ECONOMÍA

Así resolvió Ámsterdam el rompecabezas de Airbnb

09/08/2015 10:04 CEST | Actualizado 05/09/2017 11:27 CEST

AMSTERDAM - Paseando por el laberinto entre canales del centro de Ámsterdam, impregnado de un perpetuo aroma a cannabis, uno es consciente de estar en una ciudad que siempre encuentra una salida donde otros se quedan estancados. Pionera en la regulación de aspectos proscritos en la mayor parte del mundo, también ha sido la primera ciudad europea en dar su bendición y legislar de forma práctica un fenómeno que crece exponencialmente ante la ira del sector hotelero: el home sharing.

Compartir la casa en la que se vive con viajeros a cambio de dinero o alojarse en una de estas residencias durante las vacaciones por menos de lo que cuesta un hotel es un fenómeno ya desconocido para pocos. Airbnb, la plataforma online de home sharing por excelencia que conecta a estos usuarios a cambio de una comisión, nació hace ocho años en San Francisco, pero fue en 2012 cuando su crecimiento empezó a ser brutal más allá de EEUU. Cuarenta millones de personas han usado el servicio en todo el mundo y Europa ya es el continente que concentra la mayor oferta. Solo en España, el número de viajeros que ha utilizado Airbnb pasó de 230.000 en 2013 a 620.000 en 2014, según datos de la compañía, y al cierre de este año proyectan que la cifra llegará a 1.360.000. Una eclosión que ha pillado por sorpresa a la mayoría de las ciudades, en muchas de las cuales esta actividad se encuentra todavía en un limbo legal o acorralada por leyes redactadas antes de que internet lo cambiara todo.

Laila Frank, consejera del Ayuntamiento de Ámsterdam en viajes sociales, y una de las artífices del acuerdo que legalizó Airbnb en la ciudad, compara la resistencia del sector hotelero con la de la industria musical hace unos años, cuando fueron testigos del boom online que les dejó tiritando. Ella lo tiene claro: son lentejas.

"En 2012 y 2013 empezamos a notar en la ciudad un gran crecimiento del fenómeno del home sharing. Los ciudadanos nos hacían cada vez más preguntas, así que nos dijimos: Vamos a explorar", explica en un encuentro con la prensa en el ayuntamiento de la capital holandesa.

"Quisimos hacerlo posible porque es algo que la gente quiere hacer, porque es algo que no va a parar y porque creemos que es razonable que la gente comparta sus casas de esta forma".

Ante este camino normativo sin trazar, el Gobierno municipal era consciente de que había gente encantada con estos servicios y otros que no lo estaban tanto. Sin embargo Frank señala que algo era indudable: "La economía colaborativa había llegado para quedarse y no iba a desaparecer".

"Quisimos regularlo porque es algo que la gente quiere hacer, porque es algo que no va a parar y porque creemos que es razonable que la gente comparta sus casas de esta forma", insiste.

Así, en diciembre de 2014 se firmaba el acuerdo entre Airbnb y el ayuntamiento de Ámsterdam, donde gobierna una coalición de Liberales de izquierda (D66), Socialistas (SP) y Liberales (VVD). El punto fuerte de la regulación es que la plataforma se hace cargo de recaudar para la ciudad el impuesto turístico, establecido en el 5% (la tasa más alta de Europa).

Además enmarca el home sharing en una nueva categoría de alquiler vacacional entre particulares. La vivienda debe ser la principal, alquilarse como mucho por 60 días al año y a un máximo de cuatro personas. Si se quiere superar este periodo, el 'anfitrión' debe operar como un negocio de bed & breakfast. Los infractores, a los que persigue el Gobierno municipal, se enfrentan a multas de hasta 18.000 euros.

El P2P de las casas encandila a los viajeros pero tiene poderosos enemigos. El principal, el sector hotelero, que observa cómo este fenómeno de la economía colaborativa no para de crecer comiéndose su pastel. Argumentan que son alegales, que no pagan impuestos, que son competencia desleal, que no es compartir sino un negocio más en el que los dueños de las casas y la propia compañía se lucran 'pirateando' casas a costa de saltarse unas reglas que ellos tienen que seguir.

Desde el Ayuntamiento reconocen que al principio estos profesionales estaban realmente "furiosos" y que las negociaciones para poner en marcha la ley "no fueron fáciles". "He tenido que ponerme delante de una multitud de dueños de hoteles realmente enfadados", recuerda la asesora. Asegura que tras el shock disruptivo inicial, en cierto modo "este lobby bien organizado" ha aceptado, mayormente porque no les queda otra, y ahora ve cómo "la gente está pagando la tasa turística". Añade que el negocio hotelero sigue creciendo tras la entrada en vigor de la ley. Las estadísticas municipales recogen un incremento del 5,2% en las pernoctaciones hoteleras durante el primer cuatrimestre de 2015.

Ante las críticas, Airbnb alega que cumple todas las leyes, que paga los impuestos y se encarga de recordar a los arrendadores que tienen que abonarlos también, que atrae las visitas de aquellas personas que de otra manera no se podrían permitir viajar, los cuales dejan dinero en las ciudades, y que su actividad impulsa el turismo en barrios alternativos donde no compiten con el sector hotelero. Según un análisis del impacto de los viajes sociales llevado a cabo por la compañía, el 73% de los más de 11.900 alojamientos de Airbnb en Ámsterdam se encuentra en barrios menos visitados, fuera de la almendra central donde se concentra el mayor número de hoteles.

En Rivierenbuurt, uno de estos barrios fuera del centro histórico, vive Wouter Hendriksen, un joven de 24 años estudiante de un máster en gestión financiera en la Universidad de Ámsterdam. Durante estos meses sin clase, ser 'anfitrión' de su casa en Airbnb es su único trabajo. Gracias a él paga las facturas y puede vivir cómodamente sin tener que buscar un empleo temporal hasta que se reanude el curso. El suyo es el caso del 6% de los 'anfitriones' en Airbnb para los que esta actividad es su principal fuente de ingresos. Según una encuesta interna, hasta el 36% usa este dinero para poder hacer frente a pagos esenciales como la hipoteca.

Wouter Hendriksen en su casa en Ámsterdam

El joven empezó a oír hablar de Airbnb "en las noticias y a través de algunos amigos" en 2013. "Cuando llegó el verano y se acababa la ayuda que el Gobierno me da para estudiar, tuve que hacer algo si no quería irme a la bancarrota", explica. Convirtió entonces su estudio en un dormitorio, colgó las fotos online y desde entonces siempre ha tenido la casa completamente reservada.

Ahora alquila una de sus habitaciones por unos 70 euros la noche. Reconoce que tener a gente que no conoces en tu casa puede ser "un poco raro al principio", pero asegura que no se preocupa de la privacidad porque no se "avergüenza de nada".

"Mucha gente me pregunta, '¿por qué metes extraños en tu casa? Yo no dejaría a nadie dormir en mi cama, o que usara mi cocina, no me gusta que la gente toque mis cosas...'. Yo respondo que si eres un tipo abierto y hablas con la gente, al cabo de 10 minutos sabrás un montón sobre ellos. Y los 10 minutos se convertirán en una hora, o dos, o tres, y al final ya no eres un extraño nunca más. Ya no estás compartiendo tu casa con un extraño, sino con un amigo".

Esta filosofía refleja el carácter que Wouter le impregna al home sharing. No le gusta ser un "mero recepcionista" sino que convive con los huéspedes y disfruta de cada una de las visitas, que cifra hasta ahora en unas 150 personas. Reconoce que esta atención personalizada requiere un "montón de trabajo", aunque "es divertido" y además le deja la nada desdeñable cantidad de unos 2.900 euros al mes.

A cambio de su buen hacer como "anfitrión", los visitantes le recompensan con unos buenos comentarios en la plataforma... o escritos en servilletas de papel. "La gente te deja notas, souvenirs, vino, comida... Cuando me voy a dormir y pienso en ello me digo: "esto es realmente bueno".

Algunas de las notas que los inquilinos dejan a Wouter al marcharse. Vista de la habitación y del barrio

Wouter se muestra partidario de la regulación del home sharing. "Debería haber más reglas, porque yo al principio no tenía claro qué es lo que tenía que hacer, qué permisos tenía que pedir. No es tanto que tengan que ser reglas estrictas, sino claras", argumenta.

El joven asegura que no cree que este servicio sea competencia de los hoteles porque siempre habrá gente a la que no le guste compartir, pero critica al sector por no ser capaz de entonar el 'mea culpa' cuando pierden clientes.

"Si no ofrecen un buen servicio y la gente no vuelve, no te puedes quejar porque escojan Airbnb. Deberían mirarse a sí mismos, ver qué carencias hay en el servicio, qué han hecho mal y preguntarse por qué los viajeros no vuelven a sus hoteles, en lugar de culpar a otros", argumenta.

Los vecinos son los otros actores implicados en la ecuación del home sharing y en ocasiones tampoco están contentos con el impacto de esta ola de visitantes inesperados. En Ámsterdam, el ayuntamiento ha abierto una línea telefónica para recibir quejas por el ruido excesivo o denuncias en el caso de que detecten la posible existencia de un alojamiento ilegal.

Wouter reconoce que "hay dos caras" que observa entre sus propios vecinos: aquellos que lo ven como algo positivo para el barrio, que repercute positivamente en su economía y que disfrutan de los visitantes, y los que recelan de la actividad y se quejan porque los turistas pueden armar escándalo o porque el negocio está haciendo subir el precio de los alquileres.

Tanto Airbnb como el Gobierno municipal coinciden en señalar que el home sharing activa la economía de los barrios periféricos y está haciendo evolucionar el turismo hacia 'lo local'. La plataforma esgrime que los visitantes pasan el 46% de su tiempo en los barrios donde se alojan gastando en los negocios locales una media de 179 euros.

"Si la gente aprende a compartir, un coche, una casa, lo que sea, también aprenderán a compartir otras cosas en la vida".

Este futuro director financiero tiene claro que la economía colaborativa es un modelo mucho más eficiente. "Si tengo un coche y lo uso una vez a la semana, no es muy eficiente: está aparcado, cuesta dinero. Pero si lo compartes, puedes hacerlo rentable con alguien que lo necesite, es un 'todos ganan', una buena sinergia. Lo mismo ocurre con una casa. Si la comparto, tengo gente a alrededor, no estoy solo, tengo diversión, hago dinero... Es un 'todos ganan, ganan y ganan'", afirma.

Reflexiona sobre el significado de esta nueva forma de consumo compartido que cada vez cautiva a más personas. "Si la gente aprende a compartir, un coche, una casa, lo que sea, también aprenderán a compartir otras cosas en la vida. Si eres egocéntrico, no compartes y no sientes empatía por otras personas, el mundo es una mierda".

Con el ejemplo de Ámsterdam, Airbnb quiere seducir a otras ciudades europeas con la apetecible propuesta de ponerle puertas al campo y hacerse cargo de manera eficiente de la recaudación de impuestos. El acuerdo para recolectar la tasa turística en beneficio del Gobierno también se lleva a cabo de manera similar en algunas ciudades de EEUU como San Francisco, Chicago o Washington.

En España, la situación legal es un verdadero caos. La mayoría de las comunidades (que tienen transferidas las competencias de Turismo) todavía no han abordado de manera específica la regulación del home sharing referido a aquellos particulares que alquilan habitaciones en su residencia primaria y que Airbnb insiste en diferenciar del alquiler turístico profesional de segundas viviendas y que es el que se contempla en la mayoría de las leyes regionales.

Ángel Mesado, responsable de Asuntos Públicos de Airbnb para España y Portugal, transmite el interés de la compañía en regularizar su situación y avanza que en algunas ciudades como Madrid ya ha habido conversaciones "muy intensas" con el nuevo Gobierno municipal y "en la buena dirección" para implantar un modelo similar al de Ámsterdam.

Cataluña, que ha planteado recientemente una nueva norma para regular esta actividad, se encuentra en estos momentos "en un punto de inflexión" que la compañía ve con buenos ojos, pero en stand by hasta que se celebren las próximas elecciones autonómicas.

En Barcelona la cosa se ha complicado esta semana.Y eso que Airbnb confiaba en alcanzar pronto un acuerdo con el nuevo Gobierno de Barcelona en Comú. Ada Colau ha anunciado una prueba piloto por la que el consistorio condonará el 80% de la sanción a los propietarios de pisos turísticos ilegales si ceden los inmuebles durante tres años en alquiler social. El Ayuntamiento se ampara en la Ley de Turismo de Cataluña, vigente desde 2002, para exigir a las plataformas intermediarias -como Airbnb - que faciliten los datos de los pisos turísticos sin registrar, o de lo contrario a partir de septiembre las webs serán multadas.

La compañía respondía en un comunicado apelando a la importancia de la privacidad de sus usuarios y señalando que estas medidas, que enmarcan en una ley "diseñada para una industria diferente", generan confusión entre los particulares que quieren compartir las casas en las que viven y suponen "paso atrás" en la regulación del sector.

Un rompecabezas para las administraciones, que deben elegir entre regular aceptando que las cosas han cambiado o proscribir el cambio a golpe de ley.

(Pasa por encima de la foto interactiva para ver cuál es la situación de la legislación en algunas regiones).

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