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23/11/2019 16:14 CET | Actualizado 25/11/2019 13:04 CET

En una cárcel conflictiva y esperando una nueva repetición judicial: así es la vida de Pablo Ibar tras evitar la muerte

El español fue condenado a cadena perpetua por un tribunal del estado de Florida.

EFE
Pablo Ibar, durante el juicio.

No logró la libertad, pero Pablo Ibar, el español que lleva 25 años preso en el estado de Florida (Estados Unidos), 16 de ellos en el corredor de la muerte, consiguió salvar la vida el pasado mes de mayo, cuando el jurado lo condenó a cadena perpetua.

Con este veredicto, el juez volvió a acusar directamente al hispano-americano como responsable del triple asesinato cometido el 26 de junio de 1994 en Miramar (Florida). En él murieron Casimir Sucharsky, dueño de un club nocturno, y las modelos Sharon Anderson y Marie Rogers. Días después de esos hechos, Ibar fue detenido el 14 de julio, cuando acompañaban a unos amigos a resolver un trapicheo con las drogas. Menos de un mes después, estaba ya acusado junto a su amigo Seth Peñalver (detenido en otro contexto) como los perpetradores del asesinato al reconocerlos en las imágenes grabadas por la cámara de seguridad.

Desde entonces, Ibar y su familia viven en un círculo cerrado de abogados, juicios y sentencias desfavorables. Este es el cuarto proceso, tras concluir como nulo el primero en 1998 y como aplazado el segundo, debido a que su abogado fue detenido por agredir a una mujer embarazada. Sin embargo, la causa de Peñalver continuó en uno paralelo siendo sentenciado a muerte un año más tarde, aunque logró la libertad en 2012 al ser considerado inocente. 

Igual que su amigo, el español fue condenado a muerte el 17 de abril del 2000, pero sin correr a posteriori la misma suerte que Peñalver, ya que la cámara de seguridad grabó solo un rostro: con el que la Fiscalía de Florida asegura que es el rostro de Ibar, pese a que a varios peritos, entre ellos uno del FBI contratado por la propia Fiscalía, afirmaron que no podían determinar que se tratara del español. Desde ese día y hasta 2016, cuando el Tribunal Supremo anulara su sentencia a muerte alegando irregularidades y falta de pruebas, ha estado encerrado en el corredor de la muerte.

Precisamente fue el fallo del Supremo y la repetición del juicio el que hizo pensar a la familia que obtendría la libertad. Por eso, no entienden el veredicto de culpabilidad, que cayó como un golpe duro tanto para él como para su familia, encabezada y representada por su mujer, Tanya, y por su padre, Cándido. 

“Nos hemos llevado un disgusto muy grande con esta sentencia. Ha sido un golpe mayor que el recibido en la primera condena. Aquella vez sabíamos que no teníamos un buen abogado, pero ahora… Sigo sin saber cómo ha podido salir culpable”, asegura a El HuffPost un resignando Cándido, que poco a poco va recuperándose del shock.

Tanya, que a sus 41 años lleva desde los 16 años defendiendo la inocencia de Ibar, apoya estas palabras subrayando el paso del tiempo y el desgaste que conlleva: “Tenía muy buena defensa. Creíamos realmente que era casi imposible que se repitiera la sentencia y que hubiera que volver a empezar... Le esperábamos en casa”.

Entre todos intentan ayudarse para que Pablo, que también recibió el veredicto como un mazazo, mantenga la esperanza y “sea positivo” para “continuar” en la lucha que mantienen con la justicia norteamericana. Aunque la decisión judicial significa que nunca más podrá volver a ser condenado a muerte y que nunca volverá a pisar un corredor, Ibar morirá en la cárcel en caso de que no consigan darle la vuelta a la situación.

Además, la prisión de Okeechobee a la que ha sido trasladado deja mucho que desear para la familia. Según la página web del correccional, hay un total de 1.632 presos, pero apuntan que incluso hay alguno más y muestran una evidente preocupación por el tipo de preso con los que convive a diario.

Andrés Krakenberger
Pablo Ibar fue visitado por su mujer Tanya (arriba a la derecha), sus hijos Giorgio y Javier Andrés, la hermana de Tanya y su hija Ziona.

 “Es muy vieja y hay bandas y grupos organizados. Al primer compañero que tuvo de celda le acuchillaron”, señala Cándido, antes de reconocer que la prisión fue designada por las instituciones estadounidenses y que es muy difícil poder cambiar esa decisión. Su mujer, que lo visita cada fin de semana (solo puede ir uno de los dos días por la mañana debido a la gran cantidad de presos que hay), afirma que el que tiene ahora “es terrible” y que está “con las drogas todo el día”.

Su padre, además, dice que el problema de las visitas es que los ponen en una sala con una mesa en la que no caben todos los presos, así que, si se llena, tienen que salir los primeros. “Tuvimos que irnos a las 11.30 porque estaba a tope”, especifica.

“Es casi más peligroso que el corredor del muerte, ahí estabas encerrado solo en tu celda durante todo el tiempo contigo mismo. Aquí la compartes y hay peleas, pasan muchas cosas, muchas drogas, disputas”, continua describiendo Tanya, antes de marcharse a trabajar, lo hace como enfermera con jornadas de 10 ó 12 horas de lunes a viernes, más algún fin de semana, para sacar adelante a la familia, a sus dos hijos y ayudar a obtener el dinero necesario para las apelaciones y el abogado.

Tanto ella como Cándido solo encuentran un aspecto claramente positivo de la nueva prisión: está a poco más de una hora de la casa de Tanya (el corredor lo tenía a unas cinco). También destacan que puede estar en el patio haciendo deporte o ir a comer normal, siempre y cuando no les castiguen, algo que sucede con relativa frecuencia.

En caso de que existan esos problemas, los guardias toman la drástica medida de encerrar a todos en sus celdas. De hecho, Tanya cuenta que la semana del 11 al 17 de noviembre no pudo hablar con él porque estaban todos encerrados por una pelea que hubo. 

Un caso que está lejos de acabar

Pocos días después de la sentencia, la defensa ya presentó una moción ante el Tribunal de Broward County como primer paso para enviar el recurso de solicitud que permita repetir el juicio. Tanya y Cándido afirman con rotundidad que no se van a rendir, algo que llevan demostrando más de dos décadas.

“La gente no se da cuenta de que no sólo es que quiera a Pablo, sino que yo sé dónde estaba él [el día de los hechos]. Ese es el motivo por el que sigo aquí”, asegura su mujer, que continúa defendiendo la inocencia de Ibar: “Lo más fácil habría sido alejarme y seguir con mi vida, pero haberlo hecho sabiendo que él es inocente habría sido muy cruel. Espero que la gente entienda que el motivo por el que he seguido con él tanto tiempo es porque sé la verdad. Para mí es casi imposible dejarlo. Sería muy injusto por mi parte. No podría hacerlo”.

Andrés Krakenberger, abogado y portavoz de la Asociación Pablo Ibar Juicio Justo (cerraron la Asociación contra la Pena de Muerte Pablo Ibar para abrir esta), explica cómo va a ser el proceso judicial al que se va a enfrentar la familia. 

El próximo mes de mayo recibirán las transcripciones de los tres meses de juicio que los abogados de Ibar peinarán de arriba a abajo para sumar nuevas irregularidades a las muchas que ya tienen archivadas. 

GTRES
Pablo Ibar durante el último juicio.

“No es que haya una grande, otras medianas y algunas más pequeñas, son todas muy de detalles en las que cada una de las cuales, por si solas, igual no sirven para impugnar un juicio, pero todas juntas hacen una lluvia fina que ha sido casi constante durante todo el juicio”, señala Krakenberger.

En el documento que tienen, aparecen algunas como que el juez Dennis Bailey había sido fiscal en la misma fiscalía en la que trabajaba el fiscal del caso, Chuck Morton, quien volvió para este juicio tras siete años de retiro o la prohibición de hablar sobre el caso de Peñalver. Asimismo se destaca que de las más de 100 huellas dactilares halladas en escena del crimen, todas excluían a Ibar o que un testigo ocular acudió a comisaría por un “anuncio de recompensa por cualquier testimonio que llevara a una inculpación”.

Además, alegan otras irregularidades como el borrado de unas cintas de vídeo bajo custodia policial, la manipulación de pruebas como una camiseta, la retractación de un integrante del jurado al confesar haber recibido presiones o el hecho de que expertos de reconocimiento facial como el británico Raymond Evans hubieran testificado que había varias diferencias entre el rostro de Ibar y el grabado en la cámara de seguridad del domicilio de Sucharski.

El camino de apelaciones que tienen no es sencillo ni corto. Primero irán al Tribunal de Apelaciones del 4º distrito de Florida y, en caso de que no salga adelante (puede tardar más de tres o cuatro años a que salga el fallo), continuarán con el Tribunal Supremo de Florida, el 1º Tribunal de Apelaciones Federal y, por último, el Tribunal Supremo de Estados Unidos. 

“No hay una razón fuerte para que Pablo siga ahí todavía. No será fácil, pero vamos a intentarlo todo. En este mundo, si no crees no lo puedes hacer posible”, reflexiona finalmente Tanya.  

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