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26/10/2018 07:18 CEST | Actualizado 26/10/2018 07:18 CEST

La transición ecológica como transformación política

Pixabay

Para entender qué es la transición ecológica y cómo afecta a un país que no entiende siquiera lo que es la transición política, no hay que saber mucho de ecología, pero hay que saber casi todo de política. Ocurre como el pacto educativo y el salario mínimo interprofesional en España, que son dos olas recurrentes, que cambian con cada remodelación ministerial, sufriendo altibajos del cero al infinito y del todo a la nada; así viene ocurriendo desde el último período del saqueo de las clases "extractivas", del pirateo de la banca hasta hoy. El actual insólito Gobierno, del partido auto-definido, "somos la izquierda", -apoyado por Unidos Podemos desde fuera-, está reformando la pasividad incrédula por el cambio climático del indolente notario del trasnochado imaginario popular, Mariano Rajoy, acercándonos a la denodada voluntad de llegar a algo más digno, en energías renovables y transición ecológica, protagonizada por la testaruda ministra Teresa Ribera.

Para empezar, como ocurrió con el malogrado Ministerio de Vivienda (o el de Igualdad) se ha creado un Ministerio para la Transición Ecológica. No sabemos lo que durará, porque aquí no hemos cumplido ni los mínimos del Acuerdo de París de diciembre de 2015, ni hemos ayudado a la re-consolidación de las renovables. No ha habido, ni habrá tiempo. Tampoco hemos puesto freno al suicidio ecológico del tráfico, el turismo masivo, el transporte por carretera o el acoso a zonas vulnerables del litoral. Es una regla recurrente del PSOE crear ministerios que focalizan mucho un problema y lo dejan luego sin resolver, pero no tenemos más remedio que tener esperanzas en algún cambio de tendencia perdurable contra las políticas climáticas mundiales que están aumentando el calentamiento global, acelerando el colapso ambiental.

Hasta que se produjo la moción de censura a Rajoy por Pedro Sánchez, "el que siempre retorna", y se volvió al discurso de la lucha contra el cambio climático, España se ha movido a la deriva, como en tantas cosas que deberían contar con acuerdos de estado y voluntad generalizada de las fuerzas políticas, puestas en común. Ni voluntad, ni medidas concretas, ni acciones; sólo discursos, anuncios de legislación, grandes estrategias de retórica mendaz, con clamorosos retrocesos históricos, como ocurrió con las energías renovables. Sube la basura, la temperatura, el nivel del mar y los gases de efecto invernadero, pero cada vez hay más llamadas a acciones irrealizables: planes de rehabilitación o vivienda sostenible, planes energéticos y medidas sociales, van alineándose en cajones dónde dormitar durante años, una vez enunciadas.

El PP siempre estará en contra de reformas constitucionales o sensatez ecológica propuestas por un Gobierno al que califica como "golpista"

El Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía (CAPTE) propuso 15 medidas de muy distinto carácter, que van desde la Constitución Española (art. 45 CE), al territorio, agua, financiación, fiscalidad; los planes de choque del urbanismo sostenible, el empleo verde, la lucha contra la erosión... Se ha dicho que "la transición ecológica generará cuatro empleos por cada uno que destruya", pero nadie sabe ni cuándo, ni cómo, porque la economía circular se aleja de nuestro horizonte. Todo, desde los Presupuestos Generales del Estado, hasta las convocatorias de tantas elecciones, juega en nuestra contra; depende de variables tornadizas que unas veces van en un sentido e, inmediatamente después, en el contrario. El PP siempre estará en contra de reformas constitucionales o sensatez ecológica propuestas por un Gobierno al que califica como "golpista". Pero también, sorprendentemente, en contra de las medidas de movilidad sostenible que afectan a la salud de la gente de ciudades como Madrid, o de las que apoyan la mitigación o el sosiego de las emisiones contaminantes: Para colmo, el "tridente de derechas" formado por Vox, Ciudadanos Y PP, coincide en defender el carbono, los combustibles fósiles, la minería o la tolerancia corrupta con los abusos de la construcción, el transporte de mercancías por carretera, o el turismo masificado de bajo coste, incluso con la desfachatez de llamar a la unidad nacional, bajo la bandera del viejo desarrollismo sin más.

Según Illich (2006), solo una sociedad que acepta poner límites a ciertas técnicas en sus medios de producción tiene alternativas políticas. En esta visión, llama "convivenciales" a las tecnologías que aumentan el espacio de la autonomía y a las sociedades en que la herramienta moderna ya no está al servicio de un cuerpo de especialistas, sino al servicio de la persona integrada en la colectividad, es decir donde el ser humano controla la herramienta. Pero estamos muy lejos de ese debate, en un país que tiene el imaginario de su unidad o de su fractura como exclusiva seña de identidad de su calidad de vida. En España el vaivén político permanente, las políticas cíclicas, junto a la ineficiencia económica y ecológica, no marcan ni siquiera los mínimos para defender a la comunidad con herramientas viables, de forma que siempre estamos ante la retórica de los estatutos, planes y leyes, cuando no ante el reflujo conservador, que ataca la lucha contra el cambio climático porque no tiene alternativas políticas al deterioro ambiental.

Si esperamos a hacer la transición ecológica cuando se den las condiciones para una transformación política podemos esperar sentados

Algunas ciudades son las únicas que se enfrentan a ese perverso reflujo de políticas europeas y nacionales, que se produce a la primera de cambio, cuando el poder del dinero vuelve a ostentar el poder sin ambages. Las ciudades, aunque son un laboratorio de especulación, dan ejemplo de los esfuerzos por mitigar lo más visible del desastre ambiental, -con presupuestos muy bajos y las políticas estatales y autonómicas en contra-. Esto es así, por ejemplo, en el caso de la movilidad y la contaminación, los apartamentos turísticos, los alquileres codiciosos, la "nueva economía colaborativa capitalista" o la falta de medios para cambiar el modelo productivo local neoliberal, que tienen como bases y objetivos el desempleo crónico y el empleo precario.

Pero si esperamos a hacer la transición ecológica cuando se den las condiciones para una transformación política podemos esperar sentados. La transformación política ya se deja desear. Este país, que ha envejecido diez años en lo que fueron políticas progresistas, que ha dejado crecer el localismo y la bazofia identitaria a niveles criminales, que ha sumido a la gente en la creencia de que el ambientalismo es caro, es la península más propicia para la insignificancia productiva y el desastre ecológico. Si no se apoya a las ciudades en medidas irreversibles, financiadas y coordinadas, cooperativas contra el cambio climático, la denominada transición ecológica quedará como un símbolo trasnochado de momificación de las palabras; de lo que Nicolás Sartorius ha denominado acertadamente "la manipulación del lenguaje", en su reciente libro.

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