BLOGS

El silencio nos hará cómplices

17/02/2016 14:58 CET | Actualizado 17/02/2017 11:12 CET

2016-02-17-1455716316-8038818-facemalditaverdad.jpg Recientemente ha visto la luz la estremecedora carta de Diego González, el chaval que decidió quitarse la vida a la tan corta edad de 11 años. La carta de despedida que dejó a sus padres señalaba el acoso escolar como el motivo que le había empujado a tirarse por la ventana mientras su madre estaba en la ducha: «Papá, mamá..., espero que algún día podáis odiarme un poquito menos. Yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir», dejó escrito.

Esa carta que nos partió el alma, fue portada de un diario de tirada nacional justo un día después de la publicación de mi novela, Maldita verdad, (Ediciones Versátil, 2016), que arranca con la muerte voluntaria de un chico de 17 años. Daniel, mi protagonista, decide poner fin a su vida por razones vinculadas a un pasado trágico que revive en parte a través de una forma particular de acoso, el ciberbullying o acoso a través de las redes sociales, una nueva forma de señalar la diferencia, estigmatizar al más débil o saldar cuentas.

Pensé mucho en Diego, en Alan, en Jokin... En ellos y en sus inconsolables familias que los han perdido para siempre. Nadie está preparado para perder a un hijo, nadie debería pasar por ese trance irreparable ante el que no cabe reacción, nadie debería protagonizar ese duelo infinito. No imagino situación más dolorosa. El suicidio no deja margen para reaccionar, ya no queda nada que los padres puedan hacer. Ni los profesores ni los amigos. Solo resta un reguero de preguntas a las que será casi imposible encontrar una respuesta y la terrorífica y alargadísima sombra de la autoinculpación.

Diego, como tantos otros, callaba y soportaba cuanto podía y lo hacía por muchas y diversas razones: incapacidad para la reacción, miedo a aumentar la humillación, deseo de no generar más dolor a la familia... Sostenía un silencio cuajado de terror, un silencio que los padres y los maestros a menudo identificamos con el distanciamiento y el hermetismo que caracteriza a ese sujeto confundido, torpe, arrogante en exceso, y muy a menudo asustado, que es el adolescente y el preadolescente. Muchos de los lectores, padres de adolescentes o adultos con un pasado turbulento, entenderán de qué hablo.

Es imposible olvidar a Diego, a Alan, a Jokin. No debemos hacerlo. No podemos. Pensando en ellos y en otras víctimas de acoso nuestra obligación en el aula, la mía como profesora de secundaria, es mantenernos alerta, no inhibirnos, no tolerar el acoso en ninguna de sus formas. Debemos estar siempre al lado de la víctima, pero no tampoco podemos olvidar que su acosador, el individuo en crecimiento que abusa de su fuerza o de su popularidad, manifiesta una conducta desviada: la necesidad de sustentar y reforzar la propia autoestima en la destrucción de la autoestima ajena.

Quizás sería conveniente analizar el perfil de esos chicos y chicas, a veces niños de 11 o 12 años, que martirizan sistemáticamente a un compañero y encuentran en ello algún tipo de satisfacción. Perseguir la felicidad en el dolor ajeno no es un síntoma de buena adaptación. Callar tampoco lo es. O no debería serlo. No debemos olvidar que el silencio, nuestro silencio, nos hace cómplices.

Y, por último, a todos aquellos que soportan alguna forma de acoso, recomendarles que hablen, que pidan ayuda y que proyecten bien lejos su mirada. Asegurarles que en la vida son muchas las etapas que atravesamos, que la adolescencia no es la más fácil y que la experiencia demuestra que no siempre el sujeto que aparenta mayor seguridad y fortaleza, el que se erige en macho o hembra alfa, el conductor de la manada, es aquel que sabe edificar para sí mismo una vida más feliz.

OFRECIDO POR NISSAN