintora, más unos hermanos inclinados al periodismo y que políticamente le llevan la contraria. En eso confía, también, en las urnas: en que, más allá de la ideología, su imagen, arrolladora -incluso sin entrar a comparar con la lánguida figura del laborista Jeremy Corbyn- pese tanto que la mayoría absoluta llegue y pueda, sin límites, ponerse a gobernar. A su modo. 

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