INTERNACIONAL
17/11/2015 16:33 CET | Actualizado 17/11/2015 16:33 CET

Por qué sentimos empatía por unas víctimas y no por otras

Las escuelas y universidades del Líbano cerraron el viernes después del doble atentado suicida que mató a más de 40 personas en Beirut.

Después de que el pasado viernes una serie de atentados coordinados en París acabara con la vida de al menos 129 personas e hiriera a más de 300, el mundo se unió en un duelo colectivo.

La respuesta fue masiva e inmediata: los dirigentes de los países más poderosos condenaron los hechos y ofrecieron sus condolencias, Twitter se llenó de hashtags como #PrayforParis o #StayStrongParis, Facebook permitió a sus usuarios superponer la bandera francesa en su foto de perfil y creó un check de seguridad para que los parisinos pudieran anunciar a sus seres queridos que se encontraban bien, los edificios más emblemáticos del mundo se tiñeron de rojo, azul y blanco, la prensa internacional se movilizó para cubrir la noticia, Anonymous declaró la guerra al Estado Islámico, los homenajes se sucedieron a lo largo y ancho del planeta... Y cundió el pánico.

Al mismo tiempo, se escucharon —aunque en menor medida— otras voces críticas que, además de condenar lo sucedido en París, denunciaban el cinismo y la hipocresía de la cobertura que se da en el mundo a según qué tragedias.

Sin ir más lejos, sólo un día antes de los atentados de París, en Beirut morían "al menos 41 personas" en un doble atentado suicida atribuido al Estado Islámico. Pero hoy, ¿cuántas personas se acuerdan de este ataque? O peor aún: ¿cuántas se enteraron?, ¿cuántas saben siquiera dónde está Beirut?

Este es un mundo en el que Beirut, todavía convaleciente por los bombardeos un día antes que los de París, no aparece en la prensa. Un mundo en el que una bomba explota en un funeral en Bagdad y ni una sola persona actualiza su estado para que ponga 'Bagdad'.

Precisamente de esto se lamentaba la bloguera hindú Karuna Ezara en un post viral de Instagram en el que decía: "Este es un mundo en el que Beirut, todavía convaleciente por los bombardeos un día antes que los de París, no aparece en la prensa. Un mundo en el que una bomba explota en un funeral en Bagdad y ni una sola persona actualiza su estado para que ponga 'Bagdad'".

El doctor libanés Elie Fares escribió en su blog: "Cuando mi gente murió, ningún país se molestó por encender sus edificios con los colores de nuestra bandera".

También en nuestro país el exdiputado de la CUP David Fernández criticaba la respuesta de la comunidad internacional ante los ataques terroristas en París: "Estoy harto de la hipocresía y del cinismo. Es París, es Beirut hace cuatro días, es Bagdad hace cinco, es Túnez y es Ankara".

Así es. En comparación con los de París, los recientes atentados en Beirut y Bagdad no tuvieron ni una décima parte de la repercusión en las redes sociales y los medios de comunicación, que apenas se hicieron eco de ellos. De ahí que los libaneses se pregunten dónde está su bandera, dónde está su check de seguridad para Facebook y dónde la solidaridad para con su pueblo.

Velas y flores en la Embajada francesa en Praga, como parte de las numerosas muestras internacionales de apoyo a las víctimas del atentado en París.

Muchos expertos han analizado esta disparidad en la respuesta internacional. Y entre los posibles motivos, citan el racismo y el sesgo occidental.

Efectivamente, hay un sesgo. "La mayoría de las personas de Occidente no sabría situar Líbano en un mapa", apunta la psicóloga de la Universidad de Stanford Emma Seppälä, que es directora científica del Centro para la Investigación y la Educación sobre la Compasión y el Altruismo.

Pero, ¿de dónde viene este sesgo? ¿Por qué sentimos compasión por una crisis global y apenas nos importan otras? La psicología puede aportar algunas respuestas.

Como explica Seppälä, esta "brecha de empatía" ocurre porque es natural sentir más compasión por desastres que afectan a personas y lugares semejantes a nosotros o que nos resultan familiares, y por situaciones y víctimas de las que conocemos más detalles.

"Las investigaciones demuestran que empatizamos más con gente con la que nos sentimos más similares", afirma Seppälä en declaraciones a la edición estadounidense de The Huffington Post. "Mucha gente ha estado en París y se puede imaginar perfectamente un viernes por la noche en una sala de conciertos escuchando a una banda americana. Nos podemos situar a nosotros mismos ahí. Hay muchos motivos por los que podemos sentir afinidad con París; nos resulta mucho más familiar que Beirut en muchos sentidos".

No sólo la cercanía geográfica juega un papel en la empatía; también tienen mucho que ver las influencias culturales y sociales que el país galo ha ejercido a lo largo de la historia y a través de los medios de comunicación.

Del mismo modo, el desconocimiento general sobre la cultura y la gente de Beirut crea un tipo de distancia psicológica, que nos hace más difícil el compadecernos de las víctimas de su tragedia.

Podemos hacer algo por cambiarlo, empezando por la cobertura de los medios. Quizás si leyéramos más historias de interés humano sobre las personas que murieron en Beirut y estuviéramos más familiarizados con películas y libros libaneses, no existiría tanta división.

Un número, por grande que sea, es abstracto, mientras que un ser humano es real, por lo que no tiene el mismo poder emocional y nunca podrá tenerlo.

El psicólogo David Ropeik también cita la "insensibilidad estadística", haciendo referencia a nuestra tendencia a preocuparnos más por los problemas de un individuo que por los problemas de muchas personas sin nombre. Hay estudios que revelan, por ejemplo, que la gente preferiría donar 11 dólares para salvar a un niño que 5 para salvar a ocho.

Hemos llegado a considerar los conflictos violentos en Oriente Medio como algo ordinario, por lo que estamos insensibilizados, independientemente del hecho de que los bombardeos en Beirut supongan el peor ataque terrorista en la capital desde que acabó la guerra civil hace 25 años. Esto también explica por qué la gente se puede preocupar tanto por París al mismo tiempo que permanece relativamente desinteresada por la impresionante cifra de pérdidas humanas causadas por la crisis de refugiados sirios.

"Un número, por grande que sea, es abstracto, mientras que un ser humano es real, por lo que no tiene el mismo poder emocional y nunca podrá tenerlo", argumentaba Ropeik en la web Psychology Today. "Una muerte siempre nos afectará más que un millón. Esta 'deficiencia fundamental en nuestra humanidad' es una parte inevitable del animal humano".

De acuerdo con Seppälä, si queremos ser más coherentes con nuestra respuesta ante el sufrimiento de la gente, lo primero que podemos hacer es ser más conscientes de nuestras propias conjeturas y reacciones ante los acontecimientos internacionales.

"Como seres humanos, sabemos que tendemos a deshumanizar o a acallar las cosas cuando nos vemos sobrepasados", explica. "Podemos ser conscientes de esta tendencia y saber que es lo que los terroristas nos están haciendo. Han caído en esa trampa y podemos recordar lo importante que es para nosotros no hacerlo".

Algo que también se puede hacer es recordar que las víctimas de cualquier ataque son individuos únicos, ya sean franceses, iraquíes, libaneses o de cualquier otro país. Como decía Teresa de Calcuta, cita Ropeik, "si miro a la masa, no actúo nunca. Si miro a la persona, sí".

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Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido adaptado del inglés por Marina Velasco Serrano

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