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09/06/2021 07:14 CEST | Actualizado 09/06/2021 07:14 CEST

Jóvenes: ni vivienda, ni emancipación

Si no hacemos algo para evitarlo, los problemas que nuestros jóvenes sufren en el presente serán problemas que toda la sociedad acabará pagando en un futuro.

Jon Imanol Reino / NurPhoto via Getty Images
Un grupo de manifestantes protesta por el precio de los alquileres en la Puerta de Sol en Madrid.

Cuando hablamos de futuro pensamos automáticamente en los jóvenes. Las nuevas generaciones de españoles merecen políticas decididas, dirigidas a apoyarles en el inicio de su andadura personal y profesional y construir un proyecto de vida. Pero hasta el momento, por desgracia, estas parecen haber sido relegadas siempre a un segundo plano, como si no fueran prioritarias. Un craso error, a mi juicio, porque una sociedad que da la espalda a sus jóvenes es una sociedad que da la espalda a su futuro.

Los jóvenes españoles son uno de los colectivos más afectados por la crisis económica y social que ha provocado la pandemia de covid-19. Para muchos de ellos es la segunda gran crisis que viven en menos de 10 años. Muchos de los que apenas acababan de recuperarse desde entonces, ahora se ven otra vez golpeados por una crisis que, como una maldición, parece volver a negarles su futuro. Algunos estudios apuntan a que estas personas nunca podrán recuperar los ingresos perdidos durante esta década. Por eso mismo, no podemos permitirnos perder más tiempo. Debemos actuar con urgencia. Porque el gran riesgo que corremos es que, si no hacemos algo para evitarlo, los problemas que nuestros jóvenes sufren en el presente serán problemas que toda la sociedad acabará pagando en un futuro.

Si pensamos en las herramientas que ayudan a los jóvenes a labrarse un futuro digno, el primer ámbito en el que tenemos un suspenso es el de la educación. También por desgracia para ellos, durante todos estos años nuestros alumnos se han visto en medio de un fuego cruzado de reformas y contrarreformas educativas del PP y del PSOE, que nunca han visto en la educación una política de estado, sino un arma arrojadiza a través de la cual canalizar sus programas ideológicos.

Prueba de ello son las altas tasas de fracaso escolar y de repetición, que afectan fundamentalmente al alumnado en situación de desventaja socioeducativa. El que estas tasas solo muestran mejorías en momentos donde las perspectivas económicas parecen menos alentadoras debería dejarnos también un regusto amargo, porque indican que, para muchos de nuestros jóvenes, permanecer en el sistema educativo es la opción que toman por resignación cuando la economía no les ofrece oportunidades laborales inmediatas.

La mayoría de los jóvenes se esfuerzan para sacar adelante sus estudios, pero cuando terminan se encuentran con un mercado laboral que no cuenta con ellos

No obstante, la mayoría de los jóvenes se esfuerzan para sacar adelante sus estudios, pero cuando terminan su formación profesional o sus estudios universitarios se encuentran con un mercado laboral que no cuenta con ellos. Pensemos en cómo deben sentirse: ellos han cumplido con el esfuerzo y dedicación que la sociedad les ha pedido y, sin embargo, todas las puertas parecen estar cerradas.

Hemos llegado un punto donde nuestros jóvenes lo único que piden, simplemente, es una oportunidad de demostrar lo que valen. Pero muchos no llegan a tener esa oportunidad. Es una verdadera lástima que parte de nuestro talento juvenil tenga que irse a otros países a trabajar porque en el suyo no tienen salida.  Al final, la distancia que separa las aulas de las empresas era y sigue siendo demasiado grande. Por eso, queda claro que hay que reforzar los vínculos entre la formación y el empleo, como lo hacen otros países europeos.

Por si lo anterior no fuera suficiente, cuando estos jóvenes consiguen por fin entrar en el mundo laboral, se encuentran con la precariedad en su grado más absoluto. La tasa de paro entre las personas de menos de 25 años es del 37,7% (20 puntos más que la media de los países de la zona euro), les afecta la precariedad laboral, dado que casi la mitad de los jóvenes tiene un contrato temporal. Les es casi imposible emanciparse dado que solo el 4,9% de los menores de 25 años viven fuera de la casa familiar. No es de extrañar que seamos el país europeo con menor tasa de emancipación y el segundo con la tasa de natalidad más baja, y también que seamos el país de la Unión Europea el que las mujeres tienen su primer hijo con mayor edad. Con salarios precarios y alquileres elevados, ¿cómo van a poder afrontar nuestros jóvenes tener hijos?

Por otra parte, en el ámbito de la vivienda, queda claro que lo que está sucediendo es la consecuencia lógica de la falta de compromiso por parte de las Administraciones Públicas en las últimas décadas. La realidad es que en España sencillamente no hemos tenido una verdadera política de vivienda.

Es verdad que se han construido viviendas de protección oficial en este tiempo, aunque de manera insuficiente, pero lo peor es que, mirando en retrospectiva, buena parte de ese esfuerzo ha sido en balde. Porque esa inversión en vivienda, que debería habernos permitido constituir al menos los cimientos de un parque público que facilitase el acceso a la vivienda a colectivos con especiales dificultades, incluidos los jóvenes, ha terminado revendiéndose, no pocas veces con cuantiosas plusvalías para quienes han especulado con estos inmuebles.

Muestra también de esa falta de decisión en materia de vivienda es el hecho de que todavía en un país como España persisten importantes núcleos de infravivienda y chabolismo. Verdaderas trampas de pobreza que atrapan a quienes nacen y viven en ellas y ponen frenos al ascensor social que debería garantizar la igualdad de oportunidades de todos.

Desde Ciudadanos queremos que el gobierno aporte soluciones a esta lamentable situación. Que, de una vez por todas, abandone la parálisis que muestran en esta materia. Para ello, desde Ciudadanos consideramos esencial reorientar las políticas públicas de vivienda impulsadas hasta la fecha a través del Plan Estatal de Vivienda, focalizando los esfuerzos en incrementar el número de viviendas públicas para el alquiler social. Tenemos que dar prioridad a la construcción de este tipo inmuebles frente a los que se destinan a la venta, igual que debemos desarrollar mecanismos de colaboración público-privada que ofrezcan a los arrendadores que pongan su vivienda en régimen de alquiler asequible garantías frente al riesgo de impago. Igualmente deberíamos reorientar los incentivos fiscales existentes a favorecer el alquiler a precios asequibles de pequeños propietarios.

Asimismo, proponemos que el próximo Plan Estatal de Vivienda prevea recursos para que las comunidades autónomas puedan establecer incentivos para incorporar inmuebles que estén desocupados con carácter permanente en el mercado de alquiler protegido, de modo que puedan destinarse a paliar las necesidades habitacionales de los colectivos con mayores dificultades de acceso a la vivienda de nuestra sociedad.

Ante este panorama, me parece muy injusto decir a nuestros jóvenes, como muchos hacen, simplemente que “perseveren”, que “es lo que les toca”, como si la precariedad fuese una ley de la naturaleza a la que hubiera que resignarse. Porque realmente “lo que les toca” a nuestros jóvenes es todo lo contrario: aportar su talento, sus ganas, su fuerza. Y también reivindicar sus derechos. No, en ningún caso, resignarse a unos empleos precarios y con bajos salarios que les impiden labrarse un futuro profesional, salir de casa de sus padres, formar una familia. En definitiva, desarrollar un proyecto vital propio y autónomo como sujetos activos de nuestra sociedad.

Desde el Gobierno llevan unos días hablando de la España del 2050.  Pensar en el futuro que queremos siempre es positivo, pero para llegar allí, lo primero que hay que hacer es encargarse de los problemas del presente. Y, de forma especial, los de los jóvenes del 2021, porque serán ellos los que nos lleven a esa España del 2050.

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