INTERNACIONAL
17/05/2019 21:35 CEST | Actualizado 17/05/2019 21:36 CEST

Los ideales del Grupo de los Verdes / Alianza Libre Europea

Aspiran a ser la cuarta fuerza en el Parlamento, con un ascenso de cinco escaños: la movilización en la calle contra el cambio climático aún no cristaliza en votos.

Associated Press
Ska Keller, la candidata de Los Verdes a la Comisión Europea. 

El Grupo de los Verdes / Alianza Libre Europea es hoy el quinto mayor del Europarlamento, un bloque que irrumpió en el hemiciclo en los años 90, cuando comenzó a extenderse la conciencia ambiental y a cristalizar en partidos y en votos. Con 52 escaños de 751, agrupa, como su nombre indica, a partidarios de políticas verdes, que van de la izquierda al centro izquierda. En su seno están el Partido Verde Europeo, la Alianza Libre Europea y algunos diputados independientes, como los del Partido Pirata (Pirates). 

La suya es una historia de éxito creciente. No es flor de un día. Desde 2004, ascienden sin parar, pese a los recelos que generan en los grandes grupos de presión empresarial. Las previsiones de voto para las elecciones del 26 de mayo les dan mejores datos de los que tienen ahora, pero sin revolucionar el panorama comunitario: lograrían 57 asientos, en un Parlamento reducido a 705 como consecuencia del Brexit. Las manifestaciones que llevan meses viéndose en las calles de las principales ciudades europeas, especialmente lideradas por estudiantes, parece que aún no sirve para encumbrar a Los Verdes. Simpatías, sí, pero que no cuajan en votos. 

Estarían entre la quinta y la sexta posición, pero se podrían encontrar en una posición parecida a la de los liberales, de ascenso no meteórico pero suficiente para ser llave de gobernabilidad, para servir de apoyo a los grandes (populares y socialistas) e imponer así su visión del mundo y sus propuestas políticas. En algunos países, como Alemania, podrían convertirse en segunda fuerza, y quizá tercera en Bélgica y Holanda, donde las protestas juveniles contra el cambio climático sí han generado una conciencia social mayor.

Los partidos más grandes, que han adaptado sus programas para intentar dar respuestas a esta inquietud, parece que siguen siendo los que acaban cosechando los votos mayoritariamente. 

La candidata de este grupo a la Comisión Europea es la alemana Franziska Maria Keller, más conocida como Ska Keller, especialista en Estudios Islámicos, de 37 años. La más joven de los aspirantes. Hereda un liderazgo en el que han estado antes mitos de la izquierda europea, como los franceses José Bové y Daniel Cohn-Bendit

El grupo acoge a diputados de cuatro formaciones españolas: la Esquerra Pel Dret a Decidir, la Izquierda Plural, Primavera Europea y Los Pueblos Deciden. En su mesa, en la legislatura recién agotada, tenía como vicepresidente a Josep María Terricabras

La prioridad: el cambio climático

No podía ser de otra manera: el grueso de su programa para el 26-M lo forman propuestas contra el cambio climático, la “prioridad absoluta”. Se alinean con los expertos de Naciones Unidas que sostienen que aún hay margen de maniobra para revertir ese cambio, una ventana de oportunidad de 12 años. Pero hay que empezar a hacer cosas sin dilación y sin dudas desde ya o no llegaremos a ese plazo. 

En su argumentario de campaña han redactado una especie de diez mandamientos indispensables para esta pelea, y que presentaron formalmente coincidiendo con la visita al Parlamento Europeo de la activista sueca Greta Thunberg, el rostro de la movilización verde. Hay que “aumentar la ambición climática de la Unión Europea, elevar el objetivo climático de la UE para 2030 hasta una reducción de al menos un 60% de emisiones de gases de efecto invernadero e implementar un Green New Deal para convertirse en una economía de emisiones cero y con energías 100% renovables mucho antes de 2050”.

La gran pregunta es ¿cómo se logra eso? Sus diez consejos o retos de gestión comienza con una cuestión de filosofía: “dejar de subvencionar el cambio climático”. Cada año, dicen, la economía fósil disfruta de al menos 55.000 millones de euros de subsidios públicos en Europa. “El dinero de los contribuyentes debe invertirse en la transición ecológica de nuestra economía (transporte sostenible, energía renovable, ahorro de energía, energía y eficiencia de recursos, agroecología)”, proponen.

Cada euro invertido en los futuros proyectos de servicios de la UE han de ser “verdaderamente sostenibles”, en lugar de estar “atrapados en actividades medioambientales y perjudiciales para el clima”.

Hay que “poner un precio justo al carbono”, con impuestos sin miedo a las grandes empresas y un control riguroso de las cuotas de emisiones que se compran a otros países, “para asegurar que los mayores contaminadores, como la aviación, el transporte marítimo, los productores de energía y la industria pesada, comiencen a pagar su parte en la lucha contra el cambio climático”. Esto generaría un ingreso de 28.000 millones al año, calculan. 

Los Verdes defienden que hay que ser, pues, justos en el campo fiscal, “alejando” la carga de los ciudadanos y poniéndola sobre los hombros de los contaminadores. Aquello de “quien contamina, paga”. No sólo es una cuestión de tasas y reparto, sino de limpieza: si se impide que se evadan impuestos, si se mejoran las finanzas públicas, si se invierte en lo sostenible, el sistema global tendrá “el bien común” como beneficiario. 

La llamada transición ecológica, añaden, también debe llevar la etiqueta de justa, “que no deje a nadie atrás y mitigue las dificultades sociales y económicas que pueden ocurrir durante la transición lejos de la economía fósil”. Los ingresos provenientes de la fijación de precios del carbono deben utilizarse para respaldar económicamente a las regiones, comunidades, trabajadores y ciudadanos más vulnerables para que participen en la transformación, ahondan. Es otra de las características de este grupo parlamentario: su tendencia al regionalismo y al cuidado de los territorios pequeños o medios. 

Sobre movilidad sostenible, piden “menos aviones y más trenes”. Quieren poner fin a la exención de impuestos al queroseno e introducir el IVA en los vuelos. Que ese dinero se use para hacer, en paralelo, un sistema de ferrocarril “más asequible, más frecuente, mejor conectado y más eficiente”. Hablan de mejores conexiones en el continente y hasta de trenes nocturnos, poco frecuentes. También quieren menos camiones y más transporte de mercancías por tren y por mar. Todo, acompañado de “una planificación urbana más sostenible para más soluciones de transporte público y movilidad suave”.

En cuestiones de energía, abogan directamente por una “revolución”, con una inversión masiva en renovables y eficiencia, para que el 100% de las necesidades europeas se cubran con ellas progresivamente y dejemos de depender de otros estados, de las nucleares o las energías fósiles. Va de la mano de la pobreza energética: si las comunidades producen, consumen, almacenan, venden y comparten su propia energía, la brecha se solventará. Y se ponen un primer objetivo: mejorar la eficiencia energética en un 3% al año.

Su plan para la agricultura y el uso de la tierra es que se financien granjas, “no fábricas”, y se proteja la biodiversidad: que la UE ponga fin a la agricultura industrial, promueva una Europa sin pesticidas y reduzca significativamente la cantidad de ganado, que no llegue aceite de palma o de soja por no ser responsables más que de una deforestación masiva en el planeta, que se ayude a reforestar el planeta, se restauren suelos y se preserven los humedales. Las ciudades necesitan de más espacios verdes, reclaman, 

Su modelo económico va de la mano de la lucha contra el calentamiento global. Por eso incluyen en su decálogo la petición de más eficiencia de los recursos y una economía circular: que se reduzca la materia prima primaria y se aumente la eficiencia de los recursos, para que un verdadero círculo y con recursos suficientes para 2050. “Prohibir la obsolescencia planificada, adoptar estándares de diseño ecológico, aumentar la durabilidad, la reutilización, los productos de reparabilidad, incluidos el derecho a reparar”, son sus propuestas en el plano tecnológico.

Por último, reclaman a Bruselas que haga acuerdos comerciales que pasen la prueba del Acuerdo de París sobre cambio climático de 2015, con la justicia climática como base. 

 

 

Mike Blake / Reuters
Unos operarios, colocando placas solares en el techo de una vivienda particular. 

Y empleo y feminismo e inmigración... 

Hay quien piensa, erróneamente, que un partido verde sólo habla de medio ambiente. Más allá de que todo lo verde es vida y afecta a cada átomo de nosotros (“El verde de los árboles es parte de mi sangre”, que escribía Fernando Pessoa), este grupo parlamentario contempla un programa específico para los otros problemas de la UE. 

Por ejemplo, tienen un paquete de medidas para impulsar el empleo joven, que plantea puestos “justos y verdes”, en renovables o zonas rurales, el fin de contratos de explotación para becarios o categorías junior, el pago de las prácticas de al menos el salario mínimo nacional o el 60% del ingreso medio (si no hay salario mínimo), educación pública y de calidad, más fondos de la UE (impulsar en 10 años lo que llaman Youth 2030, con Erasmus +, el Cuerpo Europeo de Solidaridad y la Iniciativa de Empleo Juvenil), aumentar el programa de Derechos, Igualdad y Ciudadanía con 3.000 millones de euros durante el período 2021-2030 y una Garantía Europea para la Juventud que sea vinculante y obligue a los países a todo ello. “Hagamos que la UE funcione para los jóvenes”, resumen, animando a darles una mayor participación en la toma de decisiones.

En su programa prometen pelear por acabar con la brecha salarial entre hombres y mujeres e igualar las pensiones, que ellas tengan más empleo estable y menos riesgo de caer en la pobreza. Anhelan el fin de la violencia machista, en forma de a la pareja o expareja o a cualquier otra mujer, más aún en un mundo cambiante en el que los discursos de hombres poderosos de la ultraderecha y la derecha (citan a Trump, Bolsonaro, Putin, Erdogan y Orban) ahondan en el desprecio a las féminas. Por eso, remarcan, tienen que llegar a las instituciones, como su candidata Keller: solo un tercio de los comisarios de la UE son mujeres y un 36% de los miembros del Parlamento Europeo. Nunca ha habido una presidenta de la Comisión Europea y sólo dos mujeres, recuerdan, han sido presidentas del hemiciclo, frente a 20 varones. 

Además de eso, ahora también somos testigos de una reacción negativa en términos de los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Si los últimos años nos han mostrado algo, es que la igualdad de derechos para las mujeres se ha convertido en un excelente campo de batalla para los populistas de derecha y los neoconservadores de toda Europa. Hombres poderosos como Trump, Bolsonaro, Putin, Erdogan u Orban, entre otros, también han recogido estos discursos de igualdad de género. En este contexto, nosotros, los Verdes / EPT, nos declaramos orgullosamente feministas como siempre y seguiremos trabajando para llevar a cabo las movilizaciones y demandas feministas que surgen de las calles a las instituciones europeas.

“Los Verdes / EPT nos declaramos orgullosamente feministas como siempre y seguiremos trabajando para llevar a cabo las movilizaciones y demandas feministas que surgen de las calles a las instituciones europeas”, escriben, cuando defienden el acceso a la salud y los derechos sexuales y reproductivos y recuerdan los límites al derecho al aborto que se están imponiendo en determinados países.

“Presionaremos para que la UE ratifique el Convenio de Estambul, que es el primer instrumento en Europa que establece normas jurídicamente vinculantes para prevenir y combatir la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica. No podemos permitir que los grupos neoconservadores y fundamentalistas con odio y campañas anti-feministas secuestren esta convención de gran alcance”, concluyen.

Juan Medina / Reuters
Manifestación del pasado 8 de marzo de 2019 en Madrid, en el Día de la Mujer. 

En materia económica, abogan por instaurar un salario mínimo “digno”, un sistema de impuestos “justo socialmente”, que va muy vinculado a las emisiones y el respeto ambiental, casas accesibles para familias desfavorecidas y acabar con la figura del trabajador pobre, tan extendida en España. 

Y en cuestiones migratorias, prima la visión de la izquierda más progresista. “Salvar vidas no es un delito. Es una desgracia cuando los salvavidas son tratados como criminales, cuando se les impide realizar operaciones de rescate y son llevados a los tribunales por motivos incoherentes y, al mismo tiempo, la Unión Europea sella el final de la Operación Sofía para salvar a los refugiados. Quienes asumen lo que debería ser el deber de los gobiernos de la UE y salvan vidas humanas merecen apoyo y reconocimiento”, dice Keller sobre los naufragios en el Mediterráneo.

A su entender, “Europa tiene el deber humanitario de poner fin a la tragedia en el mar. Los gobiernos de la UE no deben rendirse a los populistas de derecha en Alemania, Austria e Italia. Los gobiernos de la UE deben trabajar para garantizar que las organizaciones no gubernamentales sean libres de rescatar a las personas y que “La Unión Europea establece una misión civil de rescate marítimo en Europa. Los Estados miembros de la UE que deseen asumir la responsabilidad deben seguir adelante y proporcionar refugio a los refugiados”.

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