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Y dicen que esto no sirve para nada

10/03/2014 07:03 CET | Actualizado 09/05/2014 11:12 CEST

Hace unos meses viajé a Barcelona con Elena. Estaba cansadísima. El día anterior estuvo en un pleno interminable en el Congreso de los Diputados y esa noche había dormido poco. Ya se sabe, cuando uno persigue cambiar una ley, hay mucho que hacer. Su proposición consiguió el apoyo mayoritario de los diputados y ese día estaba muy satisfecha por el trabajo realizado, aunque aún quedaban trámites parlamentarios que salvar. Si crees que Elena es diputada o se dedica a la política, estás muy desencaminado. Elena es como tú o como yo y ha conseguido cambiar una ley. Algo que, aunque no lo creas, podemos hacer cualquiera de nosotros.

Te pongo en antedecentes. Elena Alfaro es una arquitecta madrileña de 43 años. Está casada y tiene dos hijas. Como tantas y tantas madres y padres en nuestro país, sabe lo caro que es volver al cole. El precio de los libros de texto, del material escolar, el chándal nuevo... Lo que no sabía es que para muchas familias, comprar los libros de texto es simplemente -y duramente- algo que no se pueden permitir. Corría el verano de 2012 y su madre, que colabora habitualmente con Cáritas, le pidió a ella y a sus hermanos dinero para que las familias que acudían a su organización pudieran comprar libros de texto. Pero, esta vez, algo era diferente. Lo que antes era un goteo se había convertido en una cascada de casos, de familias que no podían pagar los libros de sus niños para ir al colegio.

Algo no cuadraba. Si la educación es obligatoria y todo el mundo debe usar libros de texto, ¿Por qué el sistema deja a una de cada tres familias sin libros de texto? ¿Por qué son tan caros? ¿Cómo pueden unos padres verse en la situación de decidir a qué hijo le compran libros y a cuál no? No tiene sentido. Y Elena quería acabar con ello. La solución -pensó- no estaba en la caridad sino en cambiar la ley que algo tan injusto siga ocurriendo.

En una madrugada de agosto, Elena abrió su ordenador y se puso a redactar el texto de su petición en Change.org. Pedía un precio justo para los libros de texto y que en los centros educativos que reciben financiación pública se promoviera su reutilización. Su petición empezó a crecer. A compartirse. A firmarse. En unas semanas, casi 100.000 personas la habían firmado. Aún con nervios y casi sin creerlo, Elena se plantó en el Ministerio de Educación para entregar las firmas al ministro. Wert nunca la recibió.

Pero Elena no se rindió. Quería conseguir un cambio que beneficiara a todas las familias y siguió adelante con su petición. Y no solo eso: produjo un corto de animación para concienciar sobre el problema, habló constantemente con los medios de comunicación, se reunió con los grupos parlamentarios y uno de ellos, UPyD, plasmó su petición en una Proposición no de Ley.

El día que viajé con Elena a Barcelona, había dormido poco porque la noche anterior el pleno aprobó, con el apoyo de PP y UPyD, esa proposición. Su petición podía llegar a ser ley. Hace unos meses, con la aprobación de la LOMCE, su propuesta se convirtió, finalmente, en ley y a partir de ahora, los centros escolares con financiación pública deberán promover la reutilización de libros cosa que ayudará a miles de familias en nuestro país.

Te podría parecer que lo de Elena es algo aislado, pero en realidad es algo más habitual de lo que crees. Desde hace unos años, los españoles y las españolas hemos comprendido que allí donde la política no llega, llegamos los ciudadanos. Que aquellos temas que se escapan de la agenda de los medios podemos volver a ponerlos sobre la mesa. Que la única causa que se pierde es la que no se lucha.

Para que te hagas una idea, cada mes se inician más de 3.000 peticiones en España. 3.000 personas que, como Elena, descubren, sufren o piensan en problemas que deben solucionarse. Y detrás de esas peticiones, hay millones de personas apoyándolas. Y millones de personas participando de las victorias que se consiguen. Y lo de "millones" es literal, recientemente hemos calculado que de los cinco millones de usuarios de Change.org en España más de dos millones han firmado peticiones que han conseguido lograr su objetivo.

¿Y eso, por qué? Internet ha revolucionado muchos aspectos de nuestra vida. También el modo en el que conseguimos cambios. Es tal el poder disruptivo de la red, que hoy vemos ejemplos como el de Elena por todo el mundo. Algo impensable hace unos años está teniendo lugar hoy: cualquiera de nosotros puede liderar un cambio a escala local, nacional o incluso global.

Hoy, cualquiera de nosotros puede convertirse en el líder de un movimiento respaldado por miles de personas. Internet ha rebajado las barreras tradicionales del liderazgo y hoy vemos que, como Elena, no es necesario tener una gran organización detrás, ni grandes cantidades de dinero para conseguir cambiar lo que nos rodea.

Hoy, la manera en la que luchamos contra los grandes problemas es muy diferente. Cada día miles de personas crean y firman peticiones sobre miles de asuntos. Los grandes problemas se enfrentan ofreciendo miles de pequeñas soluciones que que poco a poco consiguen secar las raíces de esos grandes problemas.

Hoy, la velocidad a la que se hacen y deshacen esos movimientos es vertigionosa. Como lo es también la velocidad a la que se consiguen esos cambios. Pesonas que quizás llevaban años luchando por una causa ven como todo se soluciona semanas después de haber iniciado una campaña de presión en internet. Y los millones de personas que apoyan estas campañas ven como cada vez ganan más casos y más rápido.

Dicen que internet no sirve para nada. Que lo virtual no se traduce en casos reales. Frente a los debates de salón los hechos. Más de dos millones de personas en nuestro país saben lo que se siente al recibir un correo en el que te anuncian que la petición que firmaste consiguió cambiar algo. Miles de personas saben lo que se siente al ver que tu petición ha conseguido cambiar la realidad. Y esto es solo el principio.