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10/05/2018 07:29 CEST | Actualizado 10/05/2018 07:29 CEST

La carrera de fondo del independentismo

AOL

La renuncia explícita a la unilateralidad que Esquerra Republicana ha incluido en la ponencia política que discutirá en la conferencia nacional de finales de junio supone, en contra de los que algunos puedan apuntar, un significativo paso adelante en la carrera de fondo del independentismo. Lo que ha hecho ERC no es más que una obviedad que los propios hechos recientes se han encargado de demostrar. Pero que sea el partido con más pedigrí independentista el que explicite que la vía unilateral es imposible y que resulta imprescindible ampliar la base, supone un necesario baño de realidad y una oportunidad para rediseñar una estrategia que responda a las posibilidades.

Ahora, lo único que le faltaría a ERC es reconocer que la proclamación de la DUI fue una huida hacia adelante y, de paso, pedir disculpas a Carles Puigdemont por lanzarlo a los leones de Twitter el 26 de octubre, cuando en la madrugada anterior los barones del soberanismo habían acordado convocar elecciones para frenar el 155 y aportar legitimidad al 1-O.

Las diferencias entre JxCat y ERC no son conceptuales ni estratégicas, sino que responden a la eterna desconfianza que se han tenido históricamente sus respectivos mundos

Las diferencias en la gestión del tiempo que están realizando Junts per Catalunya y Esquerra Republicana para investir un presidente y formar gobierno ofrece una fotografía aparentemente cambiada de lo que implican ambos mundos. Mientras que los neocorvengents de JxCat se envuelven en la bandera del legitimismo y abusan de un exceso de tacticismo –que permite proyectar internacionalmente la imagen de un Estado español con cada vez más carencias en democracia, pero que retrasa y dificulta la formación de un Govern más necesario que nunca para el propio soberanismo–, ERC se vuelve pragmática y posibilista, lejos de los planteamientos maxilimalistas que ha defendido desde el inicio del Procés.

Las diferencias entre JxCat y ERC no son conceptuales y, de hecho, tampoco estratégicas, sino que responden a la eterna desconfianza que se han tenido históricamente sus respectivos mundos y, de una manera clara, desde que en 2012 las urnas les obligaron a entenderse y a navegar en el mismo barco. Puigdemont no ha olvidado que los dirigentes de ERC le dejasen solo cuando estaba dispuesto a convocar elecciones, tras la intermediación del lehendakari Urkullu y de diversos agentes políticos, sociales y económicos para salvar el autogobierno.

La bilateralidad resultará una quimera a corto plazo. El bloque del 155 se mantendrá estático y continuará inmóvil ante cualquier oferta de diálogo político sin condiciones

Los planteamientos de la dirección de ERC en su ponencia política suponen, más que una marcha atrás, una simple adaptación del vehículo a sus capacidades. No es algo nuevo en cuanto al modelo expuesto, ya que el independentismo siempre ha defendido la bilateralidad. El problema es que la otra parte ha renunciado sistemáticamente a sentarse en la mesa y a abordar políticamente lo que es un conflicto político.

Renunciar a la unilateralidad cuando parece del todo imposible plantear una bilateralidad, por la renuncia manifiesta del rival a comparecer en el terreno de juego, podría parecer un autoengaño. Efectivamente, esperar que el actual gobierno español –o el que pueda venir– acepte negociar un referéndum, y las consecuencias que implicaría una victoria del Sí, es poco más que una utopía, a pesar de que encuestas recientes indican que casi la mitad de los españoles aceptarían la consulta. Los dirigentes políticos españoles están a años luz de los británicos, que les podrían estar dando lecciones de democracia las 24 horas del día. Y también lo están de cómo el conjunto de la opinión pública europea considera que se ha de tratar el conflicto catalán, es decir, a base de diálogo.

La bilateralidad resultará una quimera a corto plazo. El bloque del 155 se mantendrá estático y continuará inmóvil ante cualquier oferta de diálogo político sin condiciones. Pero el independentismo tiene una fuerza de alto valor: los votos. Los independentistas (47,5%) ganan a los unionistas (43%), incluso cuando tienen a sus líderes en el exilio o encarcelados y, por lo tanto, sin poder hacer campaña. Pero estas significativas cifras no son suficientes ni cuantitativa ni cualitativamente. No lo son para la comunidad internacional, que al fin y al cabo es quien valida las soberanías a base de reconocimiento. Pero ahora tampoco lo son para el propio soberanismo, conocedor que la legitimidad necesita ampliar la base de apoyos.

Lo que el independentismo ha conseguido en los últimos seis años es de una importancia crucial y tiene un mérito extraordinario (en parte, gracias al empuje del propio Estado por su renuncia a la política). Superar al unionismo en votos, movilizar pacíficamente a millones de personas y poner al descubierto las vergüenzas del Estado español suponen un aval excepcional. Pero para conseguir la meta, este aval ha de ser mayor cuantitativamente, se debe mantener en el tiempo y dotarlo de un rigor incuestionable en las formas y el fondo. Si todo esto se logra ejecutar con una mejor estrategia, la evidencia que la democracia no deberá estar sometida a una constitución será incuestionable, no sólo para la opinión pública internacional, sino también para las propias cancellerías. Y España ya no podrá resistir más en su posición de renuncia a la política.

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