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25/01/2016 07:06 CET | Actualizado 25/01/2017 11:12 CET

Colonia, Hamburgo, Bielefeld, Berlín, Stuttgart, Frankfurt, Bornheim... Suma y sigue

catedraldecoloniaEl artículo versa sobre algunas de las agresiones contra las mujeres perpetradas por grupos de hombres, entre los que había refugiados, en diferentes ciudades europeas, crímenes que sólo pueden analizarse como un puntal más de la violencia estructural machista. Mientras, el silencio de gobiernos, policías y fuerzas de izquierdas es ensordecedor.

Foto: Imagen de los altercados de Colonia durante la Nochevieja/EFE.

Este artículo también está disponible en catalán

Día tras día, los medios de comunicación van desgranando terribles y humillantes casos de agresiones sexuales (violaciones incluidas) colectivas contra las mujeres en muchas ciudades alemanas durante las aglomeraciones festivas de Nochevieja. Para muchas, el año comenzó con violencia.

No son los únicos ni los primeros. En la memoria reciente tenemos la vergüenza de otras lacerantes agresiones y violaciones perpetradas en manada, como las de la plaza Tahrir de El Cairo en 2011 durante las protestas de la primavera árabe. Caso seguramente conocido porque varias periodistas occidentales probaron el amargo pan de cada día de muchas (invisibles) manifestantes egipcias. Una de las reporteras, Natasha Smith, manifestó: «Me sentí como carne fresca entre leones hambrientos. Estos hombres, cientos de ellos, pasaron de ser humanos a ser animales».

Sin alejarnos de Egipto ni de las agresiones organizadas por turbas, Sihem Bensedrine, presidenta de la Comisión de la Dignidad y la Verdad, organismo tunecino que se encarga de investigar los abusos perpetrados desde el inicio de la independencia (1956), habla del uso sistemático de violaciones y agresiones sexuales como arma de guerra durante los regímenes de Burguiba y de Ben Alí. Delitos escondidos bajo un no menos criminal silencio apuntalado por la vergüenza. Ataques en grupo similares se dan en todo el mundo, en cualquier continente; por ejemplo, los crímenes de guerra perpetrados en África, en la exYugoslavia, o en cualquier país europeo (o no) durante las dos guerras mundiales. Lo cierto es que, para vergüenza de la humanidad, la violación no empezó a considerarse crimen de guerra hasta una fecha tan tardía como el 1992. A la vista de lo cual parecería que una cosa son los derechos de los hombres y otra muy distinta los derechos humanos.

Los crímenes de Nochevieja en Alemania han ocasionado que se hablara de agresiones similares sufridas por mujeres en países vecinos. Las que sufrieron adolescentes y menores de edad en la civilizada Estocolmo durante los festivales We Are Sthlm de 2014 o el 2015, o las violaciones en una iglesia ortodoxa eritrea de Rotterdam. La policía ocultó sistemáticamente estos crímenes: ni se han investigado, ni se ha castigado, por tanto, a los culpables. En el último caso, las autoridades se limitaban a aconsejar a las menores que no acudieran a la iglesia. El eufemismo usado para evitar la palabra «violación» es tan asqueroso como relevante: «hasta 22 embarazos hayan podido producirse sin que las mujeres consintieran las relaciones íntimas».

El modus operandi de los criminales sigue un mismo patrón: agresiones cometidas en masa y sin esconderse, sin ninguna vergüenza, para dejar claro de quién es la calle, de quién es el espacio público, para que las mujeres aprendan a comportarse. Un poco en la línea de las razzias y violaciones masivas en la Europa medieval --incluso dentro de los conventos--, para que hubiera un remanente de mujeres disponibles.

El modus operandi de las autoridades también sigue un patrón clásico, de manual. Considerar que las agredidas son de segunda; como en aquel famoso vagón de tren en el que afortunadamente toda la gente muerta era de tercera (es lícito preguntarse si las torturas y abusos de Abu Ghraib habrían levantado tanta polvareda y repulsa si las víctimas de las sevicias hubiesen sido mujeres). Por lo tanto, en vez de investigar las agresiones, se procede a ocultarlas y minimizarlas. Finalmente, la cruel vuelta de rosca habitual: acusar y culpabilizar a las víctimas.

En efecto, la alcaldesa de Colonia, Henriette Recker, aconsejaba a las posibles futuras víctimas que procurasen ir en grupo y no se acercaran demasiado a los hombres, precauciones personales que toda mujer adopta y enseña a sus hijas pero que difícilmente pueden entenderse como las medidas que las autoridades emprenden para evitar y castigar las agresiones.

Ante todas estas agresiones se agradece el silencio de Rouco y sus hermanos, es bien sabido que parten de la base de que cualquier agresión a una mujer está siempre justificada, incluso las consideran necesarias.

En la misma línea, en un gesto muy femenino, el líder del sínodo israelí de Marsella, tras una serie de agresiones a hombres identificados porque llevaban una kipá, instó a los judíos a quitársela. Este tipo de estrategia --que respecto a las mujeres habría pasado seguramente desapercibida-- levantó mucha polvareda; se consideró como una claudicación, como una culpabilización de los agredidos. Recuerdan la actuación del Gobierno israelí en tiempos de Golda Meir: un ministro, alarmado por las muchas agresiones contra las mujeres, propuso decretar el toque de queda, que no salieran de casa. La primera ministra apuntó que la medida debería implementarse para los hombres y no para las mujeres, puesto que eran ellos los que agredían. No se habló más del toque de queda.

Justamente, la alcaldesa de Colonia, que el día antes de las elecciones fue apuñalada por un hombre contrario a la política de acoger gente refugiada, podría ser el símbolo del otro drama de las agresiones: las dificultades para considerarlas como tales, para combatirlas; el confusionismo, muchas veces interesado, que las rodea. Por ejemplo, la extrema derecha alemana, Pegida, a quien seguramente importa un bledo el sufrimiento de las mujeres agredidas, las usa como un espantajo contra la inmigración. Por ejemplo, la criticada prohibición (temporal) que los refugiados entren en la piscina municipal de Bornheim a raíz que tanto usuarias como trabajadoras denunciaran acoso sexual por parte de hombres de un centro de refugiadas y refugiados cercano.

Por otra parte, ¿alguien se ha preocupado de saber si las refugiadas van a la piscina y, si es que no, por qué? Prohibir la entrada a los hombres no es la solución --se critica--, es un ataque a los refugiados, los criminaliza y, además, pagarán justos por pecadores (algo que no preocupa excesivamente en otros ámbitos: ninguna y ningún atleta ruso sin excepción podrá competir en los próximos juegos olímpicos a pesar de que seguramente habrá quienes no se hayan dopado nunca). Se exige que las agredidas callen una vez más para no ser tachadas de racistas. Que la piscina se haya convertido en un territorio hostil para ellas parece que no preocupa.

Conecta con el caso de Julian Assange. Hay personas que piensan que las denuncias en su contra son muy fastidiosas y deberían ignorarse; son las denunciantes --a quienes se atribuye oscuras intenciones o incluso connivencia con los servicios de espionaje más escabrosos y peligrosos--, las que han pasado a estar bajo sospecha. Mucha gente está de acuerdo en que las agresiones sexuales son numerosísimas y en general quedan sin castigo, pero cuando se podría investigar alguna, por una razón u otra, se decide que más vale dejarla correr.

Volviendo a la piscina, ya hace años que en Noruega se decidió enseñar a los refugiados a respetar a las mujeres.

Loable tarea que, para ser efectiva, no debería partir de la base de que los agresores perpetran violaciones y otros crímenes porque no entienden o malinterpreten los códigos y comportamientos de las «liberadas» europeas sino porque son agresores (pensar lo contrario es tan ridículo como creer que consideran que robar móviles y hurtar está permitido en Europa).

Además de cometerlas también en sus países de origen --por diferentes que sean el comportamiento y actitud de las mujeres allí--, perpetran agresiones contra sus compatriotas --contra sirias e iraquíes, por ejemplo-- en momentos tan difíciles para ellas como el heroico y complicado viacrucis que transitan para llegar a Europa; realmente indignante.

Como se da el caso que traficantes y policías, a pesar de ser europeos de pura cepa, también se aprovechan abyectamente de una situación que coloca a mujeres y niñas en un estado de extrema vulnerabilidad, está claro que las autoridades noruegas y de otros países que se pongan reeducar hombres no sólo tienen un trabajo ingente con los refugiados sino también con los autóctonos.

Ante todas estas agresiones se agradece el silencio de Rouco y sus hermanos, es bien sabido que parten de la base de que cualquier agresión a una mujer está siempre justificada, incluso las consideran necesarias. El silencio del papa Francisco, un hombre de natural tan parlanchín, especialmente contra las injusticias o cuando se cuestionan los derechos de los hombres, es significativo. Quizás se deba a que los casos que nos ocupan no se refieren a los derechos de los hombres sino a los derechos humanos.

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