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Recuerdos de 'Obabakoak'

26/06/2013 07:30 CEST | Actualizado 25/08/2013 11:12 CEST

Cuando me pongo a pensar en Obabakoak y en lo que su publicación en lengua española supuso para mí, lo primero que me viene a la mente son los meses que, tras la concesión del Premio Nacional, empleé en la revisión del libro. Era 1989, verano. La editora de Ediciones B, Silvia Querini, quería publicarlo aquel mismo otoño. Había prisa.

Revisar, repasar, poner el texto a punto, no parecía una labor fácil. En la traducción me habían ayudado diferentes voluntarios -todavía no existían profesionales que tradujeran del euskera al español-, y el libro, un mosaico de textos, un puzzle, había acabado por ser un conjunto abigarrado. Era necesario equilibrar aquello, igualar los tonos, la cadencia de las frases, el léxico, los capítulos. Decidí aislarme, y me marché con los papeles y el ordenador recién comprado a Barcelona, a un hotelucho situado no lejos de Las Ramblas, en la parte pobre de la ciudad.

Los sustos comenzaron nada más abrir la primera carpeta. La traducción estaba fatal. Todo eran calcos, y había frases que parecían sacadas de los sainetes donde se imitaba el supuesto hablar trabucado de los antiguos vizcaínos, con frases del estilo de "¿Qué estás comiendo, pues?" o "Mi padre y los dos ya hemos bebido". Empecé a ver las cosas de otra manera. Lo que durante la juventud me había parecido encantador, la diferencia entre las dos lenguas, que "cuervo" se dijera bele y "estrella", izar, o que las oraciones de relativo corrieran en euskera en orden inverso al del español ("Parisen erosi nuen etxea", "París en compré que casa la"), me resultaba ahora angustioso. ¡Qué pena que el euskera no fuera una lengua latina, con la misma estructura que el español, el francés o el italiano! ¡Qué pena que no me ejercitara en la traducción durante los años anteriores, con libros que, como Bi anai (Dos hermanos) eran de poca extensión! Pero de nada valía lamentarse. Había que trabajar.

Me impuse tres turnos: el primero, el que más cundía, lo alargaba desde las once de la noche hasta las seis de la mañana; el segundo, dedicado al repaso, de 12 a 2 de la tarde; el tercero, roturación del terreno que por la noche procuraría dejar lo más liso posible, de cuatro y media a nueve y media de la tarde. En total, 14 horas al día. Y así, con el mismo programa, una semana y otra, siempre en el mismo sitio, en la habitación 307, un cuchitril que parecía un trozo tapiado de pasillo y solo tenía un ventanuco.

En los ratos libres, paseaba por Las Ramblas y me surtía de pizzas y otras porquerías de cocina rápida. Aparte, de vez en cuando, iba al cine o al fútbol. Recuerdo que en mi primera visita al Nou Camp el color de la hierba me pareció fosforescente. Era la luz de los focos, naturalmente; pero era también la debilidad de los ojos, afectados por la oscuridad del cuchitril y por las muchas horas de ordenador.

Me había despedido de mi familia asegurándoles que el trabajo no me llevaría más de dos semanas. Falto de experiencia, ignoraba que las revisiones literarias comían tiempo, y que la que yo tenía entre manos -revisión brutal, enfrentada a un texto de origen que no era sino una suma de traducciones amateur- literalmente lo engullía. Dos horas en la mesa equivalían a media página; dos días, a medio capítulo.

En mi fuero interno, seguía quejándome: "¡Qué lengua tan enrevesada el castellano! ¡Qué difícil lo de las preposiciones, lo de elegir entre "bajó en zapatillas" o "bajó con zapatillas"! ¡Y qué lío los verbos, qué abstruso el uso del pluscuamperfecto y del indefinido! Mientras, el tiempo pasaba, y el viaje de vuelta quedaba una y otra vez pospuesto.

- Me han dicho que trabajas mucho. Sobre todo de noche -me dijo un amigo del colegio con el que coincidí en Las Ramblas.

Me quedé pensando en si aquello de "sobre todo de noche" estaba bien. Si no estaría mejor decir "sobre todo por la noche". Luego respondí con un cuento que en el colegio donde ambos habíamos estudiado se habría calificado de "parida":

- Cuando llegué a Barcelona había un estudiante que preparaba una oposición y se sentía orgulloso de ser el último en abandonar el trabajo y en apagar la luz. Ahora está deprimido. La luz de mi ventanuco le muestra la verdad: hay alguien que le supera en esfuerzo.

Siguieron pasando los días, alcancé la página doscientos cincuenta, la trescientos, la trescientos cincuenta. Ya vislumbraba el final. Llamé a mi mujer diciéndole que viniera a Barcelona a pasar una semana. Iríamos a los museos, al cine, a los restaurantes donde daban pa amb tomàquet. Vino mi mujer, entró en el cuchitril, revisó las carpetas, y dijo:

- Hay dos cuentos que ni siquiera están traducidos.

Era cierto, de modo que nos olvidamos del pa amb tomàquet y nos pusimos a la labor. Afortunadamente, se trataba de dos cuentos muy breves.

Acabado el libro se apoderó de mí una nueva angustia. La publicación de Obabakoak en lengua española iba a ser una novedad completa. Existía para entonces -desde finales de los años setenta, en realidad- una producción editorial vasca bastante consolidada, con más de 1.000 títulos por año, y existían, asimismo, escritores que vivían de la venta de sus libros y de los ingresos por conferencias; pero era un mundo estanco; no había en las librerías nada traducido del euskera. El libro que debía realizar el tránsito era el que yo había estado revisando durante casi tres meses en la habitación 307 del hotelucho, Obabakoak. Con todo, esta segunda angustia se compensaba con las visitas a la editorial y la excitación que me producían las primeras entrevistas.

Todavía hubo un susto final. El departamento de producción de la editorial no conseguía abrir el disquete que yo había entregado con el texto. Llamé a mi amigo J. L. Agote, que tenía una suerte de taller electrónico en Asteasu, mi pueblo natal. Cuando le expliqué el caso, él dio una respuesta que en nuestro ambiente ya es legendaria:

- ¡Estos de Barcelona están en La Edad de Piedra! ¡Ahora mismo voy para allí!

Llegó J. L. Agote con su ordenador y sus trastos, vio lo que había, y venció. Le bastaron cinco minutos para abrir el disquete.

Han pasado 25 años. Obabakoak vuelve a las librerías, metido en una caja que contiene postales de la pintora Marta Cárdenas y un documental-entrevista de J. A. Arbelaitz. La editorial es ahora Alfaguara. La editora, Pilar Reyes. Afortunadamente para mí, no todo son recuerdos.

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