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El suicidio, serio asunto

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Foto: GettyImages.

La tendencia instintiva primordial de los seres vivos, sobre la que giran las demás, es la conservación de la propia vida. Por ello sus alteraciones pueden comprometer la salud y la vida de las personas, hasta llegar al suicidio como exponente máximo. La discusión sobre si el suicidio es la mejor expresión del sufrimiento humano (psicopatología), o una demostración de su libertad máxima (Camus, Novalis, etc.) es tan vieja como la humanidad.

De modo general podemos y debemos aceptar que el suicidio es, por definición, un comportamiento patológico, resultado de un estado mental patológico, al que se llega por numerosos determinantes intermedios y causas finales. Esa verdad absoluta tiene, como es obvio, cierto margen de error, pero aceptarla es la única manera de poner en marcha los planes de detección, diagnostico y tratamiento, que en definitiva son los únicos que consiguen detener suicidios concretos en fase de planificación y decisión, y secundariamente, reducir las tasas poblacionales de suicidio y diseñar planes preventivos eficaces.

Algunas conductas cercanas al suicidio son las que se denominan "seudo-suicidio" o "para-suicidio", es decir, maniobras realizadas para llamar la atención, para conseguir determinados fines, para lo cual utilizan los intentos de suicidio sin buscar realmente la muerte. No obstante, estos casos deben ser tenidos en cuenta ya que suponen que la persona sufre y ha pensado en ese método como forma de solucionar sus problemas.

En otras ocasiones, los intentos de suicidio reales pueden frustrarse y parecer seudosuicidios, cuando en el fondo lo que ocultan es una determinación suicida real. En estos casos, los motivos para el suicidio o el parasuicidio son múltiples, y exceptuando las circunstancias vitales o filosóficas, que a veces conllevan el mal denominado "suicidio normal", prácticamente todos suponen cierto grado de patología o estado psicológico anómalo, como ideas delirantes, alucinaciones, depresiones, huidas de una realidad insoportable para la personalidad del sujeto, actos impulsivos e incontrolables por la propia persona, desesperación, etc. Incluso se admite la existencia de determinados "equivalentes" del suicidio, a modo de una muerte lenta, a la que se someten personas desesperadas por circunstancias vitales, por consumo de sustancias, o que aman en exceso el riesgo y la temeridad, con gran indiferencia hacia los peligros, enfermedades, etc.

Los suicidios juveniles han aumentado hasta ser en esta población la primera causa de muerte. La peor edad en ambos sexos es la que va de los 35 a los 50 años.

Pues bien, se estima que los trastornos mentales suponen un 3 ó 4% del total de las muertes, y que el suicidio se sitúa como la primera causa "no natural" de defunción, con casi 4000 casos por año en España, siendo mayoritariamente varones (77% hombres vs 23% mujeres). Los suicidios juveniles han aumentado hasta ser en esta población la primera causa de muerte. La peor edad en ambos sexos es la que va de los 35 a los 50 años. Como contraste llamativo baste saber que el suicidio ya ha superado a las muertes por accidente de tráfico, y eso que no sabemos cuántos de esos accidentes fueron suicidios encubiertos. Moraleja, el suicido sigue siendo, parafraseando a Novalis y Camus, un asunto verdaderamente serio.

Pero saber y constatar algo no sirve para que nos quedemos tan tranquilos. Lo primero que hay que hacer es felicitar a los que nos ayudan a conocerlo y tasarlo, a los que hablan de ello con seriedad y rigor, no con escándalo o morbosidad, pues hasta no hace mucho tiempo si alguien quería saber algo serio sobre el tema tenía que aventurarse en una sesuda y fatigosa investigación, pues muchos suicidios se escamoteaban por mor de la vergüenza, la culpa o el estigma social o religioso.

No sabemos qué pasará en los próximos años como consecuencia de la crisis, pero habremos de prestarle especial atención a los maduros sin futuro y a los jóvenes sin porvenir.

Pero lo realmente preocupante es constatar que el suicidio se mantiene resistente a las prevenciones y "remedios" en tasas poblacionales mostrencas, que se aproximan a 10 por 100.000 habitantes/año, y se han mantenido así en las últimas décadas. No sabemos qué pasará en los próximos años como consecuencia de la crisis, pues los efectos de estos determinantes son lentos, pero habremos de prestarle especial atención a los maduros sin futuro y a los jóvenes sin porvenir.

Es justo reconocer que, pese a todo, España en este asunto no está tan mal como otros países similares o incluso más avanzados que el nuestro, como algunos centroeuropeos y orientales que alcanzan tasas de hasta 30x100.000 habitantes/año. Pero esto nos obliga es reflexionar sobre qué cosas han resultado útiles o inútiles para la prevención del suicidio.

Obviamente para responder a esto tendría que escribir un libro, pero si me lo permite, abusando de la autoridad que me confiere trabajar en ello a diario, diré que al final lo único que realmente ha servido para algo es detectar pronto las situaciones de riesgo, y diagnosticar y tratar adecuadamente las depresiones y otras enfermedades mentales. Y, por supuesto, hablar de ello clara y valerosamente, preguntar por ello a las personas afectadas con empatía e interés, pues que se sepa:

"Nadie nunca se ha suicidado por preguntárselo, pero muchas personas lo hicieron porque nadie nunca se lo preguntó"