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31/10/2015 21:18 CET | Actualizado 10/10/2017 09:47 CEST

Por qué disfrutamos del miedo (o no)

En 2007, una mujer de 22 años acudió al Centro de Salud Mental de la Universidad de Toronto (Canadá) afirmando que sufría ataques de ansiedad en los que se sentía poseída por el demonio, al tiempo que le perturbaban la mente escenas de la película El exorcista (1973). La mujer recibió psicoterapia, y un año después sus síntomas habían remitido. En otra ocasión, un niño de 12 años debió someterse a tratamiento porque sentía que algo había entrado en su organismo después de ver la película La invasión de los ultracuerpos (1978).

En ambos casos se trataba de pacientes que sufrían un historial previo de trastorno mental; las películas de terror no hicieron sino dar forma a un desorden que ya tenían. Pero no cabe duda de que somos muy diferentes ante el miedo, al menos el de ficción: hay verdaderos amantes del cine de horror que disfrutan con la visión de la sangre salpicando las paredes al ritmo de una motosierra, mientras que a otros esto mismo les puede costar un trauma; o como mínimo, una noche en vela saltando en la cama al menor crujido de los muebles.

La cuestión de por qué nos gusta el terror o por qué lo aborrecemos no es trivial; de ahí que algunos investigadores se hayan especializado en la ciencia del miedo para tratar de comprender en qué consiste esta poderosa emoción, por qué se produce y cómo reaccionamos ante ella. Sabemos que el miedo es beneficioso: nos ayuda a seguir vivos. Del mismo modo que el dolor nos alerta de que algún daño en nuestro cuerpo precisa nuestra atención, el miedo nos impulsa a alejarnos de una amenaza que podría herirnos.

LA AMÍGDALA, EL SANTUARIO DEL TERROR

Al menos una parte de esta respuesta reside en la amígdala, un centro cerebral implicado en las emociones. Las ratas con alteraciones en la amígdala causadas por una infección pierden el miedo al olor de la orina del gato, transformándolo en atracción. En los humanos, el complejo amigdalino no sólo controla las respuestas de miedo ante peligros reales como una araña o una serpiente, sino también frente a amenazas más sutiles, como un rostro desconocido cuyos rasgos se nos ocultan.

El miedo tiene tanto protagonismo en nuestro repertorio de emociones que incluso tenemos una respuesta específica a los gritos. El trabajo del neurocientífico David Poeppel en la Universidad de Nueva York ha demostrado que los gritos activan la amígdala, pero no por su volumen, ya que esto no nos ocurre, por ejemplo, con el ruido de un motor de avión. La peculiaridad de los gritos reside en una propiedad llamada aspereza (roughness) que mide las variaciones de intensidad. En los gritos son extremadamente rápidas y frecuentes, del orden de 30 a 150 veces por segundo. "Cuanto más áspero suena un sonido para quien escucha, más se activa la amígdala", señala Poeppel a El Huffington Post.

Para Poeppel, "es una gran ventaja tener una región acústica reservada para los gritos, porque queremos que las señales de alarma sean únicas y que respondamos a ellas con rapidez y precisión". Desde el punto de vista evolutivo, el grito tiene una clara función de contagiar el temor cuando se trata, por ejemplo, de advertir al resto de la tribu sobre la presencia de un peligro. Curiosamente y tratándose de señales de alerta, los humanos también hemos hecho uso de esta cualidad en nuestras alarmas artificiales, tal vez sin saberlo: según Poeppel, las sirenas, como las de coches de policía o ambulancias, tienen también una gran aspereza que apunta directamente a nuestra amígdala.

ES SÓLO UNA PELÍCULA

Nuestra programación para el susto no se restringe a los gritos. El investigador de la Universidad de Aarhus (Dinamarca) Mathias Clasen, que estudia las raíces evolutivas y culturales del miedo, no sólo defiende que esta emoción es una adaptación evolutiva, sino que también es producto de la evolución el hecho de que podamos disfrutar del terror cuando no es real; cuando se nos presenta, por ejemplo, en una película: "Este disfrute del miedo de ficción es un rasgo que evolucionó para permitirnos ganar experiencia con los estímulos negativos, los escenarios peligrosos y nuestras propias respuestas a ellos", expone Clasen a El Huffington Post. "Cuando sabemos que estamos perfectamente seguros, que hay una distancia psicológica o una red de seguridad, el miedo se templa con la excitación", asegura. En definitiva, el miedo de ficción nos entrena para el de verdad, y por eso nos gusta.

¿Significa esto que el miedo que nos inspira una película no es verdadero, o al menos no del mismo tipo que nos produce un peligro tangible? El neuropsicólogo de la Universidad de Münster (Alemania) Thomas Straube ha investigado la activación cerebral en ambos tipos de miedo y concluye que, en efecto, sólo son similares en parte: cuando el terror es sólo ficción se activan numerosas regiones del cerebro relacionadas con la visión, las emociones, la consciencia, la toma de decisiones, la planificación y otras funciones racionales. Clasen aporta una posible explicación a esta panoplia de actividad cerebral: mientras que la amígdala tal vez no sea capaz de distinguir entre realidad y ficción, "los circuitos más evolutivamente nuevos y de orden cognitivo más alto, situados en el córtex prefrontal, nos dicen: relájate, es sólo una película, estás a salvo".

Un caso especialmente interesante y más reciente que el del cine es el de los videojuegos. El realismo de la animación digital ofrece una experiencia muy semejante a la de una película, con la diferencia de que en el juego somos nosotros quienes manejamos la acción, y por tanto nuestro avatar en la pantalla es algo que sentimos casi como una extensión de nosotros mismos. En la Universidad de Indiana en Bloomington (Estados Unidos), el grupo de investigación que dirige Nicole Martins se dedica a estudiar las reacciones de miedo de los aficionados a juegos de terror como Resident Evil o Amnesia: The Dark Descent. En este último, el jugador se pone en la piel de un personaje que despierta en un castillo habitado por criaturas de pesadilla, pero no cuenta con armas para hacerles frente; todo lo que puede hacer es huir y esconderse.

EL PLACER DEL MIEDO

Estos videojuegos proporcionan quizá la experiencia terrorífica más próxima a la realidad que puede ofrecer la ficción. E incluso en este caso "los jugadores afirman que disfrutan del miedo", apunta a este diario Teresa Lynch, que está completando su tesis doctoral bajo la dirección de Martins. Concretamente, sentirse asustado era una sensación placentera para el 44,1% de los encuestados. Y ello a pesar de que, según Lynch, los videojuegos facilitan que "nuestro cerebro interprete las amenazas en la pantalla como si realmente estuvieran a nuestro alrededor".

Para la investigadora, que también es jugadora, "nuestro cerebro no necesariamente sabe de forma inmediata que lo que vemos en la pantalla no es real". En este entorno del mando y la consola es donde, más que en ningún otro, el hecho de gozar del horror parece "contrario a lo intuitivo", concluye Lynch.

Sin embargo, y aunque el placer del miedo simulado esté grabado en nuestra programación evolutiva, es evidente que no todos disfrutamos por igual. Para Lynch, el perfil de quienes gozan de ello es el de "los buscadores de emociones, personas que interpretan como placenteras las experiencias muy estimulantes". Straube añade que estos individuos "buscan más estimulación porque no encuentran la suficiente en las películas más aburridas, o en una vida aburrida".

Por su parte, Clasen agrega un factor relacionado con la edad: "La gente joven es más propensa a buscar actividades emocionantes y poner a prueba sus propios límites y los de la sociedad". El investigador sugiere que las personas mayores suelen perder interés por el terror, mientras que los niños no asimilan correctamente estas películas porque "aún no cuentan con la arquitectura neurológica necesaria para diferenciar realidad de ficción".

Entre quienes rechazan el género terrorífico parece haber una mayor variedad de personalidades, a decir de los expertos. El estudio de Lynch sobre los videojuegos descubre que las personas con un alto grado de empatía por los demás "tienden a no disfrutar con los medios de terror porque a menudo retratan personajes en apuros, lo que les resulta incómodo de presenciar", dice la investigadora.

Sin embargo, advierte Clasen, la falta de atracción por el género de horror también puede ser signo de inestabilidad emocional, en el caso de "personas que reaccionan con demasiada fuerza a estímulos negativos". Clasen apunta una última tipología de quienes no encuentran placer a los sustos en la pantalla: los que no se inmutan ante nada. "Apenas reaccionan en absoluto ante los estímulos negativos, y las películas de terror no les dicen nada".

Sea cual sea nuestro perfil, y dado que según Lynch "sentir miedo es inevitable y necesario", lo mejor es relajarse y tratar de disfrutarlo.

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