INTERNACIONAL
14/01/2021 07:04 CET | Actualizado 14/01/2021 12:19 CET

"El baño de sangre pudo ser mucho peor": los asaltantes iban más armados de lo que se pensó

Los agitadores pro-Trump tenían el arsenal necesario, y la voluntad, para desatar una violencia mayor de la que se presenció el 6 de enero en el Capitolio.

PHOTO BY SHAY HORSE/NURPHOTO VIA GETTY IMAGES

Los agitadores en favor de Donald Trump que asaltaron el Capitolio el miércoles 6 de enero llevaban armas de mano, pistolas, rifles de asalto y una “tonelada” de munición. Uno de los asaltantes se paseaba con una pistola de 12 cartuchos dentro del Capitolio. Otro fue arrestado con una Smith & Wesson en el bolsillo, un rifle de asalto, una segunda pistola, munición y 11 cócteles molotov en la furgoneta que aparcó a la vuelta de la esquina.

En un hotel a pocas calles del Capitolio, un hombre aparcó su remolque con un rifle de asalto, una Glock y cientos de balas antiblindaje. En unos mensajes enviados a su familia, fantaseaba con encontrar a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y “meterle una bala en la cabeza en directo en la tele”.

Los disturbios sin precedentes del miércoles pasado acabaron con cinco muertos y decenas de heridos, incluidos policías y periodistas. La violencia está sacudiendo el país entero y esto ha llevado a que los demócratas e incluso algunos políticos republicanos estén pidiendo un segundo impeachment contra el presidente saliente, Donald Trump, por haber incitado al ataque.

Trump es tan narcisista que a veces nos olvidamos de que también tiene una destreza política innataJosh Horwitz, activista contra las armas.

Pero los asaltantes iban con la intención de hacer mucho más daño.

Conforme crece la lista de arrestos, también lo hace el número de pruebas del poder armamentístico que trajeron consigo los insurgentes. Las autoridades solo han imputado a unos 50 de entre los cientos de asaltantes que accedieron por la fuerza al Capitolio, pero solo con eso ha sido suficiente para desvelar un arsenal de explosivos, armas y munición. Otros “solamente” asaltaron el capitolio armados con cuchillos, táseres y puños americanos, según informa la Policía, y las fotografías muestran a incontables agitadores con bates y porras.

“El baño de sangre pudo ser mucho peor”, asegura Josh Horwitz, un famoso activista que lleva años abogando por el control de las armas y director ejecutivo de la Coalition to Stop Gun Violence (Coalición para acabar con la violencia con armas). 

La cifra exacta de asaltantes equipados con armas letales nunca se conocerá, ya que las fuerzas del orden permitieron a muchos abandonar el Capitolio tras el asalto, pero los miembros más peligrosos siguen campando libres. Ahora mismo, las autoridades están tratando de averiguar quién fue el responsable de colocar bombas caseras en la sede del Comité Nacional Republicano y del Comité Nacional Demócrata.  

Lo que está claro es que estos agitadores tenían el arsenal necesario —y la voluntad— para desatar una violencia incluso mayor si hubieran encontrado objetivos mayores.

A medida que se acercaba la fecha del 6 de enero, los más fanáticos debatían en medios como Parler qué equipo y qué armas debían llevar. Se sentían empoderados por el aviso de Trump de que el día iba a ser “salvaje” y estaban listos para violar el estricto control de armas del Distrito de Columbia, donde está el Capitolio.

“Sí, es ilegal, pero esto es la guerra y estamos claramente en una fase post-legal de nuestra sociedad”, escribió uno de los simpatizantes de Trump, tal y como recoge The Washington Post. En la página thedonald.win, una persona animó a ir a Washington, D.C. “ARMADOS CON UN RIFLE, UNA PISTOLA DE MANO, DOS CUCHILLOS Y TANTA MUNICIÓN COMO PODÁIS CARGAR”.

Tras acceder a los vestíbulos del Congreso, algunos asaltantes empezaron a cantar “colgad a Mike Pence”, el vicepresidente saliente, que se encontraba en el interior del edificio en una sesión programada para certificar la victoria electoral de Joe Biden. En el exterior, otros fanáticos acababan de construir una horca

Las insurrecciones se vuelven ‘mainstream’

Para Horwitz, el arsenal que los asaltantes trajeron consigo en lo que había empezado como un mitin con el presidente es un reflejo temible de lo corriente que se ha vuelto la idea de la insurrección. 

“Demasiados de nuestros cargos electos han recurrido a la idea de la violencia política con fines electorales”, lamenta Horwitz. “Cuando tachas de tiranía todo con lo que discrepas, el pueblo actúa”.

Durante las décadas que lleva siendo activista por el control de las armas, Horwitz ha visto cómo la industria de las armas y los políticos republicanos han sembrado la idea de una insurrección armada, desde la extrema derecha en internet hasta otros políticos conservadores más moderados

Poco a poco, han ido reformulando la segunda enmienda, que les da derecho a portar armas y defenderse con ellas, hasta hacerla significar que los ciudadanos deben armarse contra el Gobierno, denuncia Horwitz. Los ejemplos abundan: el expresidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich diciendo que la Segunda Enmienda “no va sobre caza” o la candidata republicana al senado Sharron Angle diciendo que los ciudadanos tal vez usarían la segunda enmienda como medicina para “los problemas provocados por Harry Reid”, su rival político en 2012.

Por esas fechas, la Asociación Nacional del Rifle y el lobby de las armas había dejado de representar solamente a los amantes de la caza y los deportes de tiro y había expandido su membresía y su implicación en política al promover la idea de que los ciudadanos deberían poder portar las mismas armas que el Gobierno. Ahora, el listado de armas incautadas en el asalto al Capitolio es muy similar al que podrías encontrar en cualquier espectáculo de fin de semana en Estados Unidos.

La convicción de que los ciudadanos tienen derecho oponerse al Gobierno si no les gustan sus políticas creció con la elección de Obama, el primer presidente negro del país. Cuando aprobó su mayor éxito en la presidencia, la Ley del Cuidado de la Salud Asequible, hubo una ola de manifestaciones en todo el país en las que era muy frecuente ver banderas de Gadsden  —una referencia a las consecuencias violentas que puede sufrir el Gobierno si se extralimita— y a menudo había grupos armados en estas protestas.

Estos agitadores tienen el arsenal necesario —y la voluntad— para desatar una violencia incluso mayor

“El insurreccionalismo está vinculado con el racismo”, explica Horwitz. “Es una cuestión de control y poder. ‘Tu seguridad social es tiranía porque no me gustan las personas beneficiadas. No me gustan tus leyes y a estos gobernantes no les gusto yo, así que necesito mi arma para luchar contra la tiranía’”.

Esta corriente de pensamiento ha llegado a su cima con Trump. Desde su campaña presidencial de 2016, cuando dijo que si Hillary Clinton ganaba, “la gente de la segunda enmienda” podía hacer algo al respecto, Trump ha fomentado la idea de que los desacuerdos políticos los ganan quienes tienen más armas.

En enero del año pasado, Trump encargó a 15.000 personas armadas que marcharan al capitolio de Virginia el día de Martin Luther King Jr. para manifestarse contra un posible control de armas en el estado. Al inicio de la pandemia, urgió a sus seguidores de Twitter que devolvieran la libertad a los estados que habían impuesto confinamientos domiciliarios. Era un mensaje claro para que sus seguidores tomaran las armas y marcharan contra los gobiernos demócratas de sus estados, que fue exactamente lo que pasó en Michigan.

“Nadie ha entendido mejor que Donald Trump cómo utilizar la fuerza de las masas como ejército privado”, admite Horwitz. “Es tan narcisista que a veces nos olvidamos de que también tiene una destreza política innata. Se dio cuenta enseguida de que podía cautivar a este sector de la población para ganar mucho poder”.

El miércoles, Trump advirtió a los miles de seguidores —casi todos blancos— que habían acudido a su llamada: “Si no lucháis duro, dejaréis de tener un país”. Y estos marcharon directamente al Capitolio.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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