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05/07/2021 07:08 CEST | Actualizado 05/07/2021 07:08 CEST

Programación y concienciación

No se confunda audiencia con conciencia.

EFE
Cartel contra la violencia machista.

Me preocupan las conclusiones precipitadas que se pueden sacar a raíz del impacto que tienen las informaciones sobre violencia de género, y esa falsa sensación liberadora de que “esto no va a volver a ocurrir” sin que se acompañe de acciones para que realmente no vuelva a suceder. 

Hace 10 años parecía que nunca más iba a ocurrir un caso como el de José Bretón, y tristemente ha vuelto a producirse de manera similar en cuanto a la incertidumbre prolongada y el seguimiento mediático con el de Tomás Gimeno, olvidando que durante todo este tiempo han ocurrido otros casos sin tanto impacto, hasta el punto de que la media de niños y niñas asesinadas en el contexto de violencia de género ha sido de cinco cada año. 

Y vuelven a suceder porque las circunstancias de las que parten no son los contextos particulares, sino la cultura machista que da motivos y razones para que aquellos hombres que lo deciden utilicen la violencia para controlar a sus mujeres, y la lleven hasta las consecuencias que ellos consideren. Por eso la concienciación sobre violencia de género no pueden limitarse a mostrar su realidad de manera puntual, 60 homicidios cada año ya muestran sus consecuencias más terribles. Lo que necesita es mostrar todo el sistema de significado que permite que se lleve a cabo a diario sobre los mitos y estereotipos que la propia cultura crea, y al mismo tiempo desarmar de razones a quienes la utilizan y dejar sin argumentos a los que directamente la niegan para no tener siquiera que molestarse en usarlos. 

Los casos mediáticos aportan referencias y ayudan a muchas mujeres y entornos a reconocer lo que está pasando, pero la concienciación de la sociedad no puede basarse en ellos, como tampoco podemos confundir audiencia con conciencia, porque todo caso al final limita la realidad que aborda a sus propias circunstancias. El caso particular genera una reacción muy intensa y amplia, pero también de muy corta duración al tratarse de una respuesta sobre lo emocional y lo empático, no tanto sobre el reconocimiento de una realidad social mucho más amplia, en la que la violencia de género está integrada bajo determinadas justificaciones y contextos que no se ven modificados por los casos particulares.

Es lo que ha ocurrido con el programa de Rocío Carrasco, que se ha presentado como un gran revulsivo en la conciencia crítica de la sociedad sobre la violencia de género, incluso se ha llegado a decir que ha hecho más por la violencia de género que todas las campañas institucionales, cuando no es así. Sin lugar a dudas ha aportado referencias y ha levantado empatía y sensibilidad, pero no tanto conciencia crítica, al menos es lo que se deduce de los datos del Barómetro del CIS.

En enero de este año el porcentaje de población que incluía la violencia de género entre los problemas más graves fue del 0,2, en febrero también fue del 0,2, en marzo, en un Barómetro que se realizó entre los días 1 y 11 de ese mes, fue del 0,3, cuando el primer programa de la docu-serie fue emitido el 21-3-2021, es decir, sin que tuviera impacto en dicho estudio. En abril el porcentaje se mantuvo en el 0,3 y en mayo, último Barómetro disponible hasta el momento, también ha sido del 0,3%.

Todo ello indica que la docu-serie ha permitido conocer algunas características de la violencia de género de las que no se hablaba con tanta frecuencia, pero sobre todo lo que ha posibilitado es conocer la historia de Rocío Carrasco con todos sus elementos y circunstancias. 

Junto a esa limitación respecto a la conciencia social generada, hay que ser muy prudentes con algunos de los mensajes que se han lanzado en el programa y que verdaderamente deben preocuparnos. El más serio es aceptar la realidad de la “alienación parental” con un nombre diferente, y en lugar de hacerlo bajo la referencia tradicional del SAP, admitirla bajo una estrategia basada en la “violencia vicaria”. Esta situación se vuelve en contra de las mujeres víctimas de violencia de género y de sus hijas e hijos, al aceptar que hay mecanismos que permiten la desconexión del plano afectivo del cognitivo para enfrentarlos con el padre, que en definitiva es en lo que se fundamenta el SAP.

Admitir que la violencia vicaria puede producir esa manipulación o alteración en los hijos e hijas, aunque esté perfectamente definida, como muy bien recoge Sonia Vaccaro, y aunque se haya usado bien en el programa, al final facilita que la “conclusión social” sea que hay mecanismos para alcanzar ese tipo de manipulación en los hijos e hijas, y que se podrán utilizar de diferentes formas, unas veces por los padres y otras por las madres. Justo lo que dicen los defensores del SAP

La insistencia de la docu-serie en la manipulación de la hija y el hijo de Rocío Carrasco por parte del padre, hasta el punto de haber sido alienados contra la madre, es una conclusión que se vuelve en contra de las mujeres, y un argumento necesitado por el machismo para poder traducir a hechos la construcción del mito de la perversidad de las mujeres.

Por eso ha ido cambiando de nombre para referirse al mismo resultado, y lo ha llamado “síndrome de la madre maliciosa”, “síndrome de alienación parental”, “interferencias parentales”, “reprogramación afectiva”... o lo que sea; lo importante es que se acepte que una mujer puede manipular a sus hijos e hijas contra el padre para así explicar el rechazo que sienten hacia él tras la separación, que generalmente se debe a la violencia previa que han vivido en casa. No olvidemos que casi el 80% de las mujeres que salen de la violencia lo hacen por la separación, justo el escenario donde se muestra ese rechazo.

Los programas sobre casos de violencia de género ayudan a tomar conciencia de su realidad, sobre todo cuando se emiten de forma continuada y con diferentes tipos de violencia en distintas circunstancias, no tanto cuando se emite uno solo, durante mucho tiempo y sobre una historia concreta. Si se emite un programa con todos los detalles de un accidente de tráfico, por mucho que se hable de él y por muy reconocida que sea la persona que se ve implicada en el mismo, tampoco se crea conciencia sobre el problema que supone el tráfico con todos sus elementos y accidentes.

La realidad es objetiva, el porcentaje medio de población que incluía la violencia de género entre los problemas más graves en los cinco primeros meses de 2020 fue del 4’32, y en los cinco primeros meses de este año es del 0’26%, una situación terrible que necesita muchas más acciones, no sólo “programaciones”; y, sobre todo, que no se confunda audiencia con conciencia.

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