BLOGS
23/11/2018 07:17 CET | Actualizado 23/11/2018 07:17 CET

Constitución y otros libros de ficción

Reuters

Nada estaba en armonía. La gente sólo abrazaba a ciegas lo que se le pusiese delante.

(Mujeres, Charles Bukowski).

A nivel internacional, 1978 fue un año como otro cualquiera; un año que, en cualquier calendario, estaría marcado en negro como si fuera otro martes laborable más. No goza del privilegio que tienen otros años o periodos que están grabados en nuestra memoria por uno u otro motivo y que figuran en rojo, como el año 753 a.C, 476, 1492, 1914-1918, 1939-1945 o 2001. Ese año, tras casi 30, se dejó de producir el Volkswagen escarabajo; Suecia, mostrando ya un adelanto atípico a la época, fue el primer país del mundo en prohibir los clorofluorocarbonos en los aerosoles; Gardfield nació en forma de tira cómica y Aldo Moro, primer ministro de Italia por dos ocasiones, fue secuestrado y asesinado. En cuanto a la música, los Bee Gees ya martilleaban tímpanos con su cansino Stayin' Alive y los míticos Kraftwerk publicaban el Die Mensch-Maschine en Kling Klang Studio. En cine se estrenó Grease y Halloween de Carpenter, Ciudadanos y Podemos; y en el mundo de la literatura, Bukowski nos dejó Mujeres y Stephen King, El umbral de la Noche.

Pero en España, 1978 es un año de los marcados en rojo, un festivo, sobre todo a nivel político. A nivel literario también, si banalizamos. Fue el año en el que se estableció la octava Constitución española, vigente hasta la fecha y de la cual se cumplen 40 años. Es ya la segunda más duradera después de la promulgada por Cánovas del Castillo en 1876 y que duró 47 años hasta que fuera suspendida en 1923 tras el golpe de Estado del Primo.

A los nacidos en el 78 nos decían "los niños de la Constitución" lo cual, visto a posteriori, da como más caché y evoca más lirismo e ilustración que millennials. Lo de ninis se ve que no era uni sino multigeneracional. Recuerdo que en la extinta y añorada hasta por los que no la conocieron, EGB, pasábamos los días previos entre flúor y leche haciendo dibujos en cartulinas para celebrar aquello tan importante pero abstracto para un niño como era la Constitución. Luego, el día 5 de diciembre de cada año, que el 6 era festivo, la Señorita Mercedes, Don Jesús y el resto de profesores de aquellos a los que aún, tanto padres como alumnos, les merecían respeto, nos llevaban a un polideportivo donde nos juntábamos cientos de niños de todos los colegios de la ciudad, públicos en su mayoría, y aguantábamos las pesadas charlas sobre la recién establecida Constitución, la democracia y términos y conceptos que ninguno de nosotros entendía. Luego daban un cacho de tarta a cada niño; pero yo nunca fui mucho de dulce ni fácilmente chantajeable.

Pasan los años y uno va entendiendo la importancia de aquello que trataban de inculcarnos a los más pequeños con tanta prisa y empeño. Trataban de hacernos ver el esfuerzo que se había hecho para que nosotros pudiéramos estar ahí celebrando el cumpleaños de esa niña que ninguno habíamos visto pero que debía existir y a la que había que querer. El pueblo estaba excitado y ansioso por degustar aquella norma suprema fruto del consenso político que hizo posible la transición a la democracia en España tras 40 años de oscurantismo dictatorial. Se trataba de dejar un régimen para implantar un sistema social y descentralizado; implantar libertad al fin y al cabo aunque a muchos parece que les pesa (ba). Se trataba de algo muy grande, inmenso. La sociedad estaba hambrienta, quería emanciparse y, gracias a esa hambruna, siete hombres de muy diferentes hábitos alimenticios cada uno, se sentaron en la misma mesa a comer un chuletón. Incluso aquellos, reconocidos vegetarianos, se lo comieron. Más de uno tuvo que taparse la nariz para tragar, pero terminó comiendo carne. Y les estoy agradecido. No me hubiera gustado vivir en un país dominado por el color gris de los perros de pelo duro y el negro de los pájaros de pluma negra, esos que "vuelan hacia atrás", como decían en Los Pazos de Ulloa.

Posada, inmóvil, y nada más. Niños. Ancianos. Grupos vulnerables. Eso eres, Constitución, y nada más.

Cuarenta años después, con menos pelo y cano, flacidez abdominal y resacas de lento desarrollo, siento encontrarme más en forma que este, ay pobre, libro. Porque, a mis ojos, ha quedado en eso: un libro lleno de buenas intenciones. Eso es todo, y nada más. Es ese dibujo de preescolar hecho por tu sobrina que adorna el frigorífico pero deslustra la cocina de Ikea. Es ese collage con garbanzos para el Día del Padre y ante al que hay poner buena cara porque sabes que fue hecho con la mejor de las intenciones Es ese niño que demanda con insistencia y a gritos tu atención y luego se tira a la piscina de pie y tapándose la nariz desde una plataforma que no llega a trampolín y al que, al salir, tienes que reconocerle con disimulo un mérito que él cree tener. Es esa abuela que vive postrada en una silla de ruedas en el salón y a la que todos hablan a gritos al pasar pero nadie se para a escuchar porque dice verdades incómodas con una serenidad y una seguridad inmutables; la misma de la que todos en la familia hablan con cariño a los demás y de la que presumen por las comidas tan ricas que solía cocinar cuando se sostenía en pie y a la que, una vez al año por su cumpleaños, agasajan y llenan de besos durante un rato. Posada, inmóvil, y nada más. Niños. Ancianos. Grupos vulnerables. Eso eres, Constitución, y nada más.

Y mientras, los rancios cuervos revolotean a tu alrededor desprendiendo ácaros sobre ti con cada aleteo; y emanan de sus picos un hedor a carroña en forma de palabras inanes que impregnan tus páginas y posan sus sucias y contaminadas patas negras sobre tu superficie de terciopelo de atrezzo para jurar cargos inmerecidos con los dedos cruzados. Luego remontan el vuelo sin batir sus alas, como el ratonero común. Y hasta otro año, solemne libro. Hasta otro 6 de diciembre. Porque la desfachatez hace que los cuervos, oportunistas ladrones, bajen de año en año y se reúnan a tu alrededor en ceremoniosos actos teatrales llenos de cinismo para celebrar que sigues ahí, envejeciendo en la estantería y dotando a la salita de un aire no tanto clásico como obsoleto mientras observas como el mobiliario cambia y los sillones ya no son de escay, sino que son de cuero o al menos dan el pego. El resto del año no les importas. El resto del año no eres más que un libro de Elige tu propia aventura pero, como pasa siempre en la historia, la aventura es la que elige el cuervo ganador. Como aquella vez en la que eligieron virar de camino en tu aventura número 135 para establecer límites a déficits provocados por ellos mismos, carroñeros; por esa ansia que obliga a los cuervos a acumular hasta las chapas de las latas de refrescos tan solo porque brillan. Lo hicieron en plena noche de agosto, con todo el país de vacaciones y sin un debate público previo o referéndum, como hacen los traicioneros, los bellacos y los cobardes. Pero el cuervo es listo y cauteloso e imita el habla de los humanos para dirigirse a nosotros y hablar sobre ti, indefensa. No te lo creas. No es de fiar y te utiliza para su propia supervivencia y beneficio. Ya nos lo creemos nosotros por ti los ciudadanos, humanos, tontos e imprudentes. Y nada más.

Así que yo, constitucional a falta de una opción mejor, propongo cambios a dos niveles: de redacción y protocolario.

En cuanto al primero, comenzaría sustituyendo la palabra "artículo" por "mofa", "burla" o "chanza". En un principio consideré recomendar el uso de "chiste" pero creo que sería incorrecto ya que este último no lleva implícito en su significado el desprecio con el que el pueblo es tratado. Recomendaría también, con el único objeto de cubrir espaldas en caso de que fuera necesario, añadir coletillas, excepciones o subchanzas. Para ejemplificar esto basta con escoger un párrafo al azar. Así, por ejemplo, el Título I, Capítulo tercero, Chanza 47 quedaría: "todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada o, en su defecto, un cajero automático" o "todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada salvo aquellos ciudadanos merecedores de ser desahuciados". De la misma manera, el Título I, Capítulo segundo, Chanza 14 diría: "Los españoles son iguales ante la ley: unos parias". De esta manera el menosprecio sería menos cuando viéramos sentados en el patio de butacas de un juzgado, que no banquillo, a políticos de primer y muy bajo nivel o a reales vividores. De ser todos iguales ante cierta ley, ésta sería la de Murphy.

Así, por ejemplo, el Título I, Capítulo tercero, Chanza 47 quedaría: "todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada o, en su defecto, un cajero automático".

Espero que quede clara la intención de mi propuesta. Del mismo modo y por no atosigar, prácticamente cada párrafo sería modificable. La Chanza 6, sobre los partidos políticos; la Chanza 18.3 sobre la intimidad; la Chanza 31 sobre el Sistema Tributario; la Chanza 35 sobre el trabajo; la Chanza 45 sobre el Medio Ambiente; la Chanza 49 sobre la atención a los disminuidos físicos; la Chanza 27.5 sobre la educación; la Chanza 16 sobre la libertad ideológica; la Chanza 44.2 sobre la Ciencia. Y así para con el resto de Chanzas.

El otro cambio que sugiero, el protocolario, supondría la reubicación de las celebraciones del 6 de diciembre, Día de la Constitución, pasándolas al 23 de abril, Día de San Jorge. Dado su carácter festivo no laborable perderíamos, muy a nuestro pesar, un puente pero ganaríamos en coherencia poética ya que quedaría incluido dentro del Día del Libro, donde están también incluidos los libros de ficción.

Lo vivo cambia, muta, evoluciona. Los libros y el lenguaje están vivos. Nuestra Constitución, detrás de demasiada lírica romántica, no deja de ser un libro tratado como un simple libro práctico, ergo debe cambiar. Sus principios son robustos y sus propósitos loables pero alrededor de ella encuentro dos problemas: el primero son los que deciden y éstos nunca cambiarán. El segundo es su desactualización. Y 2018 no es 1978 ni la sociedad ni sus problemas, los mismos.

Pero el cuervo hace 40 años dijo "nunca más" y ella, así se quedó.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

ESPACIO ECO